XXV. Lo explicaremos más clara y difusamente. Al girar el sol sobre la Libia, cuyo cielo se ve en todo tiempo sereno y despejado, y cuyo clima sin soplo de viento refrigerante es siempre caluroso, obra en ella los mismos efectos que en verano, cuando camina por en medio del cielo. Entonces atrae el agua para sí; y atraída, la suspende en la región del aire superior, y suspensa la toman los vientos, y luego la disipan y esparcen; y prueba es el que de allá soplen los vientos entre todos más lluviosos, el Noto y el Sudoeste. No pretendo por esto que el sol, sin reservar porción de agua para sí[117] vaya echando y despidiendo cuanta chupa del Nilo en todo el año. Mas declinando en la primavera el rigor del invierno, y vuelto otra vez el sol al medio del cielo, atrae entonces igualmente para sí el agua de todos los ríos de la tierra. Crecidos en aquella estación con el agua de las copiosas lluvias que recogen, empapada ya la tierra y hecha casi un torrente, corren entonces en todo su caudal; mas a la llegada del verano, no alimentados ya por las lluvias, chupados en parte por el sol, se arrastran lánguidos y menoscabados. Y como las lluvias no alimentan al Nilo,[118] y siendo el único entre los ríos a quien el sol chupe y atraiga en invierno, natural es que corra entonces más bajo y menguado que en verano, en la época en que, al par de los demás, contribuye con su agua a la fuerza del sol, mientras en invierno es el único objeto de su atracción. El sol, en una palabra, es en mi concepto el autor de tales fenómenos.

XXVI. Al mismo sol igualmente atribuyo el árido clima y cielo de la Libia, abrasando en su giro a toda la atmósfera, y el que reine en toda la Libia un perpetuo verano.[119] Pues si trastornándose el cielo se trastornara el orden anuo de las estaciones; si donde el Bóreas y el invierno moran se asentaran el Noto y el mediodía; o si el Bóreas arrojase al Noto de su morada con tal trastorno, en mi sentir, echado el sol en medio del cielo por la violencia de los aquilones, subiría al cénit de la Europa, como actualmente se pasea encima de la Libia, y girando asiduamente por toda ella, haría, en mi concepto, con el Istro lo que con el Nilo está al presente sucediendo.

XXVII. Respecto a la causa de no exhalarse del Nilo viento alguno, natural me parece que falte este en países calurosos, observando que procede de alguna cosa fría en general. Pero, sea como fuere, no presumo descifrar el secreto que sobre este punto hasta el presente se mantuvo.

XXVIII. Ninguno de cuantos hasta ahora traté, egipcio, libio o griego, pudo darme conocimiento alguno de las fuentes del Nilo.[120] Hallándome en Egipto, en la ciudad de Sais, di con un tesorero de las rentas de Atenea, el cual, jactándose de conocer tales fuentes, creí querría divertirse un rato y burlarse de mi curiosidad. Decíame que entre la ciudad de Elefantina y la de Siena, en la Tebaida, se hallan dos montes, llamado Crofi el uno y Mofi el otro, cuyas cimas terminan en dos picachos, y que manan en medio de ellos las fuentes del Nilo, abismos sin fondo en su profundidad, de cuyas aguas la mitad corre al Egipto contraria al Bóreas, y la otra, opuesta al Noto, hacia la Etiopía.[121] Y contaba, en confirmación de la profundidad de aquellas fuentes, que reinando Psamético en Egipto, para hacer la experiencia mandó formar una soga de millares y millares de orgias y sondear con ella, sin que se pudiese hallar fondo en el abismo. Esto decía el depositario de Atenea; ignoro si en lo último había verdad. Discurro en todo lance que debe existir un hervidero de agua que con sus borbotones y remolinos impida bajar hasta el suelo la sonda echada, impeliéndola contra los montes.

