[323] Plinio da por común el parto de las mulas en África y Capadocia.
[324] Infiérese de aquí que Beroso, citado por Josefo, se engañó cuando dijo que Ciro arruinó los muros exteriores de Babilonia.
[325] Este era el pretexto de la guerra; el motivo pudo ser o el deseo de vengarse de la repulsa indecorosa con que el rey de los escitas, según Justino, negó a Darío una hija por mujer, o la ambición de extender más bien la gloria que los intereses de su imperio con la conquista de una nación más belicosa que rica y abundante.
[326] Plutarco, citando a Heródoto, da la razón de esta barbarie, la que se hacía, según los mejores intérpretes, para que los esclavos revolvieran la leche de sus amos, lo que se comprenderá si suponemos que giraban incesantemente alrededor de las vasijas, con peligro de caer turbada la cabeza si tuvieran vista.
[327] Sin duda los escitas invasores de Media, habiendo salido sin sus mujeres, pensaban volver en breve a su país, después de haber dejado en el Asia algunas colonias, y sin duda se apresuraron sus mujeres a unirse a los esclavos ciegos, pues aquellos hallaron ya a su vuelta una falange de espurios tan crecida. Temerosas ellas por su infidelidad, contribuyeron acaso más que el látigo de los hombres a la reducción de los esclavos, en cuyo castigo se ensañaron cruelmente. Dos monumentos nos quedan de esta guerra servil: el uno la estatua ecuestre con el látigo en la mano que se ve en Novogorod, ciudad situada en la antigua Escitia; el otro la costumbre de presentar las moscovitas a sus futuros esposos una varilla obra de sus manos.
[328] El sabio Bayer, académico de San Petersburgo, quiere que este origen de los escitas se entienda de la época en que empezaron a formar una sociedad civil, época que coincide con los últimos años de la esclavitud de los hebreos en Egipto. El mismo conjetura que Targitao pudo ser un príncipe hijo de algún papeo y de alguna princesa de los cimerios situados cerca del Borístenes; pero si estas fábulas son susceptibles de explicación histórica, no así de todas; pues ¿qué verdad puede esconderse en los dones de oro de Arpoxais?
[329] Escitas significa en su mismo idioma ballesteros, palabra que aún se conserva en las lenguas septentrionales de origen escítico. Los atenienses no dejaron de nombrarlos escólotos o tolotas.
[330] Algunos comprenden el país de los escitas entre el grado 45 y 57 de longitud y el 47 y 55 de latitud; hay quien lo extiende desde el grado 25 hasta el 110 de longitud. Esta enorme diferencia no es más que de palabra, según se coarte el nombre de escitas, o se aplique a todos los pueblos descendientes de Jafet, establecidos en el Asia septentrional hasta el Danubio.
[331] Toda esta narración, a más de fabulosa, es singularmente oscura. De la isla Eritía no consta si era la de Cádiz u otra que el mar haya hecho desaparecer: de Gerión, no se sabe si vivía en el Epiro o en Cádiz: de Heracles no está averiguado si era el griego o el fenicio. Querer además que Heracles de vuelta de Cádiz tocase con sus rebaños en Escitia, es un error inepto y grosero de los griegos del Ponto, quienes sin embargo, a pesar de Heródoto, acertaban en decir que el Océano rodeaba la tierra.
[332] Hilea, así llamada por estar poblada de bosques, hoy día pequeña Tartaria.