LXVII. He aquí lo sucedido en la causa de deposición del trono contra Demarato, quien después, por motivo de una nueva afrenta que se le hizo, huyendo de Esparta se refugió a la corte de los medos, porque depuesto ya de su dignidad, fue después nombrado para un empleo, que era la presidencia de una danza de niños. Sucedió que estando Demarato viendo y presidiendo aquella función en tiempo de las Gimnopedias (juegos públicos de niños desnudos),[133] Leotíquidas, que ocupaba ya su silla de rey, hizo que un criado le preguntase de su parte, por mofa y escarnio, qué tal le parecía presidir de corifeo después de haber mandado como rey. A cuya injuriosa pregunta respondió lleno de resentimiento Demarato, que bien sabía por experiencia lo que uno y otro venía a ser, al paso que Leotíquidas aún lo ignoraba; pero que entendiese bien que aquella su insolente pregunta sería para los lacedemonios origen de gran dicha o de miseria suma. Dijo, y embozado, saliose luego del teatro para su casa, y sin dilación alguna prepara un sacrificio y ofrece al dios Zeus un buey, concluido lo cual hace llamar a su madre.

LXVIII. Apenas llega esta, cuando toma el hijo las asaduras de la víctima, póneselas en las manos y le habla en estos términos: «Por los dioses todos del cielo, y en especial por este nuestro Zeus Herceo,[134] cuyas aras toco con mis propias manos, os suplico, madre mía, y os conjuro que, confesando ingenuamente la verdad, me digáis precisamente quién fue mi padre. Sabéis como Leotíquidas depuso en juicio contra mi corona que, estando vos embarazada del primer marido, vinisteis a casa de Aristón. No faltan aún otros que hacen correr otra fábula más desatinada, diciendo de vos que solíais tratar mucho con uno de vuestros criados, y por más señas dicen que con el arriero de casa, de manera que me hacen pasar por hijo de vuestro arriero. Por Dios, señora, que me digáis ahora la verdad sin empacho ni embozo, que al cabo, si algo hubo de esto, no habéis sido la primera, ni seréis la última en ello: ejemplos y compañeras se encuentran para todo. Por fin, lo que corre en Esparta por más válido es que Aristón era de su naturaleza infecundo, pues de otro modo hubiera tenido sucesión de sus primeras mujeres». Así se explicó el hijo con la madre; la madre le replicó así:

LXIX. «Ya que con tus palabras me obligas, hijo mío, a que te hable claro, voy a decírtelo todo sin encubrirte cosa alguna. Has de saber que la tercera noche a punto después que me llevó a su casa Aristón, acercóseme una fantasma en figura de él mismo, durmió conmigo y púsome después en la cabeza una guirnalda que llevaba: hecho esto, me dejó y vino luego a mi lecho Aristón. Al verme con aquella corona, pregúntame quién me la había dado, y respondiéndole yo que él mismo, díceme que no hay tal. Yo no hacía más que jurar una y mil veces que él había sido en efecto, y que muy mal hacía en querérmelo negar, sabiendo que muy poco antes había venido, estado conmigo y puéstome aquella misma corona. Como vio Aristón cuánto me afirmaba en ello y cuán de veras se lo juraba, cayó en la cuenta y persuadiose de que sería aquella cosa misteriosa y de orden sobrenatural, a lo cual hubo dos motivos que mucho le inclinaron: uno, porque se veía haber sido tomada la corona de aquel heroo[135] que cerca de la puerta del patio de nuestra casa está levantado en honor de Astrábaco; otro, que consultados sobre el caso los adivinos, respondieron no haber sido otro el que vino a verme que el mismo héroe Astrábaco. He aquí, hijo, cuanto deseas saber; no hay medio: o eres hijo de un héroe, y entonces tu padre es Astrábaco, o cuando no lo seas, eres hijo de Aristón, pues de uno de los dos aquella noche te concebí. Y por lo que mira a la razón con que mayor guerra te hacen tus enemigos, alegando contra tu legitimidad que el mismo Aristón al recibir el aviso de tu nacimiento dijo delante de muchos que tú no podías ser suyo por no haber pasado diez meses, entiende, hijo, que se le deslizaron aquellas palabras por no saber lo que suele pasar en tales asuntos, pues las mujeres paren unas a los nueve, otras a los siete meses, no esperando siempre a que se cumplan los diez, y yo cabalmente parí sietemesino; de suerte que no mucho después de su dicho conoció el mismo Aristón haber sido muy simple en lo que había hablado. Créeme a mí y déjales decir esas otras necedades acerca de tu generación, pues lo que has oído es la pura verdad. Esotro de arrieros, guárdelo para sí Leotíquidas y para los que hacen correr tal patraña, y quiera Dios que sus mujeres no paran sino de sus arrieros». Hasta aquí habló la madre.

