XXXVII. Fortalecida ya la garganta del Quersoneso con aquel nuevo pertrecho que impedía la entrada y tenía lejos de él a los apsintios, los primeros a quienes hizo la guerra Milcíades fueron a los lampsacenos, quienes en una emboscada le hicieron prisionero. Al saber Creso el lidio aquella prisión, por la grande estima que hacía de la persona de Milcíades, intimó a los lampsacenos por medio de un mensajero que pusiesen en libertad al prisionero, que de no hacerlo les aseguraba que los quebrantaría como quien quebranta un pino. Pónense luego los lampsacenos a deliberar sobre el sentido de la enigmática amenaza, no alcanzando la fuerza de aquel quebrantar a manera de un pino, hasta que al cabo de un buen rato de demandas y respuestas, dio un viejo en el blanco de la amenaza diciendo ser el pino el único entre los árboles que desmochado una vez no vuelve a retoñar, sino que totalmente acaba y muere. Con el temor en que con tal amenaza entraron los de Lámpsaco dieron libertad a Milcíades, debiendo este a Creso el verse libre de sus prisiones.
XXXVIII. Restituido Milcíades a sus estados, viéndose sin hijos, hizo al morir heredero del mando y de sus bienes a su sobrino Esteságoras, hijo de Cimón su hermano uterino. En el día los pueblos del Quersoneso, según suele practicarse con los fundadores de alguna ciudad, hacen sacrificios en honor de Milcíades, en cuya memoria tienen establecidos unos juegos así ecuestres como gímnicos, en los cuales no es permitida a ningún lampsaceno la competencia. Duraba todavía la guerra con los de Lámpsaco, cuando quiso la mala suerte que también Esteságoras muriera sin sucesión, recibiendo un golpe de segur que descargó sobre su cabeza, en el mismo pritaneo, uno que se vendía por desertor y era realmente un enemigo enconado y furioso.
XXXIX. Los Pisistrátidas, sabida la muerte de Esteságoras, enviaron al Quersoneso en una galera a Milcíades, hijo de Cimón y hermano del difunto, para que tomase el mando del estado. Mucho se habían ya esmerado antes los hijos de Pisístrato en favorecer a este Milcíades estando aún en Atenas, como si no hubieran tenido parte alguna en la muerte de Cimón su padre, la cual diré del modo que sucedió en otro lugar de mi historia. Llegado, pues, Milcíades al Quersoneso, se mantuvo algún tiempo sin salir de casa, queriendo, a lo que parecía, honrar con aquel luto y retiro la muerte de Esteságoras. Corrió así la voz entre los vecinos del Quersoneso, y en fuerza de ella, juntos todos los señores principales de aquellas ciudades en diputación común, vinieron a dar el pésame a Milcíades, quien valiéndose de la ocasión los puso presos a todos y se alzó con el dominio del Quersoneso entero, manteniendo en su servicio 500 hombres de guardia y tomando después por esposa a la princesa Hegesípila, hija de Óloro, rey de los tracios.
XL. No solo tuvo que tomar estas medidas Milcíades, hijo de Cimón, recién llegado al Quersoneso, sino que hubo de sufrir en lo sucesivo otros contratiempos mucho más crueles; porque tres años después[111] túvose que ausentar del Quersoneso huyendo de los escitas llamados nómadas, quienes, irritados por el rey Darío y unidos en cuerpo de ejército, avanzaron con sus correrías hasta el Quersoneso. Milcíades, no teniendo ánimos ni fuerzas para hacerles frente, huyose por esta causa de sus dominios, donde después que los escitas se volvieron otra vez a su país, le restituyeron de nuevo los doloncos. Esta adversidad le había acontecido tres años antes que le sucediera otra desventura que a la sazón de que voy hablando le sobrevino, y fue la siguiente:
XLI. Informado Milcíades de que los fenicios se hallaban ya en Ténedos, cargando luego cinco galeras de cuantas riquezas y preciosidades tenía a mano, hízose con ellas a la vela para Atenas.[112] Salido, pues, de la ciudad de Cardia, iba navegando por el golfo Melas, costeando el Quersoneso, cuando con sus galeras se dejaron caer sobre él los fenicios. Por más caza que le daban, pudo Milcíades escaparse con cuatro de sus naves y acogerse a Imbros; pero fue apresada la quinta, en la que iba por capitán Metíoco, su hijo mayor, habido, no en la hija del rey de Tracia Óloro, sino en otra esposa. Sabedores los fenicios de que el capitán de la nave apresada era hijo de Milcíades, le presentaron al rey creídos de que iban a hacerle en ello el más grato obsequio, por cuanto Milcíades había sido el que dio a los señores de la Jonia el voto de que lo mejor era condescender con los escitas, cuando estos les pedían que, disuelto el puente de barcas, diesen la vuelta a su patria. Darío, después de que tuvo en su poder a Metíoco, hijo de Milcíades, presentado por los fenicios, no solo no le trató como enemigo, sino que le colmó de tantas mercedes, que le dio casa y bienes, casándolo con una señora persa, y los hijos que en ella tuvo son reputados como persas.
