María Teresa, que se había repuesto, lo interrumpió para decir, serena y fría:

—¡Excúsese usted, querida amiga! pero no presto al señor Martholl; lo guardo por toda la noche, y sin duda, por mayor tiempo aún. Me alegro mucho de que, gracias a su falta de tacto, usted sea una de las primeras en saber una cosa que le causará placer, indudablemente: el señor Martholl y yo somos novios...

Alicia, estupefacta al oír esta nueva, no encontró nada que decir. Confusa, balbuceó algunas vagas felicitaciones; luego, pretextando urgencia, se fue a buscar otro compañero, no sin esparcir inmediatamente la gran noticia.

Cuando María Teresa y Huberto quedaron solos, se miraron, estupefactos a su vez. En él, pronto estalló un sentimiento de triunfo; en ella, una turbación infinita. Gracias a la intervención de aquella extraña Alicia, María Teresa acababa de comprometer su palabra. ¿Por qué tan ligeramente? Ella sentía crecer en su corazón un vago remordimiento al pensar en el mezquino móvil que la había impulsado a realizar aquel acto tan grave. Estaba confusa y asustada de su decisión.

Huberto temía casi un arrepentimiento de la joven, no explicándose bien cómo un incidente tan fútil, frisando en lo ridículo, había provocado bruscamente la declaración que él solicitaba.

Y permanecían allí, mudos y molestos los dos, sin alegría, sin felicidad, aturdidos y desconcertados.

El enjambre de parejas que se instalaban para el cotillón, obligándolos a moverse, los libró en parte de su perplejidad. En la algazara de las solicitudes de baile, de la remoción de sillas, de los primeros acordes del interminable vals, Huberto murmuró, al fin, algunas palabras de gratitud:

—Usted acaba de hacerme muy feliz, mucho más feliz de lo que podría imaginarse. ¡Gracias, María Teresa!

Entonces ella balbuceó, ruborosa, oprimida la garganta:

—Su señora madre puede ir a ver a mi padre.