LXX. Demarato, oído lo que quería saber, preparó lo necesario para el viaje que meditaba. Esparce la voz que va a Delfos para consultar al oráculo y encamínase en derechura hacia la Élide. Los lacedemonios, recelándose de que pretendía huírseles, le siguieron los alcances; pero llegados a Élide, hallaron que se les había adelantado hacia Zacinto.[136] Pasan luego allá y pretenden echarse sobre Demarato, y en efecto, le quitan todos sus criados; pero como los zacintios se opusiesen a aquella prisión no queriendo entregar al fugitivo, pasó este al Asia y se refugió a la corte del rey Darío, quien acogiéndole con real magnificencia le señaló estados, dándole algunas ciudades para su dominio. Tal fue el motivo y la forma de la retirada que hizo al Asia Demarato y tal la buena acogida que la suerte le procuró: varón ilustre entre los lacedemonios, así por sus muchos hechos y dichos memorables, como en especial por haber alcanzado la palma en la carrera de las carrozas de Olimpia; gloria que entre todos los reyes de Esparta él solo había logrado.

LXXI. Volviendo a Leotíquidas, hijo de Ménares, que ocupó el trono de que había sido depuesto Demarato, tuvo un hijo por nombre Zeuxidamo, a quien algunos espartanos suelen llamar Cinisco, el cual por haber muerto primero que su padre no llegó a reinar en Esparta, dejando al morir un hijo llamado Arquidamo. Muerto Zeuxidamo, casó Leotíquidas, su padre, en segundas nupcias con Eurídama, hija de Diactóridas y hermana de Menio. En ella no tuvo hijo alguno varón, pero si una hija con el nombre de Lampito, la que el mismo Leotíquidas dio por esposa a su nieto Arquidamo, el hijo de Zeuxidamo.

LXXII. Leotíquidas, en castigo sin duda de la injuria cometida centra Demarato, no logró la fortuna de tener en Esparta una dichosa vejez. Su desventura procedió de que, capitaneando las tropas lacedemonias contra Tesalia, aunque tuvo en su mano subyugar todo el país, se dejó corromper con una gran suma de plata. Cogido, pues, en sus mismos reales con el hurto en las manos, pues le habían hallado sentado encima de una gran valija llena de dinero, fue por ello acusado en Esparta y, citado a comparecer allí en juicio, huyose a Tegea,[137] donde acabó sus días, habiendo sido arruinada su casa en Esparta por sentencia del tribunal: sucesos que, por más que los note aquí, acaecieron algún tiempo después.

LXXIII. Pasemos a Cleómenes, quien al ver que le había salido bien su intriga contra Demarato, tomando consigo a Leotíquidas, su nuevo colega y partidario, encaminose luego contra Egina, poseído del enojo y del ardiente deseo de vengar el desacato que allí se le había hecho. No osaron los de Egina, viendo venir contra ellos a los dos reyes, hacerles resistencia, con lo cual los reyes entresacaron a su salvo diez sujetos de Egina, los de mayor consideración, ya por lo rico, ya por lo noble de sus familias, e incluidos en este número Crío, el hijo de Polícrito, y Casambo, hijo de Aristócrates, los dos sujetos de mayor crédito y poder en la isla, se llevaren presos a los diez, y pasando con ellos al Ática, los confiaron en depósito y custodia a los atenienses, los mayores enemigos que tuviesen los eginetas.

