Y de nuevo, oprimía contra él el brazo de la joven.

Cuando llegaron al umbral de los salones iluminados a giorno por globos eléctricos revestidos de flores, Huberto la enlazó y la arrebató en vertiginosos giros, al son de una orquesta de zíngaros.

En su vestido de tul que la envolvía como una nube, esfumando graciosamente sus formas finas y puras, María Teresa estaba interesantísima. Las palabras que le murmuraba Huberto le daban una animación, un brillo insólito; atraía todas las miradas. Además, los dos jóvenes formaban una pareja tan encantadora, que todos se detenían para admirar la flexibilidad y la gracia de sus movimientos.

La joven, al sorprender las miradas de sus amigas fijas en ella, presintió que le envidiaban aquel novio probable, y esto no la contrarió. Por lo contrario, experimentó cierta satisfacción, como si la circunstancia de que Martholl gustase de ella la hubiese hecho superior a las otras jóvenes allí reunidas. Eran ideas que nunca se le ocurrían, pero que, en aquel instante, bajo la influencia de aquel ambiente tendían a impresionarla en favor de Huberto.

Él también gozaba de aquel homenaje rendido a la mujer que había elegido.

Así, en el corazón de ambos, la vanidad, satisfecha de excitar envidia, contaminaba un poco el amor naciente. El contacto del mundo ejerce presión o turba las inclinaciones del sentimiento.

Bailaron varias veces, pues Huberto no quería alejarse de María Teresa, como para afirmar los derechos que esperaba obtener. La joven se apercibió pronto que se cuchicheaba sonriendo cuando ellos pasaban; pero, enervada por el placer y mecida por el ritmo de los valses, oía complacida los ruegos que renovaba Huberto, sin fijarse que mostrándose siempre juntos durante toda la noche, daban lugar a la maledicencia.

En aquel momento, no se explicaba su indecisión en acceder a las súplicas de Huberto. Ninguno de los jóvenes que la rodeaban tenía su elegante presencia. ¿Qué más podía pedir? ¿No sería muy agradable pasearse por el mundo del brazo de tal marido? Diana tenía razón; era verdaderamente chic.

En los momentos en que se preparaba el cotillón, alguien vino a decirle a Huberto:

—La señorita Alicia de Blandieres lo espera en el salón azul.