LV. Esto fue lo que oí en Tebas de boca de los sacerdotes; he aquí lo que dicen sobre el mismo caso las promántidas[151] dodoneas. Escapáronse por los aires desde Tebas de Egipto dos palomas negras, de las cuales la una llegó a la Libia y la otra a Dodona, y posada esta última en una haya, les dijo, en voz humana, ser cosa precisa y prevenida por los hados que existiese un oráculo de Zeus en aquel sitio; y persuadidos los dodoneos de que por el mismo cielo se les intimaba aquella orden, se resolvieron desde el instante a cumplirla. De la otra paloma que aportó a Libia, cuentan que ordenó establecer allí el oráculo de Amón, erigiendo por esto los libios a Zeus un oráculo semejante al de Dodona. Tal era la opinión que, en conformidad con los misterios de aquel templo, profesaban las tres sacerdotisas dodoneas, la más anciana de las cuales se llamaba Promenia, la segunda Timareta y Nicandra la menor.
LVI. Y si me es lícito en este punto expresar mi opinión, y siendo verdad que los fenicios vendieran, de las dos mujeres consagradas a Zeus que consigo traían, la una en Libia, y en Hélade la otra, no disto de creer que llevada la segunda a los tesprotos de la Hélade, región antes conocida con el nombre de Pelasgia, levantara a Zeus algún santuario, acordándose la esclava, como era natural, del templo del dios a quien en Tebas había servido y de donde procedía; y que ella contaría a los tesprotos, después de aprendido el lenguaje de estos pueblos, cómo los fenicios habían vendido en la Libia otra compañera suya.
LVII. El ser bárbaras de nación las dos mujeres y la semejanza que se figuraban los dodoneos entre su idioma y el arrullo o graznido de las aves, prestó motivo, a mi entender, a que se las diese el nombre de palomas,[152] diciendo que hablaba la paloma en voz humana cuando con el trascurso del tiempo pudo aquella mujer ser de ellos entendida, cesando en el bárbaro e ignorado lenguaje que les había parecido hasta entonces la lengua de las aves. De otro modo, ¿cómo pudieron creer los dodoneos que les hablase una paloma en voz humana? El negro color que atribuían al ave significaba sin duda que era egipcia la mujer.
LVIII. Parecidos son en verdad entrambos oráculos, el de Dodona y el de Tebas en Egipto, siendo notorio, además, que el arte de adivinar en los templos nos ha venido de este reino. Indudable es asimismo que entre los egipcios, maestros en este punto de los griegos, empezaron las procesiones, los concursos festivos, las ofrendas religiosas, siendo de ello para mí evidente testimonio que tales fiestas, recientes entre los griegos, no parecen sino muy antiguas en Egipto.
LIX. No contentos los egipcios con una de estas solemnidades al año, las celebran muy frecuentes. La principal de todas, en la que se esmeran en empeño y devoción, es la que van a celebrar en la ciudad de Bubastis en honor de Artemisa o Diana. Frecuéntase la segunda en Busiris, ciudad edificada en medio del Delta, para honrar a Isis, diosa que se llama Deméter en lengua griega, y que tiene en la ciudad un magnífico templo. Reúnese en Sais el tercer concurso festivo en honra de Atenea o Minerva; el cuarto en Heliópolis para celebrar al sol; en Butona el quinto para dar culto a Leto, y para honrar a Ares o Marte celébrase el sexto en Papremis.[153]
LX. El viaje que con este objeto emprenden a Bubastis merece atención. Hombres y mujeres van allá navegando en buena compañía, y es espectáculo singular ver la muchedumbre de ambos sexos que encierra cada nave. Algunas de las mujeres, armadas con sonajas, no cesan de repicarlas; algunos de los hombres tañen sus flautas sin descanso, y la turba de estos y de aquellas, entretanto, no paran un instante de cantar y palmotear. Apenas llegan de paso a alguna de las ciudades que se ven en el camino, cuando aproximando la nave a la orilla, continúan en la zambra algunas de las mujeres; otras motejan e insultan a las vecinas de la ciudad con terrible gritería; unas danzan; otras, puestas en pie, levantan sus vestiduras. Y esto se repite en cada pueblo que a orillas del río van encontrando. Llegados por fin a Bubastis celebran su fiesta ofreciendo en sacrificio muchas y muy pingües víctimas que conducen. Y tanto es el vino que durante la fiesta se consume, que excede al que se bebe en lo restante del año, y tan numeroso el gentío que allá concurre que, sin contar los niños, entre hombres y mujeres asciende el número a 700.000 personas, según dicen los del país. He aquí lo que pasa en Bubastis.