LXXIV. Pero Cleómenes, después de lo que llevo referido, temiendo mucho el resentimiento de los espartanos, entre quienes se había ya divulgado la calumnia y negra trama de que se había valido para la ruina de Demarato, se retiró a Tesalia. De allí pasando a la Arcadia y sublevados los arcadios por su medio e influjo, empezó a maquinar novedades contra Esparta, a la cual queriendo hacerla guerra, no solo obligaba a jurar a los arcadios que le seguirían donde quiera que les condujese como general, sino que además tenía resuelto llevar consigo los magistrados de Arcadia a la ciudad de Nonacris, donde quería tomarles el juramento de fidelidad por la laguna Estigia, a lo cual le movería la opinión de los mismos arcadios de que en dicha ciudad se halla el agua de la Estigia. Es cierto en realidad que se ve allí cómo va goteando de una peña una poca agua que de allí se encamina hacia un valle circuido con una pared seca: Nonacris, donde se encuentra esta fuente, es una de las ciudades de Arcadia vecina a Feneo.[138]

LXXV. Informados en tanto los lacedemonios del manejo de Cleómenes y temerosos de lo que de allí podría resultarles, llamáronle a Esparta con la promesa de mantenerle en la posesión de sus antiguos derechos a la corona. Apenas volvió allá Cleómenes, cuando se apoderó de él, algo propenso de antes a la demencia, una locura declarada, pues apenas se encontraba entonces con algún espartano, dábale luego en la cara con el cetro; de suerte que sus mismos parientes, viendo que se propasaba a tales extremos de locura, le ataron a un cepo. Preso allí, cuando vio que un hombre solo le estaba guardando, pidiole que le diese su sable, y si bien el guardia se lo negó al principio, oídos con todo los castigos con que le amenazaba para algún día, dióselo al cabo de puro miedo; ni es de admirar que temiera siendo uno de los ilotas. El furioso Cleómenes, al verse con la cuchilla en la mano, empezó por sus piernas una horrorosa carnicería, haciendo desde el tobillo hasta los muslos unas largas incisiones; continuolas después del mismo modo desde los muslos hasta las ijadas y lomos, ni paró hasta acabar consigo llevando su destrozo sobre el vientre. Así murió Cleómenes con fin tan desastrado, bien fuese aquel un castigo del soborno con que cohechó a la Pitia en la causa de Demarato, como dicen muchos griegos; bien fuese en pena de haber talado el bosque sacro de las diosas, cuando acometió contra Eleusis, como aseguran solos los atenienses; bien fuese aquella la paga de la violación del templo de Argos, de donde sacó a los argivos refugiados después de la rota del ejército y los hizo pedazos, incendiando al mismo tiempo el bosque sagrado sin el menor escrúpulo ni reparo, como pretenden los mismos argivos, cuyo hecho pasó en los términos siguientes:

LXXVI. Consultando Cleómenes en cierta ocasión al oráculo en Delfos, fuele respondido que lograría rendir a Argos; condujo, pues, contra Argos a sus espartanos, y llegando al frente de ellos al río Erasino, el cual, según se dice, tiene su origen en la laguna Estinfálide, pues sumiéndose esta en una abertura oculta y subterránea, aparece otra vez en Argos, desde donde lleva ya aquella corriente el nombre de río Erasino que le dan los argivos; llegado, repito, Cleómenes a aquel río, hízole sacrificios como para pedirle paso. En ninguna de sus víctimas se presentaba al lacedemonio algún agüero propicio en prueba de que Erasino le diera paso por su corriente. Dijo Cleómenes que le parecía muy bien que no quisiera el Erasino ser traidor a sus vecinos, pero que no por eso se felicitarían mucho por tal fidelidad los argivos. En efecto, partiose de allí con sus tropas hacia Tirea,[139] donde, hechos al mar sus sacrificios, pasó en naves con su gente a los confines de Tirinto y de Nauplia.