—No es como bailador, por lo que yo pido la preferencia. Usted sabe bien por qué espero bailar con usted sola esta noche...

Y mientras hablaba, con una presión suave de su brazo, sobre el cual se apoyaba la mano de la joven, la atrajo hacia él. María Teresa, turbada, trató de separarse un poco.

Huberto continuó:

—¿Quiere usted que la lleve donde están sus amigas? Hay allá, al extremo de los salones, un rincón florido en el que esas señoritas han establecido su cuartel general. Están hermosísimas esta noche; Mabel d'Ornay deslumbra; pero usted va a eclipsarlas; está usted maravillosa con su toilette.

—Vaya—dijo María Teresa con coquetería,—no me haga tantos cumplimientos al empezar la noche, no tendría nada que decirme a las dos de la mañana.

—Tiene usted muy pobre idea de mi imaginación; ¿le parece que tan pronto quedaré agotado? Además, la admiración que tengo por usted me hace capaz de ejecutar variaciones sobre este tema durante interminables días e interminables noches.

—¿El talento de Scheherazade sería escaso al lado del suyo, entonces?

—No, pero compadezco sinceramente a esa pobre persa que tuvo que hablar durante tantas noches sin contar con los mismos motivos de inspiración que yo.

Hablando así, llegaron ante el grupo formado por las jóvenes. Estas hacían por disimular en sus labios una sonrisa burlona al ver avanzar a María Teresa con Huberto.

—¡Qué suerte!—exclamó Alicia con su voz aguda,—¡al fin llega! Querida mía, si usted no hubiera venido, Martholl habría pasado la noche entre las cortinas. ¡Hace más de una hora que se ocultaba bajo las mamparas, acechando a los que llegaban, y como no la veía entrar a usted, empezaba a poner una cara!...