XVII. Pero volviendo al bravo Dionisio el foceo, después que vio los asuntos de los jonios de todo punto perdidos en la batalla, habiéndose en ella apoderado de tres naves enemigas, se partió de allí con ánimo de no volver a Focea, su patria, pues bien visto tenía que ella con toda la Jonia sería al cabo hecha esclava de los persas. Resolvió, pues, tomar desde allí el rumbo hacia la Fenicia, donde como se hubiese apoderado de muchas naves de carga, rico ya con tantos despojos, las echó a fondo y se hizo a la vela para Sicilia. Allí se dio a la piratería, saliendo a menudo de aquellos puertos, sin tocar empero a ningún barco griego, y apresando a todos los cartagineses y toscanos que podía coger.

XVIII. Vencedores los persas de los jonios en la batalla naval, bien presto sitiaron por mar y tierra a Mileto, plaza que al sexto año de la sublevación de Aristágoras tomaron a viva fuerza, combatiéndola con todo género de máquinas y arruinando las murallas con sus minas. Una vez rendida la ciudad, hicieron esclavos a sus vecinos, viniendo con esto a descargar sobre Mileto la calamidad que el oráculo les había pronosticado.

XIX. Es de saber que consultando en cierta ocasión los argivos en Delfos acerca de la conservación de su propia ciudad, se les había dado un oráculo, no peculiar a ellos únicamente, sino perteneciente también a los de Mileto, pues dirigido en parte a los de Argos, a lo último llevaba una adición para los Milesios. Referiré la parte del oráculo que tocaba a los argivos, cuando en su propio lugar diere razón de sus asuntos: la parte que miraba a los milesios, que no se hallaban allí presentes, estaba concebida en estos términos: «Entonces, oh Mileto, máquina llena de maldad, serás cena y espléndida presa para no pocos, cuando tus damas laven los pies de cabelluda raza; ni faltarán otros que adornen en Dídima mi templo». Todos estos males vinieron entonces, en efecto, sobre los milesios, cuando los más de los hombres de la ciudad murieron a manos de los persas, que solían criar su pelo largo; cuando las mujeres e hijos de aquellos fueron reducidos a la condición de esclavos; cuando, finalmente, el templo de Apolo en Dídima, de cuya riqueza llevo ya hecha mención en diferentes puntos de mi historia, fue con su capilla y con su oráculo dado al saco y a las llamas.[98]

XX. Hechos, pues, prisioneros los milesios, fueron desde su patria llevados a Susa. El rey Darío, sin ejecutar en ellos otro castigo diferente, los colocó cerca del mar Eritreo en Ampe, ciudad por la cual pasa el río Tigris, que desagua en el mar. Las heredades suburbanas de Mileto las tomaron para sí los persas, dando las tierras altas del país a los carios de Pédasa.

XXI. No hallaron los milesios en su desventura recibida de manos de los persas la debida compasión y correspondencia en los sibaritas que habitan al presente las ciudades de Lao y de Escidro,[99] después que fueron privados de su antigua patria, la ciudad misma de Síbaris; pues habiendo sido esta tomada por los de Crotona tiempos atrás, mostraron tanta pena los milesios de aquella desventura, que los adultos todos se cortaron el pelo, siendo dichas ciudades las más amigas y las más unidas en buenos oficios de cuantas tenga yo noticia hasta aquí. Muy diferentemente obraron en este punto los de Atenas, quienes, además de otras muchas pruebas de dolor que les causaba la pérdida de Mileto, dieron una muy particular en la representación de un drama compuesto por Frínico, cuyo asunto y título era la toma de Mileto; pues no solo prorrumpió en un llanto general todo el teatro, sino que el público multó al poeta en mil dracmas por haberle renovado la memoria de sus males propios, prohibiendo al mismo tiempo que nadie en adelante reprodujera semejante drama.

XXII. Así Mileto quedose, en una palabra, sin milesios. Por lo que mira a los samios que tenían en casa algo que perder, estuvo tan lejos de parecerles bien la resolución de sus generales a favor de los medos, que luego después del combate naval tomaron entre ellos el acuerdo de salirse de su patria para ir a fundar una nueva colonia, antes que volviera Éaces a entrar en la isla, sin duda por no verse precisados en caso de quedarse en sus casas a servir a los medos y obedecer a un tirano. La ocasión era la más oportuna, pues entonces los zancleos,[100] pueblo de Sicilia, por medio de unos mensajeros enviados a la Jonia, instaban a los jonios a que vinieran a apoderarse de Calacte, muy deseosos de que se fundase en esta ciudad jonia. Es la que llamaban Calacte una hermosa playa poseída entonces por los sicelios (o sicilianos, originarios del país), la cual mira hacia Tirrenia. Mientras los zancleos convidaban a los jonios a formar dicha colonia, los samios fueron entre estos los únicos que, en compañía de los milesios que habían podido escaparse de la ruina universal, partieron para Sicilia, donde su empresa tuvo el éxito siguiente.

