[321] Puédese de aquí concluir que Arístides ni se halló en la batalla naval, durando todavía su destierro, como escribió Cornelio Nepote, y que duraba aún entonces en su rigor el ostracismo, lo que negó Plutarco.
[322] Creen algunos que esta arenga se halla en Esquilo (Persas, v. 402). Sin duda, Temístocles puso delante a los suyos los más interesantes objetos, la libertad de la patria, de sus hijos, de sus mujeres, la conservación de sus templos, etc.
[323] Era este Aminias, a quien Plutarco llama Deceleo y no Paleneo, hermano de Esquilo.
[324] Bien se ve en este pasaje y en muchos otros la parcialidad de este historiador asiático y colono de la Grecia en favor de sus colonias contra las metrópolis griegas. Pero lo que es digno de reprender con Plutarco es el modo como ensalza un ardid tan inicuo y pérfido como el de Artemisia.
[325] No entiendo que fuese esta una bandera o pabellón, invención harto moderna, sino alguna figura de un dios o animal, o algún objeto notable, puesto en la proa o popa de su galera.
[326] Dice Demóstenes que la silla con pies de plata en que sentado Jerjes en Egaleo contemplaba la naumaquia, fue consagrada en la fortaleza de Atenas.
[327] Parece que Polícrito picó a Temístocles, haciendo burla de la acusación de los atenienses, que habían delatado en Esparta a los eginetas por partidarios del medo.
[328] No dice Heródoto en ningún lugar que fuese decretada esta gloria en favor de Egina en alguna asamblea pública de los generales griegos; con todo, así lo afirma Diodoro Sículo, quien añade con mucha verosimilitud que la envidia de los lacedemonios contra los de Atenas, que merecían sin duda la palma, hizo que cohechados los jueces la pasasen a los eginetas. Quizá Heródoto prefirió inculcarnos la gloria de su heroína Artemisia, que no publicar la envidia de Esparta y la venalidad de los generales en congreso.
[329] Algo que sospechar da esta narración desmentida por toda la Grecia, aunque apoyada sobre la palabra de Atenas, si es verdad que los atenienses se ganasen con un presente de diez talentos la lisonjera pluma del padre de la historia, y que Corinto, que le negó todo gaje por los elogios que en sus Musas les leía, adquiriese en él un censor injusto, no solo en borrarles, sino en denigrar a los avaros corintios con mil rumores y sospechas.
[330] Caía este templo en la extremidad de Salamina.