XLV. Entre las historias que nos refieren los griegos a modo de conseja, puedo contar aquella fábula simple y desatinada que en estos términos nos encajan: que los egipcios, apoderados de Heracles que por allí transitaba, le coronaron cual víctima sagrada, y le llevaban con grande pompa y solemnidad para que fuese a Zeus inmolado, mientras él permanecía quieto y sosegado como un cordero, hasta que al ir a recibir el último golpe junto al altar, usando el valiente de todo su brío y denuedo, pasó a cuchillo toda aquella cohorte de extranjeros. Los que así se expresan, a mi entender, ignoran en verdad de todo punto lo que son los egipcios, y desconocen sus leyes y sus costumbres. Díganme, pues: ¿cómo los egipcios intentarían sacrificar una víctima humana cuando ni matar a los brutos mismos les permite su religión, exceptuando a los cerdos, gansos, bueyes o novillos, y aun estos con prueba que debe preceder y seguridad de su pureza? ¿Y cabe además que Heracles solo, Heracles todavía mortal, que por mortal lo dan los griegos en aquella ocasión, pudiera con la fuerza de su brazo acabar con tanta muchedumbre de egipcios? Pero silencio ya: y lo dicho, según deseo, sea dicho con perdón y benevolencia así de los dioses como de los héroes.
XLVI. Ahora daré la causa por que otros egipcios, como ya dije, no matan cabras o machos de cabrío. Los mendesios cuentan al dios Pan por uno de los ochos dioses que existieron, a su creencia, antes de aquellos doce de segunda clase; y los pintores y estatuarios egipcios esculpen y pintan a Pan con el mismo traje que los griegos, rostro de cabra y pies de cabrón, sin que crean por esto que sea tal como lo figuran, sino como cualquiera de sus dioses de primer orden. Bien sé el motivo de presentarle en aquella forma, pero guardareme de expresarlo.[145] Por esto los mendesios honran con particularidad a los cabreros, y adoran sus ganados, siendo aún menos devotos de las cabras que de los machos de cabrío. Uno es, sin embargo, entre todos el privilegiado y de tanta veneración, que su muerte se honra en todo el nomo mendesio con el luto más riguroso. En Egipto se da el nombre de Mendes así al dios Pan como al cabrón. En aquel nomo sucedió en mis días la monstruosidad de juntarse en público un cabrón con una mujer: bestialidad sabida de todos y aplaudida.
XLVII. Los egipcios miran al puerco como animal abominable, dando origen esta superstición a que el que roce al pasar por desgracia con algún puerco se arroje al río con sus vestidos para purificarse, y a que los porquerizos, por más que sean naturales del país, sean excluidos de la entrada y de la comunicación en los templos, entredicho que se usa con ellos solamente, excediéndose tanto en esta prevención, que a ninguno de ellos dieran en matrimonio ninguna hija, ni tomaran alguna de ellas por mujer, viéndose obligada aquella clase a casarse entre sí mutuamente. Mas aunque no sea lícito generalmente a los egipcios inmolar un puerco a sus dioses, lo sacrifican, sin embargo, a la Luna y a Dioniso, y a estos únicamente en un tiempo mismo, a saber, el de plenilunio, día en que comen aquella especie de carne. La razón que dan para sacrificar en la fiesta del plenilunio al puerco que abominan en los demás días, no seré yo quien la refiera, porque no lo considero conveniente; diré tan solo el rito del sacrificio con que se ofrece a la Luna aquel animal. Muerta la víctima, juntan la punta de su cola, el bazo y el redaño, y cubriéndolo todo con la gordura que viste los intestinos, lo arrojan a las llamas envuelto de este modo. Lo restante del tocino se come en el día del plenilunio destinado al sacrificio, único día en que se atreven a gustar de la carne referida. En aquella fiesta, los pobres que faltos de medios no alcanzan a presentar su tocino, remedan otro de pasta, y lo sacrifican, después de cocido, con las mismas ceremonias.
XLVIII. En la solemne cena que se hace en la fiesta de Dioniso acostumbra cada cual matar su cerdo en la puerta misma de su casa, y entregarlo después al mismo porquerizo a quien lo compró para que lo quite de allí y se lo lleve. Exceptuada esta particularidad, celebran los egipcios lo restante de la fiesta con el mismo aparato que los griegos. En vez de los falos usados entre los últimos, han inventado aquellos unos muñecos de un codo de altura, y movibles por medio de resortes, que llevan por las calles las mujeres moviendo y agitando obscenamente un miembro casi tan grande como lo restante del cuerpo. La flauta guía la comitiva, y sigue el coro mujeril cantando himnos en loor de Baco o Dioniso. El movimiento obsceno del ídolo y la desproporción de aquel miembro no dejan de ser para los egipcios un misterio que cuentan entre los demás de su religión.[146]
XLIX. Paréceme averiguado que Melampo, el hijo de Amitaón, no ignoraría sino que conocería muy bien esta especie de sacrificio, pues no solo fue el propagador del nombre de Dioniso entre los griegos, sino quien introdujo entre ellos asimismo el rito y la pompa del falo, aunque no dio entera explicación de este misterio, que declararon, más cumplidamente los sabios que le sucedieron. Melampo fue, en una palabra, quien dio a los griegos razón del falo que se lleva en la procesión de Dioniso, y el que les enseñó el uso que de él hacen;[147] y aunque como sabio supo apropiarse el arte de la adivinación, de discípulo de los egipcios pasó a maestro de los griegos, enseñándoles entre otras cosas los misterios y culto de Dioniso, haciendo en él una pequeña mutación. Porque de otro modo no puedo persuadirme que las ceremonias de este dios se instituyesen por acaso al mismo tiempo entre griegos y egipcios, pues entonces no hubiera razón para que no fueran puntualmente las mismas en entrambas partes, ni para que se hubieran introducido en la Grecia nuevamente, siendo improbable, por otro lado, que los egipcios tomaran de los griegos esta o cualquier otra costumbre. Verosímil es, en mi concepto, que aprendiese Melampo todo lo que a Dioniso pertenece, de aquellos fenicios que en compañía de Cadmo el tirio emigraron de su patria al país de Beocia.