XXIII. Quiso la suerte que al llegar los samios en su viaje a los locros, por sobrenombre epicefirios,[101] se hallasen actualmente los zancleos, conducidos por su rey llamado Escita, sitiando cierta ciudad de los sicilianos con ánimo de apoderarse de ella a viva fuerza. Anaxilao, señor de Regio y grande enemigo de los zancleos, informado del designio de los samios, procuró insinuarse con ellos, y supo persuadirles que a la sazón les convenía más bien olvidarse de Calacte y de las hermosas playas hacia donde llevaban el rumbo, y apoderarse en vez de ellas de la misma ciudad de Zancle, que se hallaba sin soldados que pudiesen defenderla. Caen los samios en la tentación, y hácense dueños de Zancle. Apenas los zancleos ausentes de su patria oyeron que había sido sorprendida, cuando fueron corriendo a socorrerla, llamando al mismo tiempo en su ayuda a Hipócrates, señor de Gela[102] y aliado suyo. Viniendo este para auxiliarles con su gente de armas, obró tan al contrario, que privando a Escita, monarca de los zancleos, de su ciudad, le mandó poner preso, y en su compañía a Pitógenes su hermano, enviándolos así atados a la ciudad de Ínix.[103] Entró después a capitular con los samios de la plaza, e interpuesta la fe mutua del juramento, vendió alevosamente a los zancleos; pues de la paga de su traición en que convino con los samios fue que de los esclavos y muebles que se hallaban dentro de la ciudad tomaría la mitad para sí, y que cargaría con cuanto mueble y esclavo se hallase en la campiña. Para más iniquidad, valiéndose de la ocasión, mandó atar la mayor parte de los zancleos y se quedó con ellos como si fueran esclavos; y no contento con esto, entregó a los samios los 300 zancleos principales para que les cortasen la cabeza, maldad que no quisieron ejecutar.

XXIV. Escita, el señor de los zancleos, huido de Ínix, pasó a Hímera,[104] de donde navegó al Asia y llegó a la corte de Darío, quien vino a tenerle por el griego mejor y más justificado de cuantos de la Grecia habían subido a su corte; pues habida licencia del soberano para ir a Sicilia, volvió otra vez a su presencia, y entre los persas acabó su vida felizmente en edad muy avanzada.

XXV. De este modo los samios que se habían escapado del dominio de los medos, lograron sin ningún trabajo hacerse dueños de Zancle, una de las más bellas ciudades.[105] Después de la batalla naval que se dio por causa de Mileto, los fenicios, por orden de los persas, restituyeron a Samos a Éaces, el hijo de Silosonte, en atención a lo bien que con ellos se había portado. Los samios, en efecto, por haber retirado sus naves del combate naval de los jonios, lograron ser los únicos entre los que se habían sublevado contra Darío que librasen del incendio sus templos y ciudades. Tomada ya Mileto, nada tardaron los persas en recobrar la Caria, cuyas ciudades, parte entregadas a discreción, parte rendidas por fuerza, iban de nuevo agregando al imperio.

XXVI. Tiempo es ya de volver a Histieo, que se hallaba en las cercanías de Bizancio apresando las naves mercantiles de los jonios que procedían del Ponto, cuando le llegó la nueva de lo que acababa de suceder en Mileto. Apenas la recibió, hízose a la vela con sus lesbios hacia Quíos, dejando el cuidado de la piratería en el Helesponto a Bisaltes, natural de Abido e hijo de Apolófanes; y llegado ya a aquella isla, tuvo una refriega con la guarnición de un fuerte llamado Cela que no quería admitirle en aquel lugar, y mató en ella no pocos de aquellos defensores. Con esto logró hacerse dueño de una pequeña ciudad de la isla, de cuyo puerto salía con los lesbios de su comitiva y se iba apoderando de las galeras maltratadas de los de Quíos que, escapadas de la batalla naval, se volvían a su patria.