LVII. Estos son sus privilegios y gajes militares: los honores que les fueron concedidos en tiempo de paz son los siguientes: Cuando alguno hace un sacrificio público se guarda para los reyes el primer asiento en la mesa y convite; las viandas no solo deben presentárseles primero, sino que de todas debe darse a cada uno de los reyes doble ración comparada con la que se da a los demás convidados, debiendo ser ellos los que den principio a las libaciones religiosas; a ellos pertenecen también las pieles de las víctimas sacrificadas. En todas las neomenias y hebdomas de cada mes (en los días 1.º y 7.º) debe darse a cada uno de los reyes en el templo de Apolo una víctima mayor, un medimno[128] de harina y un cuartillo lacedemonio de vino. En los juegos y fiestas públicas los primeros asientos están reservados a sus personas. A ellos pertenece el nombramiento de sus ciudadanos para próxenos[129] (agentes o procuradores públicos de las ciudades); y cada uno de ellos tiene la elección de dos pitios o consultores religiosos diputados para Delfos, personas alimentadas del público en compañía de los mismos reyes. El día que estos no asisten a la mesa y comida pública,[130] se debe pasarles en sus casas dos quénices de harina y una cótila de vino para cada uno en particular: el día en que asisten a la mesa común, debe doblárseles toda la ración. En los convites que hacen los particulares deben los reyes ser tratados y privilegiados del mismo modo que en las comidas públicas. La custodia de los oráculos relativos al estado corre a cuenta de los reyes; bien que de ellos deben ser sabedores los pitios o consultores sacros. El conocimiento de ciertas causas está reservado a los reyes; si bien estas son únicamente: 1.ª Con quién debe casar la pupila heredera que no hubiere sido desposada con nadie por su padre; 2.ª Todo lo que mira al cuidado de los caminos públicos; 3.ª Toda adopción, siempre que uno quiera tomar por hijo a otra persona, debe celebrarse en presencia de ellos; 4.ª El poder asistir y tomar asiento entre los gerontes o senadores reunidos de oficio, que son 28 consejeros del estado; y cuando los reyes no quieren concurrir a la junta, hacen en ella sus veces los senadores más allegados a los mismos, de suerte que añaden a su propio voto dos más, a cuenta de los dos reyes.
LVIII. Ni son las únicas demostraciones de honor hechas en vida a los reyes, sino que en muerte hacen con ellos estas y otras los espartanos. Lo primero, unos mensajeros a caballo van dando la noticia de la muerte por toda la Laconia, y por la ciudad van unas mujeres tocando por todas las calles su atabal. Al tiempo que esto pasa, es forzoso que de cada familia dos personas libres, un hombre y una mujer, se desaliñen y descompongan en señal de luto, so graves penas si dejan de hacerlo; de suerte que la moda de este luto entre los lacedemonios en la muerte de sus reyes, es muy parecida o idéntica a la que usan los pueblos bárbaros en el Asia, donde estilan hacer otro tanto cuando mueren sus reyes. Porque cuando muere el rey de los lacedemonios, no solo los espartanos mismos, sino los naturales o vecinos de toda Lacedemonia, es necesario que concurran en cierto número al entierro. Juntos, pues, en un mismo lugar y en determinado número, ya los dichos vecinos, ya los ilotas, ya los mismos espartanos, todos en compañía de las mujeres, se dan golpes muy de veras en la frente, moviendo un gran llanto y diciendo siempre que el rey que acaban de perder era el mejor de los reyes. Si acontece que muera el rey en alguna campaña, acostumbran formar su imagen y llevarla en un féretro ricamente aseado. Por los diez días primeros consecutivos al entierro real, como en días de luto público, se cierran los tribunales y cesan asimismo los comicios.
LIX. En otra cosa se asemejan los espartanos a los persas: en que el nuevo rey y sucesor del difunto, al tomar posesión de la corona, perdona las deudas que todo espartano tuviese con su predecesor o con el estado mismo, cosa parecida a lo que pasa entre los persas, donde el rey nuevamente subido al trono hace gracia a todos sus vasallos de los tributos ya vencidos y no pagados.