L. Del Egipto nos vinieron además a la Grecia los nombres de la mayor parte de los dioses; pues resultando por mis informaciones que nos vinieron de los bárbaros, discurro que bajo este nombre se entiende aquí principalmente a los egipcios. Si exceptuamos en efecto, como dije, los nombres de Poseidón y el de los Dioscuros, y además los de Hera, de Hestia, de Temis, de las Cárites y de las Nereidas,[148] todos los demás desde tiempo inmemorial los conocieron los egipcios en su país, según dicen los mismos; que de ello yo no salgo fiador. En cuanto a los nombres de aquellos dioses de que no consta tuviesen noticia, se deberían, según creo, a los pelasgos, sin comprender con todo al de Poseidón, dios que adoptarían estos de los libios, juntamente con su nombre, pues que ningún pueblo sino los libios se valieron antiguamente de este nombre ni fueron celosos adoradores de aquel dios. No es costumbre, además, entre los egipcios el tributar a sus héroes ningún género de culto.
LI. Estas y otras cosas de que hablaré introdujéronse en la Grecia tomadas de los egipcios; pero a los pelasgos[149] se debe el rito de construir las estatuas de Hermes con obscenidad, rito que aprendieron los atenienses de los pelasgos primeramente, y que comunicaron después a los griegos: lo que no es extraño, si se atiende a que los atenienses, aunque contándose ya entre los griegos, habitaban en un mismo país con los pelasgos, que con este motivo empezaron a ser mirados como griegos. No podrá negar lo que afirmo nadie que haya sido iniciado en las orgías o misterios de los cabiros, cuyas ceremonias, aprendidas de los pelasgos, celebran los samotracios todavía, como que los pelasgos habitaron en Samotracia antes de vivir entre los atenienses, y que enseñaron a sus habitantes aquellas orgías. Los atenienses, pues, para no apartarme de mi propósito, fueron discípulos de los pelasgos y maestros de los demás griegos en la construcción de las estatuas de Hermes tan obscenamente representadas. Los pelasgos apoyaban esta costumbre en una razón simbólica y misteriosa, que se explica y declara en los misterios que se celebran en Samotracia.
LII. De los pelasgos oí decir igualmente en Dodona que antiguamente invocaban en común a los dioses en todos sus sacrificios, sin dar a ninguno de ellos nombre o dictado peculiar, pues ignoraban todavía cómo se llamasen. A todos designaban con el nombre de Theoi (dioses), derivado de la palabra Thentes (en latín ponentes), significando que todo lo ponían los dioses en el mundo, y todo lo colocaban en buen orden y distribución. Pero habiendo oído con el tiempo los nombres de los dioses venidos del Egipto, y más tarde el de Dioniso, acordaron consultar al oráculo de Dodona[150] sobre el uso de nombres peregrinos. Era entonces este oráculo, reputado ahora por el más antiguo entre los griegos, el único conocido en el país; y preguntado si sería bien adoptar los nombres tomados de los bárbaros, respondió afirmativamente; y desde aquella época los pelasgos empezaron a usar en sus sacrificios de los nombres propios de los dioses, uso que posteriormente comunicaron a los griegos.
LIII. En cuanto a las opiniones de los griegos sobre la procedencia de cada uno de sus dioses, sobre su forma y condición, y el principio de su existencia, datan de ayer, por decirlo así, o de pocos años atrás. Cuatrocientos y no más de antigüedad pueden llevarme de ventaja Hesíodo y Homero, los cuales escribieron la Teogonía entre los griegos, dieron nombres a sus dioses, mostraron sus figuras y semblantes, les atribuyeron y repartieron honores, artes y habilidades, siendo a mi ver muy posteriores a estos poetas los que se cree les antecedieron. Esta última observación es mía enteramente; lo demás es lo que decían los sacerdotes de Dodona.
LIV. El origen de este oráculo y de otro que existe en Libia lo refieren del siguiente modo los egipcios: Decíanme los sacerdotes de Zeus Tebano que desaparecieron de Tebas dos mujeres religiosas robadas por los fenicios, y que según posteriormente se divulgó, vendidas la una en Libia y en Grecia la otra, introdujeron entre estas naciones y establecieron los oráculos referidos. Todo esto que añadían, respondiendo a mis dudas y preguntas, no se supo sino mucho después, porque al principio fueron vanas todas las pesquisas que en busca de aquellas mujeres se emplearon.