XXVII. A estos vecinos de la isla de Quíos habían antes acontecido ya notables prodigios, según suelen los dioses por ley ordinaria dar de antemano ciertos pronósticos de las grandes desventuras que amenazan a alguna ciudad o nación. Uno había sido que de cien mancebos enviados en un coro o danza desde Quíos a Delfos, solo dos habían vuelto a la patria, habiendo perecido los otros 98 de una peste que les sobrevino: otro fue que cayéndose en Quíos el techo de una casa sobre los niños de la escuela poco antes que se diese la batalla naval, de 120 que ellos eran, solo uno se salvó. Estas fueron las señales previas que el cielo les enviaba: después vino la batalla naval que destruyó aquella república, y después de la rota fatal de las naves, el pirata Histieo con sus lesbios se dejó caer sobre los Quíos destrozados, y acabó de dar en tierra con todo el poder de aquel estado.

XXVIII. Teniendo ya Histieo en su escuadra no pocos combatientes, jonios y eolios, desde Quíos se fue contra Tasos. Estaba ya sitiando esta plaza, cuando por el aviso que le vino de que los fenicios, dejando a Mileto, salían contra las otras ciudades de la Jonia, diose mucha prisa en partir con toda su gente hacia Lesbos, sin llevar a cabo la expugnación de Tasos. Entretanto, la falta de víveres que padecía su ejército, le obligó a pasar al continente con ánimo de segar las mieses, así del territorio de Atarneo como del campo del Caico que pertenece a los misios. Pero quiso entonces la fortuna que se hallase en aquellas cercanías con un numeroso ejército Harpago, general de los persas, el cual, en una batalla que allí se dio, muerta la mayor parte de las tropas enemigas, logró apoderarse de la persona de Histieo, que fue hecho prisionero del modo siguiente:

XXIX. En Malene, lugar de la comarca atarnea, trabose el choque entre persas y griegos, en que por largo tiempo quedó dudosa la victoria, hasta que al fin, arremetiendo la caballería persa, hizo suya la acción con tal viveza, que puso en fuga a los griegos. Al huir con los suyos Histieo, persuadido como estaba de que por aquella su culpa no le condenaría el rey a perder la vida, se le avivó tanto el deseo de conservarla, que alcanzado ya por un soldado persa y viendo que iba con un golpe a pasarle de parte a parte, le habló en lengua persa y se le descubrió diciendo ser el milesio Histieo.

XXX. Si Histieo, puesto que fue cogido vivo, hubiera sido presentado asimismo a Darío, este, a mi modo de entender, le hubiera perdonado la ofensa pasada, y aquel nada hubiera tenido que sufrir de parte del ofendido.[106] El daño estuvo en que el virrey de Sardes Artafrenes y Harpago, el general de las tropas, a fin de impedir que perdonado Histieo volviera de nuevo a la gracia y privanza del soberano, luego que llegó a Sardes prisionero, pusieron su cuerpo en un palo y enviaron a Susa su cabeza embalsamada para que la viera Darío. Sabedor, en efecto, el monarca de aquel hecho, desaprobando la resolución, reprendió a los ministros autores de ella, porque no le habían presentado vivo el prisionero de guerra. Respecto a la cabeza de Histieo, ordenó que lavada y decorosamente amortajada se la diese honrosa sepultura, siendo de un varón singularmente benemérito, así de su real persona como del imperio de los persas. Así vino a terminar Histieo.

XXXI. La armada de los persas que había invernado en las cercanías de Mileto, saliendo al mar al año siguiente, iba de paso apoderándose de las islas adyacentes al continente del Asia menor, a saber: la de Quíos, la de Lesbos y la de Ténedos. Para mayor desgracia, posesionados los bárbaros de alguna isla, lo primero que hacían era barrer y acabar con todos los moradores que en ella había, en la forma que sigue: iban formando un cordón de persas cogidos uno de la mano del otro, y empezando así de la playa del norte seguían con aquella red barredera cazando a los hombres por toda la isla. En el continente, asimismo fueron apoderándose de las ciudades jonias, reduciéndolas a la esclavitud, dejando solo de tender allí su red por no permitirlo la situación del país.

XXXII. Así que los generales persas no quisieron que se dijese de ellos que no cumplían las amenazas que antes habían hecho a los jonios, cuando todavía estaban armados, pues como lo amenazaron, así lo iban ejecutando. Porque no bien se veían dueños de alguna de las plazas, cuando escogidos los niños más gallardos, hacían de ellos otros tantos eunucos para su servicio, entresacando del mismo modo a las doncellas mejor parecidas para enviarlas a la corte; y no contentos con esto, entregaban a las llamas todos los edificios de las ciudades, así profanos como consagrados a los dioses. Esta fue la tercera vez que los jonios se vieron hechos esclavos, pues una les subyugaron los lidios y dos consecutivamente los persas.