LX. En otra costumbre se parecen a los egipcios los lacedemonios, que consiste en que los pregoneros de oficio, los trompeteros y los cocineros sucedan siempre en las artes a sus padres;[131] de suerte que allí siempre es trompetero el hijo de trompetero, cocinero el hijo de cocinero y pregonero el hijo de pregonero, reteniendo siempre la herencia de las artes paternas, sin que otra de mejor calidad les saque de su oficio. Esto es, en suma, lo que pasa en Esparta.
LXI. Hallábase, pues, en Egina Cleómenes, como antes iba diciendo, empleado en procurar el bien común de la Grecia, y Demarato en tanto le estaba malamente calumniando en Esparta, no tanto por favorecer a los eginetas, como por el odio y envidia que le tenía. Pero vuelto de Egina Cleómenes, llevado de espíritu de venganza, maquinó el medio cómo privar del reino a Demarato, contra quien intentó la acción que voy a referir. Siendo Aristón rey de Esparta y viendo que de ninguna de dos mujeres que tenía le nacían hijos, se casó con una tercera de un modo muy singular. Un gran amigo de Aristón, de quien él se servía más que de ningún otro espartano, tenía a dicha por esposa una mujer la más hermosa de cuantas en Esparta se conocían, y era lo más notable que había venido a ser la más hermosa después de haber sido la más fea del mundo, mudanza que sucedió en estos términos: Viendo el ama de la niña cuán deforme era su cara, y compadecida por una parte de que siendo hija de una casa tan rica y principal fuese desgraciada, y por otra de la pena que en ello recibían sus padres, empezó a cargar mucho la consideración sobre cada cosa de las referidas, y para remediarlas tomó la resolución de ir todos los días con la niña fea al templo de Helena en Esparta, situado en un lugar que llaman Terapne, más arriba del templo de Febo. Lo mismo era llegar el ama con su niña, que presentarse delante de aquella estatua y suplicar a la diosa Helena que tuviese a bien librar a la pobre niña de aquella fealdad. Es fama que al volverse un día del templo se apareció al ama cierta mujer y le preguntó qué era lo que en brazos tenía; dícele el ama que tenía en ellos una niña, y la mujer le pide que se la deje ver. Resistíase el ama, dando por razón que de orden de los padres de la niña a nadie podía enseñarla; pero como la mujer porfiase siempre en verla, vencida por fin el ama de la instancia que le hacía, se la enseñó. Ve la mujer a la niña, y pasándole la mano por la cara y cabeza, iba diciendo que sería la más bella de las mujeres de Esparta. ¡Cosa extraña! Desde aquel punto fue poniéndosele otro el semblante. A esta niña, pues, cuando hubo llegado a la flor de su edad, tomola por mujer Ageto, hijo de Alcides, aquel amigo de Aristón a quien antes aludía.
LXII. Aristón, herido fuertemente y aun vencido de la pasión por aquella mujer, maquinó el siguiente artificio y engaño para salir con su antojo. Entra en un convenio con aquel amigo cuya era la hermosa mujer, de darle una prenda, la que más le gustase de cuanto poseía; pero con pacto y condición de que el amigo por su parte prometiera darle otra del mismo modo. Ageto, que veía casado a Aristón con otra mujer, no recelando remotamente que pudiera pedirle la suya, convino en el pacto y trueque de las prendas, que ambos confirmaron con juramento. Apresurose luego Aristón a cumplir la palabra empeñada dando la presea que escogió Ageto de entre las de su tesoro, con la mira impaciente de recibir otra tal de parte de su amigo, declarándole al punto su pretensión y queriendo quitarle la esposa. Protestábale Ageto que a todo menos a su mujer se extendía el pacto de la promesa; pero obligado al cabo con la fe del juramento y cogido en un escrupuloso lazo, permitió que Aristón se fuese con su esposa.