XLII. Partido Milcíades de Imbros, llegó salvo hasta Atenas. Los persas no hicieron en aquel año otra hostilidad ni violencia en castigo de los jonios, antes tomaron acerca de ellos unas providencias muy útiles y humanas, pues aquel año fue cuando Artafrenes, virrey de Sardes, convocando a los diputados de las ciudades de la Jonia, les obligó a que hiciesen entre ellos sus estatutos y tratados a fin de ajustar en juicio las diferencias mutuas y no valerse en adelante del derecho de las armas unos contra otros pasándolo todo a sangre y fuego.[113] Obligado que los hubo a convenir en estos pactos, mandó Artafrenes medir sus tierras por parasangas, medida persa así llamada que contiene 30 estadios. Medido así todo el país, señaló en particular los tributos, que se han mantenido hasta mis días en aquella regulación de Artafrenes, la misma casi que ya de antes estaba impuesta.
XLIII. Todo estaba, pues, en Jonia tranquilo y sosegado. Al principio de la siguiente primavera,[114] retirados por orden del rey los demás generales, bajó Mardonio hacia las provincias marítimas conduciendo un gran ejército de mar y tierra. Era este joven general hijo de Gobrias, y estaba recién casado con una princesa hija de Darío, llamada Artozostra. En Cilicia, adonde había llegado al frente de su ejército, entró a bordo de una nave y navegó con toda la escuadra, señalando otros caudillos que condujesen las tropas de tierra al Helesponto. Después que costeada el Asia Menor se halló Mardonio en la Jonia, siguió en ella una conducta tal que bien sé que, referida aquí, ha de parecer una cosa sorprendente a aquellos griegos que no quieren persuadirse que Ótanes, uno de los septemviros confederados contra el Mago, fuese de parecer que entre los persas debiese instituirse un estado republicano; porque lo que hizo allí Mardonio desde luego fue deponer a todos los señores de la Jonia y sustituir en todas las ciudades la democracia o gobierno popular.[115] Tomadas estas providencias, se dio mucha prisa en llegar al Helesponto. Después que en él se hubo juntado una prodigiosa armada y asimismo un ejército numeroso, pasaron las tropas embarcadas al otro lado del Helesponto, y de allí continuaron marchando camino de Eretria y de Atenas.
XLIV. Era, en efecto, el pretexto de aquella expedición el hacer la guerra a las dos ciudades mencionadas; pero el intento principal no era menos que el de conquistar para la corona todas las ciudades de la Grecia que pudiesen. Desde luego con la armada sujetaron a los de Tasos, los cuales ni aun osaron levantar un dedo contra los persas: con el ejército de tierra agregaron a los macedonios[116] a los vasallos que allí cerca tenían; pues ya antes les reconocía por señores todas aquellas naciones vecinas que moran más acá de la Macedonia. Dejando vencida a Tasos, iba la armada naval costeando el continente que está frontero, hasta que aportó en Acanto.[117] Salida después de allí, y procurando vencer el cabo del monte Atos, se levantó contra las naves el viento Bóreas con tal ímpetu y vehemencia, que arrojó un gran número de ellas contra dicho promontorio, donde es fama que trescientas fueron a estrellarse, pereciendo en ellas más de veinte mil personas; pues como aquellos mares abundan de monstruos marinos, muchos de los náufragos cerca de Atos fueron de ellos arrebatados y comidos; muchos perecieron arrojados contra las peñas; algunos por no saber nadar se ahogaban, y otros morían de puro frío. Tal desventura cargó sobre aquella armada.
XLV. El ejército de tierra se hallaba a la sazón atrincherado en Macedonia, cuando los brigos,[118] pueblos de la Tracia, embistieron en la oscuridad de la noche contra las tropas de Mardonio, logrando matar mucho número de ellas, y aun herir al mismo general, bien que esta sorpresa nocturna no pudo librarles del yugo y servidumbre de los persas, no habiéndose retirado Mardonio de aquellos contornos hasta tanto que hubo rendido y domado a los brigos. Vencidos estos, pensó luego con todo en volver atrás con su ejército entero, obligado a ello así por la pérdida que sus tropas terrestres habían sufrido en la pasada refriega con los brigos, como por el gran naufragio que la armada había padecido en el promontorio Atos. Malograda con esto la jornada, se retiró al Asia todo el ejército con mucha mengua y pérdida de su reputación.
XLVI. Lo primero que Darío hizo al otro año fue enviar un mensajero a Tasos mandando a los naturales de la isla, quienes habían sido delatados por los pueblos vecinos de que intentaban levantarse centra los persas, que demoliesen por sí mismos sus murallas y pasasen sus naves a Abdera. Los tasios, en efecto, así por haberse visto sitiados antes por Histieo, como por hallarse con grandes entradas de dinero, procuraban aprovecharlas bien en su defensa, parte construyendo naves largas para la guerra, parte levantando muros más fuertes para su resguardo. Percibían los tasios esos réditos públicos que decía, así del continente[119] como también de las minas, pues las de oro que poseían en Escaptila, lugar de tierra firme, les redituaban por lo común 80 talentos, y las de la misma isla de Tasos, dado que no llegaran a rendirles tanto, les producían con todo una suma tal, que el total de las rentas públicas de los tasios percibidas, ya de tierra firme, ya de las minas, cada año subía ordinariamente a 200 talentos, y esto sin tener ninguna contribución impuesta sobre los frutos de la tierra; y el año que los negocios les iban muy bien, llegaba la suma de sus entradas a componer 300 talentos.