—¡No es muy amable para nosotras semejante conducta!—protestó Juana, igualmente indignada de la defección de un compañero tan envidiable.
—El grupo encantador que ustedes formaban no estaba completo—explicó Huberto.—Yo esperaba a la señorita de Chanzelles para traerla con ustedes.
—Por su buena intención, yo lo perdono—dijo Diana pegando ligeramente con el abanico en el hombro del joven.—¡Pero cuidado con hacerlo otra vez! Señoritas, perdónenlo ustedes también; con Martholl nadie puede enojarse en una noche de baile: la que él no invitase, quedaría demasiado castigada.
Y como el preludio de un vals se hiciera oír, una por una las jóvenes se alejaron del brazo de sus respectivos compañeros. María Teresa y Huberto no tardaron en quedar solos.
—¡Al fin!—dijo el joven,—al fin ha llegado el momento que yo esperaba con tanta impaciencia. ¡Tengo tantas cosas que decirle! ¿No quiere usted escucharme? No me mire con ese aire de altiva indiferencia; usted sabe bien que yo la amo. ¿Recuerda sus palabras, cuando me marché de Etretat? «En París, le diré si usted debe esperar...» Ya estamos en París, puede, pues, contestarme. Me es imposible seguir viviendo así. Mi primera idea fue pedir a mi madre que fuese a hablar al señor de Chanzelles, pero he tenido miedo; usted no me había autorizado a hacerlo. Dígame, se lo ruego, si consiente usted esa gestión... Deseo que usted misma me conteste. ¿No comprende cuán desgraciado soy esperando indefinidamente?...
—No podemos quedarnos en este rincón aislado—murmuró María Teresa levantándose,—entremos en el salón.
Luego, volviendo hacia Huberto su cara sonriente:
—Para que tenga usted paciencia, le concedo este vals.
Pero Huberto continuaba:
—Usted no se librará de mi demanda importuna con el don de un vals. No la dejaré esta noche sin haber obtenido una respuesta cierta.