[311] Falero, puerto a cosa de una legua de Atenas, desierto al presente y abandonado.
[312] Caristo, hoy Castelroso en Eubea; los tenios habitaban la isla de Tenos, y las cinco ciudades de que se habla aquí y en el [párrafo XLVI], son las cinco islas de Naxos, Milo, Sifnos, Serifos y Citnos.
[313] Este camino, que llaman otros Escirona, conducía al Istmo desde la ciudad de Mégara por entre aquellos montes y derrumbaderos que al presente llaman Caki-Scala.
[314] Los aqueos, echados por los dorios de su país, arrojaron del suyo a los jonios, apoderándose de la región vecina al golfo de Corinto. Homero cuenta seis regiones en el Peloponeso.
[315] Ásine, no la de Mesenia, sino la de Argólida, es al presente un pequeño pueblo con el nombre de Vulcanos; la antigua Cardámila lleva según unos el nombre de Parama, según otros el de Sapito; Parorea estaba no lejos de Sición; Ornea era otra ciudad de los argivos.
[316] Plutarco y otros autores pretenden que fuese este Sicino de nación persa, comprado como esclavo por Temístocles, a quienes se opone Esquilo, que le llama griego.
[317] Créese que ese islote es Liprocontalia, sin población alguna en el día.
[318] No pudiendo ser dicha Cinosura la de Laconia, por sobrado distante, no será acaso otra que el promontorio de Maratón enfrente de Eubea. Muniquia era otro puerto de Atenas, al presente cegado, con el nombre de Macina.
[319] Aunque no se haya decidido todavía si el espíritu de Dios inspiraba a veces a las Sibilas, y aunque ninguna dificultad ofrezca el que la Providencia para sus fines se valiera de impuros labios para descubrir a los hombres lo futuro, es de sospechar, por más que repugne a Heródoto, que Temístocles supuso a Bacis estos versos. El espíritu político se trasforma en espíritu profético siempre que le conviene.
[320] Plutarco, solo para contradecir a nuestro autor, parece dudar de la ponderada entereza de Arístides. Solo observaré que en la historia no hallamos menor número de hombres ilustres víctimas de sus virtudes que víctimas de sus pasiones en los vicios, atendido el gran número de estos y el corto de aquellos. No hablo de los perseguidos por motivos de religión, a quienes el mundo, como a cosa no suya, jamás amará: hablo de aquellas almas políticamente grandes, dedicadas únicamente al bien de la sociedad por medios honestos y leales, contra quienes usó Atenas de su ostracismo, y los modernos estados de la deposición con achaque de admitir la dimisión de sus empleos. No pudiendo el mundo civil sufrir ni sus males ni sus remedios, igualmente aborrece al ruin magistrado que agrava sus dolencias, que al buen político que le receta las medicinas.