XXXV. Difusamente vamos a hablar del Egipto, pues de ello es digno aquel país, por ser entre todos maravilloso, y por presentar mayor número de monumentos que otro alguno, superiores al más alto encarecimiento. Tanto por razón de su clima, tan diferente de los demás, como por su río, cuyas propiedades tanto le distinguen de cualquier otro, distan los egipcios enteramente de los demás pueblos en leyes, usos y costumbres. Allí son las mujeres las que venden, compran y negocian públicamente, y los hombres hilan, cosen y tejen, impeliendo la trama hacia la parte inferior de la urdimbre, cuando los demás la dirigen comúnmente a la superior.[132] Allí los hombres llevan la carga sobre la cabeza, y las mujeres sobre los hombros. Las mujeres orinan en pie; los hombres se sientan para ello. Para sus necesidades se retiran a sus casas, y salen de ellas comiendo por las calles, dando por razón que lo indecoroso, por necesario que sea, debe hacerse a escondidas, y que puede hacerse a las claras cualquier cosa indiferente. Ninguna mujer se consagra allí por sacerdotisa a dios o diosa alguna: los hombres son allí los únicos sacerdotes. Los varones no pueden ser obligados a alimentar a sus padres contra su voluntad; tan solo las hijas están forzosamente sujetas a esta obligación.[133]

XXXVI. En otras naciones dejan crecer su cabello los sacerdotes de los dioses; los de Egipto lo rapan a navaja. Señal de luto es entre los pueblos cortarse el cabello los más allegados al difunto, y entre los egipcios, ordinariamente rapados, lo es el cabello y barba crecida en el fallecimiento de los suyos. Los demás hombres no acostumbran comer con los brutos, los egipcios tienen con ellos plato y mesa común. Los demás se alimentan de pan de trigo y de cebada; los egipcios tuvieran el comer de él por la mayor afrenta, no usando ellos de otro pan que del de escancia o candeal. Cogen el lodo y aun el estiércol con sus manos, y amasan la harina con los pies. Los demás hombres dejan sus partes naturales en su propia disposición, excepto los que aprendieron de los egipcios a circuncidarse.[134] En Egipto usan los hombres vestidura doble, y sencilla las mujeres. Los egipcios en las velas de sus naves cosen los anillos y cuerdas por la parte interior, en contraposición con la práctica de los demás, que los cosen por fuera. Los griegos escriben y mueven los cálculos[135] en sus cuentas de la siniestra a la derecha; los egipcios, al contrario, de la derecha a la siniestra, diciendo por esto que los griegos hacen a zurdas lo que ellos derechamente.

XXXVII. Dos géneros de letras están allí en uso, unas sacras y las otras populares.[136] Supersticiosos por exceso, mucho más que otros hombres cualesquiera, usan de toda especie de ceremonias, beben en vasos de bronce y los limpian y friegan cada día, costumbre a todos ellos común y de ninguno particular. Sus vestidos son de lino y siempre recién lavados, pues que la limpieza les merece un cuidado particular, siendo también ella la que les impulsa a circuncidarse, prefiriendo ser más bien aseados que gallardos y cabales. Los sacerdotes, con la mira de que ningún piojo u otra sabandija repugnante se encuentre sobre ellos al tiempo de sus ejercicios o de sus funciones religiosas, se rapan a navaja cada tres días de pies a cabeza. También visten de lino, y calzan zapatos de papiro, pues que otra ropa ni calzado no les es permitido; se lavan con agua fría diariamente, dos veces por el día y otras dos por la noche, y usan, en una palabra, ceremonias a miles en su culto religioso. Disfrutan en cambio aquellos sacerdotes de no pocas conveniencias, pues nada ponen de su casa ni consumen de su hacienda; comen de la carne ya cocida en los sacrificios, tocándoles diariamente a cada uno una crecida ración de la de ganso y de buey, no menos que su buen vino de uvas; mas el pescado es vedado para ellos. Ignoro qué prevención tienen los egipcios contra las habas,[137] pues ni las siembran en sus campos en gran cantidad, ni las comen crudas, ni menos cocidas, y ni aun verlas pueden sus sacerdotes, como reputándolas por impura legumbre. Ni se contentan consagrando sacerdotes a los dioses, sino que consagran muchos a cada dios, nombrando a uno de ellos sumo sacerdote y perpetuando sus empleos en los hijos a su fallecimiento.

