CXXXVII. He aquí cómo pasó lo que insinué de la toma de Lemnos de que se apoderó Milcíades el hijo de Cimón: Habían sido los pelasgos expelidos del Ática por los atenienses, no sabré decidir si con razón o sin ella; podré referir tan solo lo que sobre ello se dice, si bien noto que Hecateo, hijo de Hegesandro, afirma en su historia que sin razón fueron aquellos arrojados, contando así los hechos: «Viendo los atenienses, dice, que una campiña suya situada al pie del monte Himeto, que habían cedido a los pelasgos para que la habitasen en pago y recompensa del muro que estos les habían edificado alrededor de la fortaleza; viendo, pues, bien cultivada aquella campiña, que antes era muy estéril y de ninguna estima, tuvieron envidia a los pelasgos, y codiciosos de aquel territorio, sin otro motivo ni razón arrojaron de él a los agricultores». Pero si creemos lo que dicen los atenienses, razón les sobraba para echarlos de allí; porque situados los pelasgos bajo el Himeto, salían desde allí a cometer mil insolencias; pues como acostumbrasen las doncellas y los niños también de los atenienses ir por agua al Ennea crunon (a las nueve fuentes) por no tener esclavos en aquel tiempo ni los atenienses ni los demás griegos, sucedía que al ir ellas por agua, con desvergüenza y desprecio las violentaban los pelasgos; y no contentos aún con proceder tan indigno, determinaron al cabo apoderarse de Atenas y fueron cogidos con el delito en las manos. Añaden aún los atenienses que ellos se portaron mucho mejor de lo que merecían los pelasgos, porque estando en su mano quitarles justamente la vida como a gente que maquinaba contra el estado, no quisieron hacerlo, contentos con intimarles la orden de que saliesen de sus dominios. En fuerza de esta orden, salidos de allí, una de las varias tierras que ocuparon fue la isla de Lemnos. En suma, lo primero es lo que dice Hecateo; lo segundo lo que cuentan los atenienses.
CXXXVIII. Después que habitaban ya en Lemnos los mismos pelasgos, llevados del deseo de venganza contra los de Atenas y bien prácticos e impuestos en qué días caían las fiestas de los atenienses, recogidas sus falucas pasaron al continente y armaron una emboscada en Braurón, donde solían las mujeres atenienses celebrar una fiesta a Artemisa. Habiendo aprovechado el lance, y robadas muchas de ellas, embarcáronlas consigo para Lemnos y las tuvieron allí por concubinas. Viéndose ya con muchos hijos estas mujeres, íbanles enseñando la lengua ática y les daban una educación propia de atenienses, de donde nacía que los niños se desdeñaban de juntarse con los hijos de los pelasgos, y si veían que uno de ellos era maltratado de alguno de los otros niños, acudían todos a su defensa y se socorrían mutuamente. Llegó la cosa a tal punto que los niños de las áticas pretendían dominar sobre los otros; y en efecto, su partido era el que más podía. Viendo los pelasgos lo que pasaba, entraron en cuenta consigo, y consultando entre sí, parecioles ser el caso de mucho peso y consideración. Si estos niños, decían, tienen ya la advertencia de ayudarse contra los hijos de las matronas de primer orden y aun pretenden ser ya los señores que manden, ¿qué no harán salidos de la menor edad? Parecioles con esto que convenía dar muerte a los hijos de las mujeres áticas; y no contentos con esta barbarie, añadieron después la de matar a sus madres. De este hecho inhumano, como también de aquel otro anterior cuando las mujeres quitaron la vida a sus maridos juntamente con Toante,[172] se originó el llamar por toda la Grecia maldades lemnias a cualquier maldad enorme.
CXXXIX. Después que los pelasgos dieron la muerte a sus hijos y mujeres, sucedió que ni la tierra les rendía los frutos de antes, ni sus mujeres ni sus rebaños eran fecundos, como solían primero. Fatigados, pues, del hambre y de aquella esterilidad, enviaron a Delfos para ver cómo librarse de las calamidades en que se hallaban. Mandoles la Pitia que se presentasen a los atenienses y les diesen la satisfacción que tuvieran estos por justa. En efecto, fueron a Atenas los pelasgos y se ofrecieron de su voluntad a pagar la pena correspondiente a su injuria. Los atenienses, preparando en su pritaneo unas camas las más ricas que pudieron para recibir a los convidados, y poniendo una mesa llena de todo género de comidas, mandaron a los pelasgos que les entregasen su país tan ricamente abastecido como lo estaba aquella mesa; a lo que respondieron los pelasgos: «Siempre que una nave de vuestro país con el viento Bóreas llegue al nuestro en un día, prontos estaremos para verificar la entrega que pretendéis».[173] Respuesta astuta y capciosa, sabiendo ser imposible la condición, por estar el Ática hacia el mediodía más acá de Lemnos.
