LXX. Pero Iságoras, su rival político, viéndose inferior a Clístenes, supo urdirle una buena. Acudió, pues, a la protección de Cleómenes, su antiguo huésped, y amigo ya desde el tiempo del sitio que este puso contra los hijos de Pisístrato: ni faltaban malignos que decían de Cleómenes haber sido buen compadre de Iságoras, a cuya mujer solía visitar a menudo. Cleómenes, por medio de un heraldo que destinó a Atenas, intimó a Clístenes que en compañía de otros muchos atenienses salieran de la ciudad, por ser así él, como los demás que nombraba, unos enageas (o malditos y excomulgados), color que daba a su edicto por insinuación de Iságoras, pues los Alcmeónidas con los de su facción eran mirados en Atenas como reos de cierta muerte sacrílega, de la cual no habían sido cómplices Iságoras ni su bando.
LXXI. La acción por la que merecieron los Alcmeónidas la nota de malditos fue la siguiente: Había entre los atenienses un tal Cilón, famoso vencedor en los juegos olímpicos, convencido de haber procurado levantarse con la tiranía de Atenas, pues, habiendo reunido una facción de hombres de su misma edad, intentó apoderarse del alcázar de la ciudad. Pero como le hubiese salido mal la tentativa, refugiose Cilón a sagrado, cerca de la estatua de Atenea. Los prítanes de los naucraros (los presidentes de los magistrados) que a la sazón mandaban en Atenas, sacaron de aquel asilo a los refugiados bajo la fe pública de que no se les daría muerte: mas no obstante esta promesa se les hizo morir, de cuyo atentado se culpaba a los Alcmeónidas.[47] Este caso era antiguo y anterior a la época de Pisístrato.
LXXII. No contento Cleómenes con haber mandado echar de Atenas a Clístenes y a los demás proscritos, por más que estos se hubiesen ya ausentado, se presentó allá en persona con un pequeño cuerpo de tropas. Llegado a Atenas, exterminó luego de ella a 700 familias atenienses, las que Iságoras le fue sugiriendo: después de este primer paso emprendió abolir el Senado, y dar el mando y magistraturas a 300 sujetos partidarios todos de Iságoras. Amotinado de resultas de esta violencia el Senado y no queriendo estar a las órdenes de Cleómenes, ayudado este por Iságoras y por los de su partido, apoderose de la ciudadela, donde los atenienses de la facción contraria, habiéndole tenido sitiado por espacio de dos días, capitulando al tercero, convinieron en que los lacedemonios todos de la ciudadela salieran de allí bajo la fe pública del salvoconducto. Cumpliose a Cleómenes en esta salida el agüero que voy a referir: luego que subió al alcázar con ánimo de apoderarse de él, se fue en derechura al mismo camarín de la diosa (Atenea), como para visitarla pía y religiosamente. Al punto mismo que lo ve la sacerdotisa, levantada de su asiento, y antes que pasara el umbral del santuario, con tono fatídico: «Vuélvete atrás, le dice, lacedemonio forastero, vuélvete: ni pretendas entrar en este sagrario, donde no es lícito que entren los dorios». «Pues sábete, mujer, le responde Cleómenes, que yo no soy dorio sino aqueo».[48] De suerte que por no haber contado entonces con aquella mal augurada palabra «vuélvete atrás», tuvo después Cleómenes que dar la vuelta desgraciadamente con sus lacedemonios. A los demás de la ciudadela puestos luego en prisión, los condenaron a muerte los atenienses, y entre ellos a un ciudadano de Delfos llamado Timesiteo, de cuyo talento y primor en varias obras de manos habría muchísimo que decir. Todos murieron en la cárcel.
LXXIII. Llamados a su patria después de tales turbulencias Clístenes y las 700 familias perseguidas por Cleómenes, despacharon los atenienses sus embajadores a Sardes con la mira de hacer un tratado de alianza con los persas, previendo claramente la guerra que de parte de Cleómenes y de sus lacedemonios les amenazaba. Llegados, pues, a Sardes los diputados, y habiendo declarado la comisión de que venían encargados, preguntó el virrey de ella, Artafrenes, hijo de Histaspes, quiénes eran aquellos hombres que pretendían ser aliados del rey y en qué parte moraban. Habiendo los embajadores satisfecho a la pregunta, respondioles el virrey, en suma, que concluiría con los atenienses el tratado de alianza que se le pedía, con tal que quisieran darse a discreción al rey Darío, entregándole tierra y agua; pero que si no querían hacerlo les mandaba partir de allí. Tomando entonces acuerdo entre sí los embajadores sobre la respuesta, llevados del deseo de aquella alianza, le respondieron que se entregaban a Darío, motivo por el que a su regreso a la patria fueron mal vistos y murmurados.
LXXIV. En tanto que esto pasaba, sabiendo Cleómenes que los atenienses iban haciéndole por obra y de palabra todo el daño que podían, mandó juntar las milicias del Peloponeso entero, sin decir a qué fin las juntaba, el cual no era otro en realidad que el deseo de vengarse del pueblo de Atenas, dándole por señor a Iságoras que en su compañía había salido de la ciudadela. En efecto, a un mismo tiempo embistió Cleómenes a Eleusis con un ejército numeroso,[49] y los beocios de concierto con él tomaron a los últimos pueblos del Ática, que eran Énoe e Hisias, y los calcideos iban por otro lado talando el país de los de Atenas. Estos, si bien no sabían dónde acudir primero, salieron con todo armados contra los peloponesios que se hallaban en Eleusis, dejando para después la venganza de los beocios y calcideos.
