LXXXV. Por lo que hace al luto y sepultura, es costumbre que al morir algún sujeto de importancia las mujeres de la familia se emplasten de lodo el rostro y la cabeza. Así desfiguradas y desceñidas, y con los pechos descubiertos, dejando en casa al difunto, van girando por la ciudad con gran llanto y golpes de pecho, acompañándolas en comitiva toda la parentela. Los hombres de la misma familia, quitándose el cíngulo, forman también su coro plañiendo y llorando al difunto. Concluidos los clamores, llevan el cadáver al taller del embalsamador.
LXXXVI. Allí tienen oficiales especialmente destinados a ejercer el arte de embalsamar, los cuales, apenas es llevado a su casa algún cadáver, presentan desde luego a los conductores unas figuras de madera, modelos de su arte, las cuales con sus colores remedan al vivo un cadáver embalsamado. La más primorosa de estas figuras, dicen ellos mismos, es la de un sujeto cuyo nombre no me atrevo ni juzgo lícito publicar. Enseñan después otra figura inferior en mérito y menos costosa, y por fin otra tercera más barata y ordinaria, preguntando de qué modo y conforme a qué modelo desean se les adobe el muerto; y después de entrar en ajuste y cerrado el contrato, se retiran los conductores. Entonces, quedando a solas los artesanos en su oficina, ejecutan en esta forma el adobo de primera clase. Empiezan metiendo por las narices del difunto unos hierros encorvados, y después de sacarle con ellos los sesos, introducen allá sus drogas e ingredientes. Abiertos después los ijares con piedra de Etiopía aguda y cortante, sacan por ellos los intestinos, y purgado el vientre, lo lavan con vino de palma y después con aromas molidos, llenándolo luego de finísima mirra, de casia, y de variedad de aromas, de los cuales exceptúan el incienso, y cosen últimamente la abertura.[162] Después de estos preparativos adoban secretamente el cadáver con salitre durante setenta días, único plazo que se concede para guardarle oculto; luego se le faja, bien lavado, con ciertas vendas cortadas de una pieza de finísimo lino, untándole al mismo tiempo con aquella goma de que se sirven comúnmente los egipcios en vez de cola.[163] Vuelven entonces los parientes por el muerto, toman su momia, y la encierran en un nicho o caja de madera, cuya parte exterior tiene la forma y apariencia de un cuerpo humano, y así guardada la depositan en un aposentillo, colocándola en pie y arrimada a la pared. He aquí el modo más exquisito de embalsamar los muertos.
LXXXVII. Otra es la forma con que preparan el cadáver los que, contentos con la medianía, no gustan de tanto lujo y primor en este punto. Sin abrirle las entrañas ni extraerle los intestinos, por medio de unos clisteres llenos de aceite de cedro, se lo introducen por el orificio, hasta llenar el vientre con este licor, cuidando que no se derrame después y que no vuelva a salir. Adóbanle durante los días acostumbrados, y en el último sacan del vientre el aceite antes introducido, cuya fuerza es tanta, que arrastra consigo en su salida tripas, intestinos y entrañas ya líquidas y derretidas. Consumida al mismo tiempo la carne por el nitro de afuera, solo resta del cadáver la piel y los huesos; y sin cuidarse de más, se restituye la momia a los parientes.
LXXXVIII. El tercer método de adobo, de que suelen echar mano los que tienen menos recursos, se deduce a limpiar las tripas del muerto a fuerza de lavativas, y adobar el cadáver durante los setenta días prefijados, restituyéndole después al que lo trajo para que lo vuelva a su casa.
LXXXIX. En cuanto a las matronas de los nobles del país y a las mujeres bien parecidas, se toma la precaución de no entregarlas luego de muertas para embalsamar, sino que se difiere hasta el tercero o cuarto día después de su fallecimiento. El motivo de esta dilación no es otro que el de impedir que los embalsamadores abusen criminalmente de la belleza de las difuntas, como se experimentó, a lo que dicen, en uno de esos inhumanos, que se llegó a una de las recién muertas, según se supo por la delación de un compañero de oficio.
XC. Siempre que aparece el cadáver de algún egipcio o de cualquier extranjero presa de un cocodrilo o arrebatado por el río, es deber de la ciudad en cuyo territorio haya sido arrojado enterrarle en lugar sacro, después de embalsamarle y amortajarle del mejor modo posible. Hay más todavía, pues no se permite tocar al difunto a pariente o amigo alguno, por ser este un privilegio de los sacerdotes del Nilo, los que con sus mismas manos lo componen y sepultan como si en el cadáver hubiera algo de sobrehumano.
