[301] La ciudad antigua reducida a una pequeña población conserva el nombre de Tespias; pero de Platea, totalmente arruinada, ni aun el nombre resta.
[302] Quizá el sentido deba ser que desde Sardes hasta Europa emplearon un mes marchando, pues no puede entenderse que se pase un mes en el tránsito del Helesponto, en el que, según refiere el mismo autor, [libro VII, pár. LVI], solo emplearon siete días.
[303] Este era el famoso Areópago.
[304] No era sino egipcio emigrado en Atenas.
[305] Plutarco, según su costumbre, se declara contra nuestro autor por haber privado a Temístocles de la gloria que se merece este aviso digno del mejor político, especialmente habiendo reservado para su Artemisia, como veremos, consejos llenos de acierto y prudencia.
[306] Alude este dicho a las corridas de los juegos olímpicos, en que los jueces llamados olimpiónicas, por medio de sus alguaciles los alitas mandaban dar un latigazo al que antes de dar ellos la señal salía de la línea, como lo dieron al lacedemonio Licas (Tucíd.). Es célebre, y no sé cómo lo omite Heródoto, el dicho de Temístocles, quien al ver que Euribíades le amenazaba con el bastón. «Pega, le dijo, si quieres, pero oye».
[307] Para votar los negocios en Atenas los escribían en una tablilla expuesta al público los prítanes o gobernadores de semana: junta ya la Asamblea popular, volvía el epístates, esto es, el primero de los prohedros o presidentes, a proponer el asunto sobre el cual, después de haber discurrido los oradores que lo pedían, anunciaba el epístates al pueblo que se iba a votar. La fuerza de este acto es la que expresa en este pasaje el verbo del original.
[308] Ciudad de Lucania en la actual Basilicata, llamada después Heraclea, al presente arruinada, cerca de la embocadura del río Siris, el moderno Senno. Los atenienses fundaron también a Turio en aquellas cercanías.
[309] Sin duda su pretensión era que estos misteriosos ídolos, semejantes a los Dioscuros, acompañasen la armada, como entre los turcos el estandarte de Mahoma.
[310] Llanura vecina a la antigua Eleusis, que es al presente la aldea de Lepsina. En cuanto al prodigio, no es de creer que Heródoto asienta a él, como a otros mil que refiere. Los historiadores no quieren por lo común ser menos aplaudidos que los cómicos, y se acomodan por lo mismo al sabor de los lectores; y no es por lo mismo más de extrañar que alimente Heródoto de ficciones y maravillas a lectores gentílicos y supersticiosos, que el espíritu de impiedad y de pedante filosofía de que llenan sus volúmenes muchos de los que tachan de crédulo a nuestro autor.