XXIX. Nada más pude indagar sobre el asunto; pero informándome cuan detenidamente fue posible, he aquí lo que averigüé como testigo ocular hasta la ciudad de Elefantina, y lo que supe de oídas sobre el país que más adentro se dilata.[122] Siguiendo, pues, desde Elefantina arriba, darás con un recuesto tan arduo, que es preciso para superarlo atar tu barco por entrambos lados como un buey sujeto por las astas, pues si se rompiere por desgracia la cuerda, iríase río abajo la embarcación arrebatada por la fuerza de la corriente. Cuatro días de navegación contarás en este viaje, durante el cual no es el Nilo menos tortuoso que el Meandro. El tránsito que tales precauciones requiere no es menor de doce esquenos. Encuentras después una llanura donde el río forma y circuye una isla que lleva el nombre de Tacompso, habitada la mitad por los egipcios y la mitad por los etíopes, que empiezan a poblar el país desde la misma Elefantina. Con la isla confina una gran laguna, alrededor de la cual moran los etíopes llamados nómadas. Pasada esta laguna, en la que el Nilo desemboca, se vuelve a entrar en la madre del río: allí es preciso desembarcar y seguir cuarenta jornadas el camino por las orillas, siendo imposible navegar el río en aquel espacio por los escollos y agudas peñas que de él sobresalen. Concluido por tierra este viaje y entrando en otro barco, en doce días de navegación llegas a Méroe,[123] que este es el nombre de aquella gran ciudad, capital, según dice, de otra casta de etíopes que solo a dos dioses prestan culto, a Zeus y a Dioniso, bien que mucho se esmeran en honrarlos: tienen un oráculo de Zeus allí mismo, según cuyas divinas respuestas se deciden a la guerra, haciéndola cómo y cuándo y en dónde aquel su dios lo ordenare.

XXX. Siguiendo por el río desde la última ciudad, en el mismo tiempo empleado en el viaje desde Elefantina, llegas a los desertores, que en idioma del país llaman Asmaj,[124] y que en el griego equivale a los que asisten a la izquierda del rey. Fueron en lo antiguo[125] veinticuatro miríadas de soldados que desertaron a los etíopes con la ocasión que referiré. En el reinado de Psamético estaban en tres puntos repartidas las fuerzas del imperio; en Elefantina contra los etíopes, en Dafnes de Pelusio[126] contra los árabes y sirios, y en Marea contra la Libia, los primeros de los cuales conservan los persas fortificados en mis días, del mismo modo que en aquel tiempo. Sucedió que las tropas egipcias, apostadas en Elefantina, viendo que nadie venía a relevarlas después de tres años de guarnición, y deliberando sobre su estado, determinaron de común acuerdo desertar de su patria pasando a la Etiopía. Informado Psamético, corre luego en su seguimiento, y alcanzándolos, les ruega y suplica encarecidamente por los dioses patrios, por sus hijos, por sus esposas, que tan queridas prendas no consientan en abandonarlas. Es fama que uno entonces de los desertores, con un ademán obsceno le respondió «que ellos, según eran, donde quiera hallarían medios en sí mismos de tener hijos y mujeres». Llegados a Etiopía, y puestos a la obediencia de aquel soberano, fueron por él acogidos y aun premiados, pues les mandó en recompensa que, arrojando a ciertos etíopes malcontentos y amotinados, ocupasen sus campos y posesiones. Resultó de esta nueva vecindad y acogida que fueron humanizándose los etíopes con los usos y cultura de la colonia egipcia, que aprendieron con el ejemplo.[127]

XXXI. Bien conocido es el Nilo todavía, más allá del Egipto que baña, en el largo trecho que, ya por tierra, ya por agua se recorre en un viaje de cuatro meses; que tal resulta si se suman los días que se emplean en pasar desde Elefantina hasta los desertores. En todo el espacio referido corre el río desde poniente; pero más allá no hay quien diga nada cierto ni positivo, siendo el país un puro yermo abrasado por los rayos del sol.