LXXV. Estaban a la vista los dos ejércitos prontos ya para venir a las manos, cuando los corintios, que habían conocido la injusticia de aquella guerra, fueron los primeros que, mudando de parecer, comenzaron a dar la vuelta hacia su patria;[50] después de ellos retirose también el rey de los lacedemonios que conducía el ejército, Demarato, hijo de Aristón, por más que antes nunca hubiese sido de parecer contrario al de Cleómenes, y siendo así que hasta entonces solían los dos reyes juntos salir al frente de sus tropas: con esta ocasión y por dicha discordia hízose en Esparta una ley de que al salir el ejército nunca marchasen con él entrambos reyes, sino que exonerado uno de ellos de ir a campaña, se quedase en Esparta con uno también de los Tindáridas,[51] pues antes ambos Tindáridas, como patronos y dioses tutelares de sus reyes, iban siguiéndoles en el ejército. El éxito de la campaña fue que viendo los aliados que no venían los dos reyes de Lacedemonia y que los corintios habían ya desamparado el puesto, empezaron a desertar.
LXXVI. Era la cuarta vez que los dorios armados entraban en el Ática, pues dos veces fueron allá como enemigos, y dos como amigos en bien de la república de Atenas; pudiéndose contar con razón por la primera jornada hacia esta ciudad la expedición que hicieron los dorios cuando condujeron a Mégara una colonia en tiempo que Codro reinaba en Atenas. La segunda y la tercera fue cuando, con el designio de echar a los hijos de Pisístrato, pasaron allá desde Esparta con gente armada; la cuarta es la que acabo de referir, cuando con las tropas del Peloponeso se dejó caer Cleómenes sobre Eleusis. Bien afirmé, por tanto, que entonces por cuarta vez acometían los dorios a Atenas.
LXXVII. Desbaratado y deshecho tal ejército, sin haber obtenido resultado importante contra los atenienses, con ánimo de vengarse de sus enemigos, llevaron desde luego las armas contra los calcideos, en cuya ayuda y defensa habían ya los beocios salido hacia el Euripo.[52] Ven los atenienses a los beocios puestos en armas y resuelven acometerles antes que a los calcideos; y fue tal el ímpetu con que cargaron sobre ellos, que logrando una completa victoria, además de los muchos enemigos que dejaron tendidos en el campo, hicieron 700 prisioneros. Victoriosos, pasan a Eubea aquel mismo día, y dada una segunda batalla, segunda vez triunfan de sus enemigos. Fruto de esta victoria fue dejar en Eubea 4000 colonos atenienses, repartiendo entre estos las suertes y heredades de los hipobotas de Calcis; y los que entre los calcideos se llamaban con este nombre, que equivale al de caballeros, venían a ser los ciudadanos más ricos y opulentos. Por lo que mira a los prisioneros de guerra, así los de Calcis como los de Beocia, aunque luego de presos los tuvieron aherrojados, algún tiempo después los soltaron, recibiendo en rescate dos minas por cabeza. No obstante, suspendieron los cautivos en la ciudadela los grillos en que les habían tenido, y aún hoy día se ven colgados en aquellas paredes chamuscadas después por el medo, enfrente del camarín, por la parte que mira a poniente. De la décima de dicho rescate, dedicada en el templo, hicieron una cuadriga de bronce, que al entrar en los portales de la fuerza se deja ver luego hacia mano izquierda con este epígrafe: «La gente de Calcis con la gente de Beocia, presa por mano ática con belicoso brío, paga su merecido en calabozo y en férreas cadenas: de su diezmo logra Palas este carro».
LXXVIII. Iban por fin los atenienses libres creciendo en poder de cada día, pues cosa probada es, no una sino mil veces, por experiencia, que el estado por sí más próspero y conveniente es aquel en que reina la isegoría o derecho y justicia igual para todos los ciudadanos. Viose bien esto en los atenienses, que no siendo antes, cuando vivían bajo el yugo de un señor, superiores en las armas a ninguna de las naciones, sus vecinas, apenas se vieron libres e independientes en un gobierno republicano, que se mostraron los más bravos y sobresalientes de todos en sus negocios y empresas de guerra. De donde aparece bien claro que, cuando trabajaban avasallados en pro de un señor despótico, huían de propósito el hombro a la carga, y que viéndose una vez libres y señores mismos, se esforzaban todos, cada cual por su parte, en acrecentar sus intereses y ventajas propias: en una palabra, no podían portarse mejor de lo que lo hacían.
LXXIX. Pero los tebanos, después de aquella pérdida, deseosos de volver el daño a los atenienses y de tomar de ellos venganza, enviaron consulta al dios Apolo, a la cual respondioles la Pitia: «que no pensasen poder por sí solos tomarse la satisfacción que deseaban, sino que les encargaba que consultando primero el asunto con Polifemo,[53] pidiesen ayuda a los más vecinos». Luego que los tebanos, a cuya asamblea los consultantes, vueltos ya de Delfos, daban razón de la citada respuesta, oyeron que era menester acudir a los más vecinos, se pusieron a discurrir de este modo: «Pues si ello es así, siendo nuestros más inmediatos vecinos los tanagreos, coroneos y tespieos, pueblos siempre hechos a seguir nuestras banderas y prontos a ser nuestros compañeros de armas, ¿a qué viene la prevención del oráculo de que les pidamos su asistencia y ayuda? ¿Quizá no será esto sino otra cosa la que quiere significar el oráculo?».