XXXIII. Aquella misma armada, habiendo dejado la Jonia, fue sujetando todas las plazas que caen a la izquierda del que va navegando por el Helesponto, pues las que están a mano derecha en el continente habían ya sido rendidas por los persas. En dicha costa del Helesponto, que pertenece a la Europa, se halla el Quersoneso, en que se cuentan bastantes ciudades; se halla la ciudad de Perinto; se hallan los fuertes de la Tracia, como también las ciudades de Selimbria y de Bizancio. Los bizantinos, pues, y del mismo modo los calcedonios, situados en la ribera opuesta, dejando sus pueblos antes de que llegase la armada fenicia y retirados a lo interior del Ponto Euxino, fundaron la ciudad de Mesembria. Llegados después los fenicios, incendiadas las dos citadas plazas, se dejaron caer sobre Proconeso y Artace, y desde ellas, después que las hubieron abrasado, hiciéronse a la vela otra vez hacia el Quersoneso con ánimo de arruinar las ciudades que antes habían respetado, cuando por primera vez se echaron sobre aquella península. A Cícico no se acercaron absolutamente los fenicios, a causa de que los naturales, ya antes de su llegada, capitulando con el virrey de Dascilio, Ébares, hijo de Megabazo, se habían entregado al rey; pero en el Quersoneso rindieron las demás ciudades, excepto la de Cardia.

XXXIV. Hasta este tiempo, Milcíades, hijo de Cimón y nieto de Esteságoras, conservaba el dominio en dichas ciudades, sobre las cuales lo había adquirido antes aquel otro Milcíades que fue hijo de Cípselo, de la manera que referiré. Los doloncos, pueblos de origen tracio, eran los que antiguamente habitaban en el Quersoneso, quienes viéndose agobiados en la guerra por los apsintios,[107] enviaron a Delfos sus reyes para que consultasen acerca de ella. Dioles por respuesta la Pitia que se llevaran a su país por fundador de una colonia al primero que salido del templo les acogiera en su casa como huéspedes y amigos. Los doloncos, pues, tomaron su camino por la vía sacra,[108] pasaron por la señoría de los focidios y por la de los beocios, y desde allí, sin que nadie les convidase con su casa, se entraron por la de los atenienses.

XXXV. En aquella sazón, si bien era Pisístrato quien tenía en Atenas el poder absoluto, no dejaba con todo de tener algún mando cierto señor llamado Milcíades, hijo de Cípselo, sujeto de familia principal que mantenía tiros de cuatro caballos para concurrir a los juegos olímpicos.[109] Era este descendiente remoto de Egina y de Éaco, y después, andando el tiempo, se hallaba naturalizado entre les atenienses, siendo de la casa de Fileo, hijo de Áyax, que fue el primero de dicha familia que se inscribió por ciudadano de Atenas. Estábase, pues, Milcíades sentado a la puerta de su casa, cuando viendo pasar a los doloncos con un traje peregrino y armados con sus picas, los saludó y llamó hacia sí. Acercáronsele luego y fueron de él convidados con su casa y posada, y admitido el agasajo, danle cuenta los nuevos huéspedes del oráculo recibido, exhortándole al mismo tiempo a que obedezca al dios Apolo. Milcíades, como quien estaba mal con el dominio de Pisístrato, ansioso de salirse de su jurisdicción, dejose persuadir muy fácilmente, y luego envió a Delfos unos diputados encargados de consultar de su parte el oráculo sobre si haría o no lo que le pedían aquellos doloncos.

XXXVI. Con el nuevo mandato de la Pitia acabose de resolver a la empresa Milcíades, hijo de Cípselo,[110] sujeto ya famoso por haber llevado el primer premio en las justas de Olimpia entre los aurigas de cuatro caballos. Alistando, pues, para la nueva colonia a todos los atenienses que quisieron seguirle en su viaje, con ellos y con los doloncos se hizo a la vela y logró después apoderarse de la región que pretendía, de la cual le nombraron señor los que le habían llamado. La primera providencia que tomó Milcíades en su dominio fue la de cerrar el istmo del Quersoneso, tirando una muralla desde la ciudad de Cardia hasta la de Pactia, con cuya defensa impedía las invasiones y correrías de los apsintios en toda la tierra. Dicho istmo tiene de mar a mar 36 estadios, y el Quersoneso, contando del istmo hacia lo interior del país, se extiende a lo largo 420 estadios.