—¿Cómo ha encontrado usted a María Teresa y a los Chanzelles?
—La señorita María Teresa me ha gustado, es distinguida y no se parece, convengo en ello, a todas esas jóvenes alocadas de hoy. La familia es bien honorable; pero vas a tener una decepción: su situación pecuniaria no es tan hermosa como tú imaginabas.
—¡Ah!—dijo Huberto inquieto—¿hay diferencia grande entre mis cálculos y la realidad?
—La fortuna del señor Chanzelles está colocada en negocios, y no puede dar a su hija más que sesenta mil pesos en dinero efectivo; pero le pasará una renta anual de tres mil pesos. Importa ahora saber si la casa Aubry es bastante sólida para garantir el pago regular y continuo de la renta prometida. El señor de Chanzelles me ha expresado también su deseo de que no permanezcas desocupado. Esta petición me ha sorprendido; le he hecho observar que las dos fortunas de ustedes reunidas, les asegura la independencia, pero he agregado, sin embargo, que tú consentirías de buena gana en aceptar una ocupación, en relación con tus gustos y las ideas que profesamos al respecto. No le he ocultado que con el Gobierno actual la política es carrera cerrada y que tengo horror a los negocios, porque los considero como aventuras y no estoy dispuesta a permitir que se juegue con nuestro nombre. He tomado ya informes sobre la casa de Aubry; hasta ahora no he descubierto nada que no le sea favorable; pero hay que continuar la información; en esta clase de asuntos nunca hay demasiada prudencia.
—Es cierto; pero yo amo a María Teresa y, al casarme, no contraigo únicamente un matrimonio de conveniencia.
—Comprendo que te gusta esa joven y apruebo tu proyecto de hacerla tu mujer; pero, tú lo sabes como yo, si no aporta con su dote tanto como tú, la vida os será difícil y no podrán mantener su rango. ¡Se necesita tanto dinero hoy para figurar en nuestro mundo! Aparte de esta restricción, no tengo ninguna objeción que hacer; esa joven te conviene mucho. Te pido, pues, hijo mío, que te procures informaciones serias sobre esa cristalería que representará una parte importante de la renta de ustedes.
—Puede usted estar tranquila, madre; un matrimonio mediocre no me convendría, y aunque María Teresa sea bastante seductora para justificar una conducta irreflexible, seré circunspecto. Por lo demás, lo repito, mi decisión no data sino del día en que me informé de la solidez de la casa Aubry.
Huberto tomó la mano de la señora Martholl y llevándola a sus labios, añadió:
—Sólo me resta agradecerle a usted sus gestiones.
—Está bien, hijo. Piensa en mis recomendaciones y ten la seguridad de que sólo la preocupación de tu felicidad y situación guía mis actos e inspira la prudencia que te aconsejo. Obra discretamente; pero no te guíes por las apariencias, por excelentes que sean. Adiós, hijo mío.