XXXVIII. Viven los egipcios en la opinión de que los bueyes son la única víctima propia de su Épafo,[138] para lo cual hacen ellos la prueba, pues encontrándose en el animal un solo pelo negro, ya no pasa por puro y legítimo. Uno de los sacerdotes es el encargado y nombrado particularmente para este registro, el cual hace revista del animal, ya en pie, ya tendido boca arriba; observa en su lengua sacándola hacia fuera las señas que se requieren en una víctima pura, de las que hablaré más adelante; mira y vuelve a mirar los pelos de su cola, para notar si están o no en su estado natural. En caso de asistir al buey todas las cualidades que de puro y bueno le califican, márcanlo por tal enroscándole en las astas el papiro, y pegándole cierta greda a manera de lacre, en la que imprimen su sello. Así marcado, lo conducen al sacrificio, y ¡ay del que sacrificara una víctima no marcada! Otra cosa que la vida no le costaría. Estas son, en suma, las pruebas y los reconocimientos de aquellos animales.

XXXIX. Síguese la ceremonia del sacrificio.[139] Conducen la bestia ya marcada al altar destinado al holocausto; pegan fuego a la pira, derraman vino sobre la víctima al pie mismo del ara, e invocan su dios al tiempo de degollarla, cortándole luego la cabeza y desollándole el cuerpo. Cargan de maldiciones a la cabeza ya dividida, y la sacan a la plaza, vendiéndola a los negociantes griegos, si los hay allí domiciliados y si hay mercado en la ciudad; de otro modo, la echan al río como maldita. La fórmula de aquellas maldiciones expresa solo que si algún mal amenaza al Egipto en común, o a los sacrificadores en particular, descargue todo sobre aquella cabeza. Esta ceremonia usan los egipcios igualmente sobre las cabezas de las víctimas y en la libación del vino, y se valen de ella generalmente en sus sacrificios, naciendo de aquí que nunca un egipcio coma de la cabeza de ningún viviente.

XL. No es una misma la manera de escoger y consumir las víctimas en los sacrificios, sino muy varia en cada una de ellos. Hablaré del de la diosa de su mayor veneración y a la cual se consagra la fiesta más solemne, de la diosa Isis. En su reverencia hacen un ayuno, le presentan después sus oraciones y súplicas, y, por último, le sacrifican un buey. Desollada la víctima, le limpian las tripas, dejando las entrañas pegadas al cuerpo con toda su gordura; separan luego las piernas, y cortan la extremidad del lomo con el cuello y las espaldas. Entonces embuten y atestan lo restante del cuerpo de panales purísimos de miel, de uvas e higos pasos, de incienso, mirra y otros aromas, y derramando después sobre él aceite en gran abundancia, entréganlo a las llamas. Al sacrificio precede el ayuno, y mientras está abrasándose la víctima, se hieren el pecho los asistentes, se maltratan y lloran y plañen, desquitándose después en espléndido convite con las partes que de la víctima separaron.

XLI. A cualquiera es permitido allí el sacrificio de bueyes y terneros puros y legales, mas a ninguno es lícito el de vacas o terneras, por ser dedicadas a Isis, cuyo ídolo representa una mujer con astas de buey, del modo con que los griegos pintan a Ío; por lo cual es la vaca, con notable preferencia sobre los demás brutos, mirada por los egipcios con veneración particular. Así que no se hallará en el país hombre ni mujer alguna que quiera besar a un griego, ni servirse de cuchillo, asador o caldero de alguno de esta nación, ni aun comer carne de buey, aunque puro por otra parte, mientras sea trinchada por un cuchillo griego. Para los bueyes difuntos tienen aparte sepultura; las hembras son arrojadas al río, pero los machos enterrados en el arrabal de cada pueblo, dejándose por señas una o entrambas de sus astas salidas sobre la tierra. Podrida ya la carne y llegado el tiempo designado, va recorriendo las ciudades una barca que sale de la isla Prosopítide, situada dentro del Delta, de nueve esquenos de circunferencia. En esta isla hay una ciudad, entre otras muchas, llamada Atarbequis, donde hay un templo dedicado a Afrodita, y de la que acostumbran salir las barcas destinadas a recoger los huesos de los bueyes. Muchas salen de allí para diferentes ciudades; desentierran aquellos huesos, y reunidos en un lugar, les dan a todos sepultura; práctica que observan igualmente con las demás bestias, enterrándolas cuando mueren, pues a ello les obligan las leyes y a respetar sus vidas en cualquier ocasión.[140]