LXIII. De esta manera Aristón, divorciándose con su segunda esposa, se casó con esta tercera mujer, la cual dentro de breve tiempo, aun antes del décimo mes, le parió aquel Demarato de que íbamos hablando. Puntualmente se hallaba Aristón en una junta con los éforos, cuando uno de sus criados vino a darle la nueva de que acababa de nacerle un hijo. Al oír el aviso, pónese Aristón a recordar el tiempo que había desde que estaba casado con su tercera mujer, contando los meses por los dedos; y luego: «¡Por Zeus!, exclama, que no puede ser mío el hijo de mi mujer»; juramento de que todos los éforos fueron testigos, si bien nada contaron con él en aquella sazón. Fue después creciendo el niño, y persuadido Aristón de que sin falta era hijo suyo, arrepentíase mucho de que antes se le hubiera deslizado la lengua en aquel dicho precipitado. Respecto al niño, la causa de ponerle por nombre Demarato (el deseado del pueblo) había sido los votos y rogativas públicas a Dios que antes habían hecho de común acuerdo los espartanos, pidiendo que naciera un hijo a Aristón, rey el más cumplido y estimado de cuantos jamás hubiese habido en Esparta, y por esta razón se dio al recién nacido el nombre de Demarato.
LXIV. Andando el tiempo, sucedió Demarato en el reino a su difunto padre Aristón, si bien parece ser disposición de los hados que aquel dicho de Aristón, sabido de todos, hubiese al cabo de ser ocasión para que se depusiese del trono a su hijo. De esta mala estrella, según creo, provendría que Demarato se declarase tan contrario a Cleómenes, así antes cuando se retiró desde Eleusis con sus tropas, como entonces cuando Cleómenes se dirigía contra los eginetas declarados partidarios del medo.
LXV. Formado, pues, por Cleómenes el proyecto de vengarse de Demarato, lo primero que hizo para lograrlo fue concertar con Leotíquidas, hijo de Ménares y nieto de Agis,[132] príncipe de la misma familia que Demarato, que en caso de ser nombrado por rey en lugar de este, le seguiría sin falta en el viaje que meditaba contra Egina. Quiso además la suerte cabalmente, que fuese Leotíquidas por un motivo particular el enemigo mayor que tenía Demarato, porque habiendo aquel contraído esponsales con una señora principal llamada Pércalo, hija de Quilón y nieta de Demármeno, robole Demarato maliciosamente dicha esposa, adelantándosele en contraer con ella matrimonio y continuando en tenerla por su mujer, motivo que ocasionó grande odio y enemistad entre Leotíquidas y Demarato. Por manejo, pues, de Cleómenes, depone Leotíquidas en juicio, con juramento, que no siendo Demarato hijo de Aristón, como no lo era en efecto, no tenía derecho legitimo para reinar en Esparta. Jurada una vez la delación, llevaba adelante la causa, reproduciendo las mismas palabras que Aristón había proferido cuando, avisado por su criado de que le había nacido un hijo, sacada allí mismo la cuenta de los meses de matrimonio, juró que tal hijo no era suyo; de cuyas palabras asiéndose Leotíquidas, porfiaba en que no era Demarato hijo de Aristón, y que no siéndolo, no reinaba en Esparta legítimamente; en prueba de todo lo cual citaba por testigos a los mismos éforos, que hallándose entonces en una junta con Aristón, de boca de este lo habían oído.
LXVI. Divididos, pues, los ánimos y pareceres en tan grave contienda, pareció a los espartanos que se consultase sobre el punto al oráculo en Delfos si era o no Demarato hijo de Aristón. Bien informada quedó la Pitia del asunto por la maña que se dio Cleómenes en prevenirla, pues en aquella sazón supo ganarse a un cierto Cobón, hijo de Aristofanto, el sujeto que más podía en Delfos, por cuyo medio logró sobornar a la promántida, que se llamaba Periala, para hacer decir al oráculo lo que Cleómenes quería que dijese. En una palabra: la Pitia respondió a la consulta de los diputados religiosos que Demarato no era hijo de Aristón; si bien algún tiempo después, descubierta la trama y publicada la calumnia, ausentose Cobón de Delfos, y la promántida Periala fue privada de su empleo.