Huberto se aproximó a María Teresa.

—Alicia de Blandieres me hace llamar, probablemente para dirigir el cotillón con ella. Yo me niego. ¿Quiere usted permitirme que pase a su lado el final de la noche?

—¡Eso no estará bien hecho! ¿no recuerda usted que dijo a Alicia, cuando lo invitó, que no podría asistir al cotillón?

—Sí, pero he cambiado de parecer. ¿Cree usted que yo voy a privarme del placer de quedarme a su lado durante algunas horas más por no contrariar a esa joven que tiene el aplomo de forzar el consentimiento de las personas?

Entonces ¿por qué le hizo la historia de que tenía otra invitación para esta noche?

—Para no prometerle una cosa que yo esperaba obtener de usted. Suponía que de entonces acá se le habría pasado su propósito; pero parece que cuando tiene algo en la cabeza...

Fue interrumpido; Alicia venía hacia ellos:

—Ha sido muy amable usted, Martholl, en no haberse ido. ¿Es María Teresa quien ha sabido retenerlo tan bien? ¡Mis felicitaciones, querida! ¿Sería indiscreta pidiéndole que me cediera su inseparable caballero? Supongo que también el cotillón ha influido para que se quedase, pues yo le había prevenido que contaba con él. Vamos, una buena voluntad y cédame a este apreciable Martholl; yo devuelvo siempre las cosas prestadas; lo tendrá, pues, para algunas figuras, ya que parece interesarse tanto por él.

María Teresa había palidecido. El tono burlón con que Alicia había declamado su singular petición, la sorprendió de tal manera que no encontró nada que contestar. Huberto, irritado por aquella salida, dijo bruscamente:

—Señorita, si bailar con usted es un impuesto que usted establece sobre sus huéspedes, no tengo más que dejarme ejecutar, pero siempre contando con que la señorita de Chanzelles que ha aceptado mi invitación, quiera desligarme de mi compromiso.