LXI. En la fiesta que, según antes indiqué, celebran los egipcios en Busiris para honrar a Isis, acabado el sacrificio, millares y millares de hombres y mujeres que a él asisten prorrumpen en gran llanto y se maltratan excesivamente, cuya costumbre procede de una causa que no me es lícito expresar. En esta maceración excédense los carios entre cuantos moran en Egipto, llegando al punto de lastimarse la frente con sus sables y cuchillos, de suerte que basta para distinguir a estos extranjeros de los egipcios el rigor con que se atormentan.
LXII. En cierta noche solemne, durante los sacrificios a que concurren en la ciudad de Sais, encienden todos sus luminarias al cielo descubierto, dejándolas arder alrededor de sus casas. Sirven de luces unas lámparas llenas de aceite y sal, dentro de las cuales nada una torcida que arde la noche entera sobre aquel licor. Esta fiesta es conocida con el nombre peculiar de Licnocaia o iluminación de las lámparas. Los demás egipcios que no concurren a la fiesta y solemnidad de Sais, notando la noche de aquel sacrificio, encienden igualmente lámparas en su casa, de modo que, no solo en Sais, sino en todo Egipto, se forma semejante iluminación. Entre sus misterios y arcanos religiosos, sin duda les será conocido el motivo que ha merecido a esta noche la suerte y el honor de tales luminarias.
LXIII. Dos son las ciudades, la de Heliópolis y la de Butona, en cuyas fiestas los concurrentes se limitan a sus sacrificios. No así en la de Papremis, donde además de las víctimas que como en aquellas se ofrecen, se celebra una función muy singular. Porque al ponerse el sol, algunos de los sacerdotes se afanan en adornar el ídolo que allí tienen; mientras otros, en número mucho mayor, apercibidos con sendas trancas, se colocan de fijo en la entrada misma del templo, y otros hombres, hasta el número de mil, cada cual asimismo con su palo, juntos en otra parte del templo, están haciendo sus deprecaciones. De notar es que desde el día anterior de la función colocan su ídolo sobre una peana de madera dorada, hecha a modo de nicho, y lo transportan a otra pieza sagrada. Entonces, pues, los pocos sacerdotes que quedaron alrededor del ídolo vienen arrastrando un carro de cuatro ruedas, dentro del cual va un nicho, y dentro del nicho la estatua de su dios. Desde luego los sacerdotes apostados en la entrada del templo impiden el paso a su mismo dios; pero se presenta la otra partida de devotos al socorro de su dios injuriado, y cierran a golpes con los sitiadores de la entrada. Ármase, pues, una brava paliza, en la que muchos, abriéndose las cabezas, mueren después de las heridas, a lo que creo, por más que pretendan los egipcios que nadie muere de las resultas.
LXIV. El suceso que dio origen a la fiesta y al combate lo refieren de este modo los del país: Vivía en aquel templo la madre de Ares, el cual, educado en sitio lejano y llegado ya a la edad varonil, quiso un día visitarla; pero los criados de su madre no le conocían y le cerraron las puertas sin darle entrada. Entonces Ares va a la ciudad, y volviendo con numerosa comitiva, apalea y maltrata a los criados, y entra luego a ver a su madre y conocerla. Y en memoria de tal hecho, en las fiestas de Ares suele renovarse la pendencia. De observar es que los egipcios fueron los autores de la continencia religiosa, que no permite el uso de conocer a las mujeres en los lugares sacros, y no admite en los templos al que tal acto acaba de cometer, sino purificado con el agua de antemano, al paso que entre todas las naciones, si se exceptúa la egipcia y la griega, se junta cualquiera con las mujeres en aquellos lugares, y entra en los templos después de dejarlas, sin curarse de baño alguno, persuadidos de que en este punto no debe existir diferencia entre los hombres y los brutos, los que, según cualquiera puede ver, en especial todo género de pájaros, se unen y mezclan a la luz del día en los templos de los dioses, cosa que estos no permitieran en su misma casa si les fuera menos grata y acepta. De este modo defienden su profanación; aunque en verdad ni me place el abuso, ni me satisface el pretexto.