En la oscuridad del cupé, María Teresa, temblorosa todavía, contó a su madre, excusándose, lo que había ocurrido. La señora Aubry comprendió el motivo que había impulsado a su hija a proceder con tanta precipitación. Lejos de hacerle ningún reproche, la estrechó con ternura, diciéndole:
—Supongo que no lamentas nada...
—No, mamá querida. Esta noche me había dado cuenta de que no podía prolongar más tiempo aquella situación. Huberto exigía una respuesta definitiva; este incidente no ha hecho, pues, más que adelantarla un poco. Ciertamente, me habría gustado que las cosas hubieran pasado de otra manera; ese brusco consentimiento, lanzado como desafío a la pobre Alicia, nuestra actitud confusa, todo aquello fue torpe, si no grotesco. Pero, ahora, deseo una cosa que, espero, tendrá tu aprobación; es que nuestro noviazgo dure varios meses.
—Eso depende exclusivamente de tu voluntad, hija mía, yo no tengo para qué intervenir. Será como tú quieras.
María Teresa inclinándose hacia su madre y besándola con efusión dijo:
—¡Qué buena eres, mamá mía!
Cuando el coche entraba por la puerta principal del hotel, María Teresa se asomó a la portezuela. El señor Aubry había abandonado el baile mucho antes que su familia; pero sin duda trabajaba todavía, porque la ventana de su gabinete se destacaba iluminada en la oscuridad del gran patio.
—Papá está despierto—dijo María Teresa—voy a prevenirlo; ¡cómo se va a emocionar!
—Tanto como yo, querida mía—dijo la señora Aubry estrechando cariñosamente a su hija.