Huberto aguardaba el regreso de su madre que había ido a pedir la mano de María Teresa. Se paseaba por el salón fumando y empezaba a impacientarse. Aunque no abrigaba inquietud alguna, estaba deseoso de conocer la impresión de su madre respecto a María Teresa y de su familia. Para él esa opinión tenía gran peso.
A fin de calmarse, calculaba que la distancia era grande entre el Luxemburgo y la calle de Artog, donde vivía la señora Martholl, y que, en suma, aquella tardanza no podía ser sino de buen augurio, dado que la visita se prolongaba.
La señora Martholl, de la familia Reversy-Jollambeau, tenía gran influencia sobre su hijo. Orgullosa y altiva, creía identificar en su persona las clases «elevadas y superiores.» Por esto mismo se atribuía el derecho de imponerse a todos, y estaba persuadida de que personificaba el buen tono.
No faltaba mucho para que se considerase como una rueda esencial en el mantenimiento del orden social. Teniendo numerosas relaciones, las conservaba como si hubiera sido un deber de Estado; juzgaba haber cumplido ampliamente los deberes de caridad que le incumbían cuando había inscripto su nombre en la lista de las damas del patronato de todas las obras que podían gloriarse con su ilustre presidencia. Sin embargo, hacía todo con benevolencia, pues el mundo, para ella, se componía casi únicamente de personas inferiores.
Viuda de Patrick Martholl, consejero de Estado del segundo Imperio, había educado a su hijo de una manera singular, cultivando su egoísmo natural. Toleró sus distracciones elegantes en cuanto podían hacerlo interesante a los ojos del mundo; pero se mostró de una severidad extrema respecto a la elección de sus relaciones y al cumplimiento de los deberes exteriores que correspondían, según ella, a un joven de su rango.
Sobre el matrimonio, particularmente, sus ideas eran bien definidas; Huberto las conocía, y aprobaba la línea de conducta que desde muy antes ella le había trazado. La señora Martholl exigía que su nuera tuviera por lo menos seis mil pesos de renta. Era también necesario que perteneciera a una familia conocida, noble, tanto como fuera posible, en todo caso, de una honorabilidad perfecta. Además debía ser linda, distinguida, bien educada, obediente y piadosa.
Huberto, que trataba a muchas señoritas, comenzaba a desesperar de encontrar la mujer soñada por su madre, cuando, en Etretat, halló este ideal en María Teresa. Seducido desde un principio por su gracia, se informó de la posición de su padre, y habiendo sabido que María Teresa respondía absolutamente, en cuanto a fortuna y a honorabilidad, al programa que le había sido impuesto por su madre, se apresuró a su regreso a hablarle de ella con entusiasmo; la señora Martholl se interesó de su noviazgo y casi conquistada, se sometió de buena gana a dar los pasos oficiales acerca del señor Aubry de Chanzelles.
Al sonar la campanilla que anunciaba el regreso de su madre, Huberto se apresuró a salir a su encuentro. Era una señora flaca, alta, fría y pálida. Vestida siempre de negro, aparecía imponente.
—¡Y bien! madre, ¿está usted contenta? ¿le gusta a usted la joven? ¿ha sido bien recibida por sus padres?
—Habría sido sorprendente—dijo ella sentándose en un alto sillón, cuya forma rígida armonizaba con el aspecto altivo de su persona,—que no hubiera sido bien recibida nuestra demanda. La contestación es conforme a tus esperanzas, hijo mío.