XCI. Huyen los egipcios de los usos y costumbres de los griegos, y en una palabra, de cuantas naciones viven sobre la faz de la tierra; pero este principio, común en todos ellos, padece alguna excepción en la gran ciudad de Quemis, del distrito de Tebas, vecina a la de Neápolis.[164] Perseo, el hijo de Dánae, tiene en ella un templo cuadrado, circuido en torno de una arboleda de palmas. El propileo[165] del templo está formado de grandes piedras de mármol, y en él se ven en pie dos grandes estatuas, de mármol asimismo: dentro del sagrado recinto hay una capilla, y en ella la estatua de Perseo. Los buenos quemitas cuentan que muchas veces se les aparece en la comarca, otras no pocas en su templo; y aun a veces se encuentra una sandalia de las que calza el semidiós, no como quiera, sino tamaña de dos codos, cuya aparición, a lo que dicen, es siempre agüero de bienes, y promesa de un año de abundancia para todo Egipto. En honor de Perseo celebran juegos gímnicos según la costumbre griega, en los que entra todo género de certamen, y se proponen por premio animales, pieles y mantos de abrigo. Quise investigar de ellos la razón por la que Perseo los distinguía entre los demás egipcios con sus apariciones, y por qué se singularizaban en honrarle con sus juegos gímnicos; a lo que me respondieron que el semidiós era hijo de la ciudad, y me contaban que dos de sus compatriotas, llamado el uno Dánao y Linceo el otro, habían pasado por mar a la Hélade, y de la descendencia de entrambos, que me deslindaron, nació Perseo, el cual, pasando por Egipto en el viaje que hizo a la Libia con el mismo objeto que refieren los griegos de traer la cabeza de Gorgona, visitó la ciudad de Quemis, cuyo nombre sabía por su madre, y que allí reconoció a todos sus parientes, y que por su mandato se celebraban los juegos gímnicos desde entonces.
XCII. Los usos hasta aquí referidos pertenecen a los egipcios que moran más arriba de los pantanos; los que viven en medio de ellos se asemejan enteramente a los primeros en costumbres y en tener una sola esposa,[166] como también sucede entre los griegos; pero exceden a los demás en ingenio y habilidad para alcanzar el sustento. Cuando la campiña queda convertida en mar durante la avenida del río, suelen criarse dentro del agua misma muchos lirios, que llaman loto[167] los naturales, de los que, después de segados y secos al sol, extraen la semilla, parecida en medio de la planta a la de la adormidera, amasando con ella sus panes y cociéndolos al horno. Sírveles también de alimento la raíz del mismo loto, de figura algo redonda y del tamaño de una manzana. Otros lirios nacen allí en el agua estancada del río muy parecidos a las rosas, de cuyas raíces sale una vaina semejante en forma al panal de las avispas, dentro de la cual se encierra un fruto formado de ciertos granos apiñados a manera de confites y del tamaño del hueso de aceituna, que se pueden comer así tiernos como secos. Tienen otra planta llamada biblo,[168] de anual cosecha, cuya parte inferior, después de arrancada y sacada del pantano, se come y se vende, siendo de un codo de largo, y cortándose la superior para otros usos. Los que buscan en el biblo más delicado gusto antes de comerlo suelen meterlo a tostar en un horno bien caldeado. No falta gente en el país cuyo único alimento es la pesca, y que comen los peces, después de limpiados de las tripas y de secarlos al sol.
XCIII. Aunque los ríos no suelen criar pesca gregal o de comitiva, la producen las lagunas del Egipto, en las que sucede que apenas sienten los peces el instinto de formar nuevas crías, nadan en tropas hacia el mar; los machos al frente conducen aquel rebaño, despidiendo al mismo tiempo la semilla que, sorbida por las hembras que los persiguen, las hace preñadas. Después de llenas en el mar, dan todos la vuelta y nadan hacia su primitiva guarida; pero entonces no son ya los machos los pilotos, por decirlo así, del rumbo, sino que se alzan las hembras con la dirección del rebaño, a imitación de lo que han visto hacer a los otros en la ida, y van despidiendo sus huevos, tan pequeños como un granito de mijo, que son engullidos por los machos que les van en seguimiento. Cada uno de aquellos granos es un pescadillo, y de los que quedan en el agua escapando de la voracidad de los machos nacen después los pescados. Se observa que los que se cogen en su salida al mar, tienen la cabeza algo raída a la parte izquierda, pero en los cogidos a la vuelta se les ve como rozada y desflorada la derecha, porque van hacia el mar siguiendo la orilla izquierda, y toman a la vuelta el mismo rumbo, acercándose cuanto pueden a la ribera, y nadando junto a tierra, para evitar que la corriente del río no los desvíe y aleje de su camino.[169] Apenas crece el Nilo se empiezan al mismo tiempo a llenarse las hoyas que forma la tierra, y los pantanos vecinos al río, con el agua que del mismo se comunica y trasfunde, y en aquellas balsas acabadas de llenar hierve de repente un hormiguero de pescadillos. Creo, pues, y difícil será que me engañe, que el año anterior, al menguar el Nilo, los peces se fueron retirando con las últimas aguas hacia la madre del río, dejando en el lodo sus huevos, de los cuales salen de repente los nuevos peces al volver al año siguiente la avenida de las aguas.[170] He aquí cuanto de ellos puede decirse.
XCIV. Los mismos egipcios de las lagunas exprimen para su uso cierto ungüento, que llaman kiki, de la fruta de los siliciprios,[171] plantas que en Grecia se crían naturalmente en los campos, y que sembradas en Egipto a orillas del río o de las lagunas dan muy copioso fruto, aunque de un olor ingrato. Apenas es cogido este, hay quien lo machaca para exprimir su jugo, y suelen también freírlo en la sartén para recoger el licor que de él va manando, el cual viene a ser cierto humor craso, que para la luz del candil no sirviera menos que el aceite, si no despidiera un olor pesado y molesto.