XXXII. No obstante, oí de boca de algunos cireneos que yendo en romería al oráculo de Amón, habían entrado en un largo discurso con Etearco, rey de los amonios, y que viniendo por fin a recaer la conversación sobre el Nilo, y sobre lo oculto y desconocido de sus fuentes, les contó entonces aquel rey la visita que había recibido de los nasamones, pueblos que ocupan un corto espacio en la Sirte y sus contornos por la parte de levante. Preguntados estos por Etearco acerca de los desiertos de la Libia, le refirieron que hubo en su tierra ciertos jóvenes audaces e insolentes, de familias las más ilustres, que habían acordado, entre otras travesuras de sus mocedades, sortear a cinco de entre ellos para hacer nuevos descubrimientos en aquellos desiertos y reconocer sitios hasta entonces no penetrados. El rigor del clima los invitaría a ello seguramente, pues aunque empezando desde el Egipto, y siguiendo la costa del mar que mira al norte, hasta el cabo Solunte,[128] su último término, está la Libia poblada de varias tribus de naturales, además del terreno que ocupan algunos griegos y fenicios; con todo, la parte interior más allá de la costa y de los pueblos de que está sembrada, es madre y región de fieras propiamente, a la cual sigue un arenal del todo árido, sin agua y sin viviente que lo habite. Emprendieron, pues, sus viajes los mancebos, de acuerdo con sus camaradas, provistos de víveres y de agua; pasaron la tierra poblada, atravesaron después la región de las fieras,[129] y dirigiendo su rumbo hacia occidente por el desierto, y cruzando muchos días unos vastos arenales, descubrieron árboles por fin en una llanura, y aproximándose empezaron a echar mano de su fruta. Mientras estaban gustando de ella, no sé qué hombrecillos, menores que los que vemos entre nosotros de mediana estatura, se fueron llegando a los nasamones, y asiéndoles de las manos, por más que no se entendiesen en su idioma mutuamente, los condujeron por dilatados pantanos, y al fin de ellos a una ciudad cuyos habitantes, negros de color, eran todos del tamaño de los conductores, y en la que vieron un gran río que la atravesaba de poniente a levante, y en el cual aparecían cocodrilos.

XXXIII. Temo que parezca ya harto larga la fábula de Etearco el amonio; diré solo que añadía, según el testimonio de los cireneos, que los descubridores nasamones, de vuelta de sus viajes, dieron por hechiceros a los habitantes de la ciudad en que penetraron, y que conjeturaba que el río que la atraviesa podía ser el mismo Nilo.[130] No fuera difícil, en efecto, pues que este río no solo viene de la Libia, sino que la divide por medio; y deduciendo lo oculto por lo conocido, conjeturo que no es el Nilo inferior al Istro[131] en lo dilatado del espacio que recorre. Empieza el Istro en la ciudad de Pirene desde los celtas, los que están más allá de las columnas de Heracles, confinantes con los cinesios, último pueblo de la Europa, situado hacia el ocaso, y después de atravesar toda aquella parte del mundo, desagua en el Ponto Euxino, junto a los istrienos, colonos de los milesios.

XXXIV. Mas al paso que corriendo el Istro por tierra culta y poblada es de muchos bien conocido, nadie ha sabido manifestarnos las fuentes del Nilo, que camina por el país desierto y despoblado de la Libia. Referido llevo cuanto he podido saber sobre su curso, al cual fui siguiendo con mis investigaciones cuan lejos me fue posible. El Nilo va a parar al Egipto, país que cae enfrente de Cilicia la montuosa, desde donde un correo a todo aliento llegará en cinco días por camino recto a Sínope, situada en las orillas del Ponto Euxino, enfrente de la cual desagua el Istro en el mar. De aquí opino que igual espacio que el último recorrerá el Nilo atravesando la Libia. Mas bastante y harto se ha tratado ya de aquel río.