XLII. Los pueblos del distrito de Zeus Tebano, o mas bien el nomo de Tebas, matan sin escrúpulo las cabras, sin tocar a las ovejas, lo que no es de extrañar, por no adorar los egipcios a unos mismos dioses, excepto dos universalmente venerados, Isis y Osiris, el cual pretenden sea el mismo que Dioniso. Los pueblos, al contrario, del distrito de Mendes o del nomo mendesio, respetando las cabras, matan libremente las ovejas. Los primeros, y los que como ellos no se atreven a las ovejas, dan la siguiente razón de la ley que se impusieron: Heracles quería ver a Zeus de todos modos, y Zeus no quería absolutamente ser visto de Heracles. Grande era el empeño de aquel, hasta que, después de larga porfía, toma Zeus un efugio: mata un carnero, le quita la piel, córtale la cabeza y se presenta a Heracles disfrazado con todos estos despojos. Y en atención a este disfraz formaron los egipcios el ídolo de Zeus Caricarnero,[141] figura que tomaron de ellos los amonios, colonos en parte egipcios y en parte etíopes, que hablan un dialecto mezcla de entrambos idiomas, etiópico y egipcio. Y estos colonos, a mi entender, no se llaman amonios por otra razón que por ser Amón el nombre de Zeus en lengua egipcia. He aquí, pues, la razón por qué no matan los tebanos a los carneros, mirándolos como bestia sagrada. Verdad es que en cada año hay un día señalado, el de la fiesta de Zeus, en que matan a golpes un carnero, y con la piel que le quitan visten el ídolo del dios con el traje mismo que arriba mencioné, presentándole luego otro ídolo de Heracles. Durante la representación de tal acto lamentan los presentes y plañen con muestras de sentimiento la muerte del carnero, al cual entierran después en lugar sagrado.

XLIII. Este Heracles oía yo a los egipcios contarlo por uno de sus doce dioses, pero no pude adquirir noticia alguna en el país de aquel otro Heracles que conocen los griegos. Entre varias pruebas que me conducen a creer que no deben los egipcios a los griegos el nombre de aquel dios, sino que los griegos lo tomaron de los egipcios, en especial los que designan con él al hijo de Anfitrión, no es la menor, el que Anfitrión y Alcmena, padres del Heracles griego, traían su origen del Egipto,[142] y el que confiesen los egipcios que ni aun oyeron los nombres de Poseidón o de los Dioscuros;[143] tan lejos están de colocarlos en el catálogo de sus dioses. Y si algún dios hubieran tomado los egipcios de los griegos, fueran ciertamente los que he nombrado, de quienes con mayor razón se conservara la memoria; porque en aquella época traficaban ya los griegos por el mar, y algunos habría, según creo sin duda, patrones y dueños de sus navíos; y muy natural parece que de su boca oyeran antes los egipcios el nombre de sus dioses náuticos que el de Heracles, campeón protector de la tierra. Declárese, pues, la verdad, y sea Heracles tenido, como lo es, por dios antiquísimo del Egipto; pues si hemos de oír a aquellos naturales, desde la época en que los ocho dioses engendraron a los otros doce, entre los cuales cuentan a Heracles, hasta el reinado de Amasis, han trascurrido no menos de 17.000 años.

XLIV. Queriendo yo cerciorarme de esta materia donde quiera me fuese dable, y habiendo oído que en Tiro de Fenicia había un templo a Heracles dedicado, emprendí viaje para aquel punto. Lo vi, pues, ricamente adornado de copiosos donativos, y entre ellos dos vistosas columnas, una de oro acendrado en copela, otra de esmeralda, que de noche en gran manera resplandecía. Entré en plática con los sacerdotes de aquel dios, y preguntándoles desde cuando fue su templo erigido, hallé que tampoco iban acordes con los griegos acerca de Heracles, pues decían que aquel templo había sido fundado al mismo tiempo que la ciudad, y no contaban menos de 2300 años desde la fundación primera de Tiro. Allí mismo vi adorar a Heracles en otro edificio con el sobrenombre de Tasio, lo que me incitó a pasar a Tasos, donde igualmente encontré un templo de aquel dios, fundado por los fenicios, que navegando en busca de Europa edificaron la ciudad de Tasos, suceso anterior en cinco[144] generaciones al nacimiento en Grecia de Heracles, hijo de Anfitrión. Todas estas averiguaciones prueban con evidencia que es Heracles uno de los dioses antiguos, y que aciertan aquellos griegos que conservan dos especies de heraclios o templos de Heracles, en uno de los cuales sacrifican a Heracles el Olímpico como dios inmortal, y en el otro celebran sus honores aniversarios como los del héroe o semidiós.