LXXV. Otra casta hay de sierpes aladas, sobre las cuales queriéndome informar hice mi viaje a un punto de la Arabia situado no lejos de Butona. Llegado allí (no se crea exageración), vi tal copia de huesos y de espinas de serpientes cual no alcanzo a ponderar. Veíanse allí vastos montones de osamentas, aquí otros no tan grandes, más allá otros menores, pero muchos y numerosos. Este sitio, osario de tantos esqueletos, es una especie de quebrada estrecha de los montes, y como un puerto que domina una gran llanura confinante con las campiñas del Egipto. Aquella carnicería se explica diciendo que al abrirse la primavera acuden las serpientes aladas desde la Arabia al Egipto,[157] y que las aves que llaman ibis les salen al encuentro desde luego a la entrada del país, negándoles el paso, y acaban con todas ellas. A este servicio que los ibis prestan a los egipcios, atribuyen los árabes la estima y veneración en que los tienen aquellos naturales, y esta es la razón que dan los egipcios mismos del honor que le tributan.

LXXVI. El ibis es una ave negra por extremo en su color, en las piernas semejante a la grulla, con el pico sumamente encorvado, del tamaño del crex o «rey de codornices». Esta es la figura de los ibis negros que pelean con las sierpes; pero otra es la de los ibis domésticos que se dejan ver a cada paso, que tienen la cabeza y cuello pelado, y blanco el color de sus alas, bien que las extremidades de ellas, su cabeza, su cuello y las partes posteriores son de un color negro muy subido; en las piernas y en el pico se asemeja a la otra especie. La serpiente voladora se parece a la hidra; sus alas no están formadas de plumas, sino de unas pieles o membranas semejantes a las del murciélago.

LXXVII. Dejando ya a un lado las bestias sacras y divinas, hablemos por fin de los mismos egipcios. Debo confesar que los habitantes de aquella comarca que se siembra, como que cultivan y ejercitan la memoria sobre los demás hombres, son asimismo la gente más hábil y erudita que hasta el presente he podido encontrar. En su manera de vivir guardan la regla de purgarse todos los meses del año por tres días consecutivos, procurando vivir sanos a fuerza de vomitivos y lavativas, persuadidos de que de la comida nacen al hombre todos los achaques y enfermedades. Los que así piensan son por otra parte los hombres más sanos que he visto, si se exceptúa a los libios. Este beneficio lo deben en mi concepto a la constancia de sus anuas estaciones, porque sabido es que toda mutación, y la de las estaciones en particular, es la causa generalmente de que enfermen los hombres. Por lo común, no comen otro pan que el que hacen de la espelta, al cual dan el nombre de kyllestis. Careciendo de viñas el país,[158] no beben otro vino que la cerveza que sacan de la cebada. De los pescados, comen crudos algunos después de bien secos al sol, otros adobados en salmuera. Conservan también en sal a las codornices, ánades y otras aves pequeñas para comerlas después sin cocer. Las demás aves, como también los peces, los sirven hervidos o asados, a excepción de los animales que reputan por divinos.

LXXVIII. En los convites que se dan entre la gente rica y regalada se guarda la costumbre de que acabada la comida pase uno alrededor de los convidados, presentándoles, en un pequeño ataúd, una estatua de madera de un codo o de dos a lo más,[159] tan perfecta, que en el aire y color remeda al vivo un cadáver, y diciendo de paso a cada uno de ellos al presentársela y enseñarla: «¿No le ves? mírale bien: come y bebe y huelga ahora, que muerto no has de ser otra cosa que lo que ves». Costumbre es esta, como he dicho, en los espléndidos banquetes.

LXXIX. Contentos los egipcios con su música y canciones patrias, no admiten ni adoptan ninguna de las extranjeras. Entre muchos himnos y canciones nacionales, a cual más lindas, lo es con preferencia cierta cantinela, usada también en Fenicia, en Chipre y en varios países, y aunque en cada uno de ellos lleva su nombre particular, es no solo parecida, sino igual exactamente a la que cantan los griegos con el nombre de Lino. Y entre tantas cosas que no acabo de admirar entre los egipcios, no es lo que menos ha excitado mi curiosidad el saber de dónde les procedía aquel cántico, al cual son tan aficionados que siempre se oye en sus labios, y al que en vez de Lino llaman Maneros en egipcio. Así dicen se llamaba el hijo único del primer rey de Egipto, muerto el cual en la flor de su edad, quisieron los egipcios conservar la memoria del infeliz príncipe, y honrar al difunto con aquellas fúnebres endechas que fueron la primera y única canción del país.

LXXX. Otra costumbre guardan los egipcios en la que se parecen, no a los griegos en general, sino a los lacedemonios, pues que los jóvenes al encontrarse con los ancianos se apartan del camino cediéndoles el paso, y se ponen en pie al entrar en la pieza los de mayor edad, ofreciéndoles luego su asiento.

LXXXI. Pero en lo que a ninguno de los griegos se parecen aquellos pueblos, es que en vez de saludarse con corteses palabras, se inclinan profundamente al hallarse en la calle, bajando su mano hasta la rodilla. Visten túnicas de lino largas hasta las piernas, alrededor de las cuales corren algunas franjas, y a las que llaman kalasiris. Encima de ellas llevan su manto de lana, con cuyos tejidos se guardan sin embargo de presentarse en el templo o de enterrarse amortajados en ellos, lo que fuera a sus ojos una profanación. Relación tiene esta costumbre egipcia con las ceremonias órficas[160] y pitagóricas, como se llaman, no siendo lícito tampoco a ninguno de los iniciados en sus orgías y misterios ir a la sepultura con mortaja de lana, a cuyos usos no falta su razón arcana y religiosa.

LXXXII. Los egipcios, además de otras invenciones, enseñaron varios puntos de astrología; qué mes y qué día, por ejemplo, sea apropiado a cada uno de los dioses,[161] cuál sea el hado de cada particular, qué conducta seguirá, qué suerte y qué fin espera al que hubiese nacido en tal día o con tal ascendiente; doctrinas de que los poetas griegos se han valido en sus versos. En punto a prodigios, fueron los egipcios los mayores agoreros del universo, como que tanto se esmeran en su observación, pues apenas sucede algún portento lo notan desde luego y observan su éxito; coligiendo de este modo el que ha de tener otro portento igual que acontezca.

LXXXIII. Del arte de vaticinar, tal es el concepto que tienen, que no lo miran como propio de hombres, sino apenas de algunos de sus dioses. Varios son los oráculos, en efecto, que encierra su país: el de Heracles, el de Apolo, el de Atenea, el de Artemisa, el de Ares, el de Zeus, y el de Leto, por fin, situado en la ciudad de Buto, al que dan la primacía y honran con preferencia a los demás.

LXXXIV. Reparten en tantos ramos la medicina, que cada enfermedad tiene su médico aparte, y nunca basta uno solo para diversas dolencias. Hierve en médicos el Egipto: médicos hay para los ojos, médicos para la cabeza, para las muelas, para el vientre; médicos, en fin, para los achaques ocultos.