[331] Dice Plutarco que Arístides envió a Temístocles por prisioneros de guerra a los persas más distinguidos, a quienes sacrificó aquel general, por consejo del adivino Eufrautides, a Dioniso Omestes (el carnívoro).
[332] Cercana a Falero, en la cual había un templo de Afrodita.
[333] Era como de dos estadios ese estrecho, que Jerjes antes de la batalla había pensado seriamente en cegar, y que después solo en la apariencia y por engañar al griego terraplenaba.
[334] Fue esta invención introducida por el gran Ciro. Más expedito medio fuera aún para comunicar una noticia apostar de trecho en trecho algunos hombres de robustos pulmones que hicieran correr la voz, como dice Cleomedes los tenía Jerjes, por cuyo medio súpose su desgracia en lo interior de la Persia en el término de dos días.
[335] Tan absurda es esta digresión, que por más fanático que supongamos a Heródoto no podemos menos de creerla, con algunos críticos, adición o nota de algún ignorante comentador. Ya la refirió Heródoto en el lib. I, pár. CLXXV.
[336] Dúdase a qué lugar se refiere, si a Sardes, donde estaría más de asiento Hermótimo siguiendo a la corte, o a Atarneo, donde por entonces se hallaba; si bien esta circunstancia importa tanto como la historia entera del eunuco, intercalada sin duda por nuestro autor como episodio para variar sus narraciones.
[337] Según Plutarco, este parecer de Temístocles había sido reprobado por Arístides, a quién antes lo había comunicado.
[338] Otros, en vez de Sicino, dan por mensajero a un persa llamado Arnaces o Arsaces. No puede concebirse cómo Tucídides y Cornelio Nepote creyesen tan poco cauto a Temístocles, que se valiera de cartas y no de confidentes para asuntos de tanta cuantía.
[339] Con tan bello nombre decoraba el espíritu fino y culto de los griegos a dos diosas que llevan entre nosotros el vulgar y repugnante de Pobreza e Imposibilidad. Así también he conservado para que no cayeran de su divinidad la advocación de Pitos y Anankea a la Persuasión y a la Necesidad, de cuya protección en el día suelen muchos humanamente valerse, usando de lo que diríamos Pitananke, o ruegos armados.
[340] No podían los lacedemonios pretender otro efecto de esta sin duda infructuosa y ridícula embajada, que cazar de la boca de Jerjes alguna palabra cuya interpretación les sirviese de buen agüero.