CXL. Por entonces quedó así el negocio; pero muchísimos años después, cuando el Quersoneso del Helesponto vino a ser de los atenienses, Milcíades, hijo de Cimón, salido de Elayunte, ciudad del Quersoneso, con los vientos etesios, púsose en Lemnos e intimó a los pelasgos que dejasen la isla, haciéndoles memoria del oráculo, que ellos estaban lejos de creer que pudiese jamás cumplírseles. Obedecieron entonces los de Hefestia; pero los de Mirina,[174] que no conocían en que el Quersoneso fuese lo mismo que el Ática, hicieron resistencia, hasta tanto que, viéndose sitiados, se entregaron. Este fue el artificio con que los atenienses por medio de Milcíades se apoderaron de Lemnos.
LIBRO SÉPTIMO.
POLIMNIA.
Muere Darío haciendo contra la Grecia aprestos militares que continúa su hijo Jerjes: con este objeto hace abrir un canal en el Atos y echar un puente sobre el Helesponto. — Orden de marcha del ejército persa de mar y tierra; su número y aumento; naciones que lo componían, y generales encargados del mando. — Disputa de Jerjes con el lacedemonio Demarato acerca del valor y resistencia de los griegos. — Para revista Jerjes a su ejército en Dorisco y se pone en marcha. — Envían los lacedemonios a Jerjes dos heraldos en compensación de los que ellos habían muerto. — Prepáranse los atenienses a resistir, a pesar de los infaustos oráculos de Delfos. — Los argivos se niegan a entrar en la confederación de los griegos, y Gelón, tirano de Sicilia, lo rehúsa igualmente si no se le da el mando. — Los isleños de Corfú tratan de alucinar con promesas a los embajadores, y los de Creta rehúsan también entrar en la confederación. — Abandonan los griegos la defensa del paso del Olimpo, y se deciden a defender las Termópilas. — Número prodigioso de hombres que componían el ejército persa de mar y tierra. — Tempestad que sufre su escuadra. — Ataque de las Termópilas y muerte de Leónidas con los espartanos. — Decide Jerjes continuar su marcha, y avanza contra la Grecia despreciando los consejos de Demarato.
I. Cuando llegó al rey Darío, hijo de Histaspes, la nueva de la batalla dada en Maratón, hallándole ya altamente prevenido de antemano contra los atenienses a causa de la sorpresa con que habían entrado en Sardes, acabó entonces de irritarle contra aquellos pueblos, obstinándose más y más en invadir de nuevo la Grecia. Desde luego, despachando correos a las ciudades de sus dominios a fin de que le aprontasen tropas, exigió a cada una un número mayor del que antes le habían dado de galeras, caballos, provisiones y barcas de trasporte. En la prevención de estos preparativos se vio agitada por tres años el Asia; y como de todas partes se hiciesen levas de la mejor tropa en atención a que la guerra había de ser contra los griegos, sucedió que al cuarto año de aquellos, los egipcios antes conquistados por Cambises se levantaron contra los persas, motivo que empeñó mucho más a Darío en hacer la guerra a entrambas naciones.
II. Estando ya Darío para partir a las expediciones de Egipto y Atenas, originose entre sus hijos una gran contienda sobre quién había de ser nombrado sucesor o príncipe jurado del imperio, fundándose en una ley de los persas que ordena que antes de salir el rey a campaña nombre al príncipe que ha de sucederle. Había tenido ya Darío antes de subir al trono tres hijos en la hija de Gobrias, su primera esposa, y después de coronado tuvo cuatro más en la princesa Atosa, hija de Ciro. El mayor de los tres primeros era Artobazanes, y el mayor de los cuatro últimos era Jerjes: no siendo hijos de la misma madre, tenían los dos pretensiones a la corona. Fundaba las suyas Artobazanes en el derecho de primogenitura recibido entre todas las naciones, que daba el imperio al que primero había nacido: Jerjes, por su parte, alegaba ser hijo de Atosa y nieto de Ciro, que había sido el autor de la libertad e imperio de los persas.