III. Antes que Darío declarase su voluntad, hallándose en la corte por aquel tiempo Demarato, hijo de Aristón, quien depuesto del trono de Esparta y fugitivo de Lacedemonia se había refugiado a Susa para su seguridad, luego que entendió las desavenencias acerca de la sucesión entre los príncipes hijos de Darío, como hombre político fue a verse con Jerjes, y, según es fama, le dio el consejo de que a las razones de su pretensión añadiese la otra de haber nacido de Darío siendo ya este soberano y teniendo el mando sobre los persas, mientras que al nacer Artobazanes Darío no era rey todavía, sino un mero particular; que por tanto, a ningún otro mejor que a él tocaba de derecho y razón el heredar la soberanía. Añadíale Demarato al aviso que alegase usarse así en Esparta, donde si un padre antes de subir al trono tenía algunos hijos y después de subido al trono le nacía otro príncipe, recaía la sucesión a la corona en el que después naciese. En efecto, valiose Jerjes de las razones que Demarato le suministró; y persuadido Darío de la justicia de lo que decía, declarole por sucesor al imperio; bien es verdad, en mi concepto, que sin la insinuación de Demarato hubiera recaído la corona en las sienes de Jerjes, siendo Atosa la que todo lo podía en el estado.
IV. Nombrado ya Jerjes sucesor del imperio persa, solo pensaba Darío en la guerra; pero quiso la fortuna que un año después de la sublevación del Egipto, haciendo sus preparativos, le cogiese la muerte, habiendo reinado 36 años, sin que tuviese la satisfacción de vengarse ni de los egipcios rebeldes, ni de los atenienses enemigos.
V. Por la muerte de Darío pasó el cetro a las manos de su hijo Jerjes, quien no mostraba al principio de su reinado mucha propensión a llevar las armas contra la Grecia, preparando la expedición solamente contra el Egipto. Hallábase cerca de su persona, y era el que más cabida tenía con él entre todos los persas, Mardonio, el hijo de Gobrias, primo del mismo Jerjes por hijo de una hermana de Darío, quien le habló en estos términos: «Señor, no parece bien que dejéis sin la correspondiente venganza a los atenienses, que tanto mal han hecho hasta aquí a los persas. Muy bien haréis ahora en llevar a cabo la expedición que tenéis entre manos; pero después de abatir el orgullo de Egipto que se nos levantó audazmente, sería yo de parecer que movieseis las armas contra Atenas, así para conservar en el mundo la reputación debida a vuestra corona, como para que en adelante se guarden todos de invadir vuestros dominios». Este discurso de Mardonio se ordenaba a la venganza, si bien no dejó de concluirlo con la insinuante cláusula de que la Europa era una bellísima región poblada de todo género de árboles frutales, sumamente buena para todo, digna, en una palabra, de no tener otro conquistador ni dueño que el rey.
VI. Así hablaba Mardonio, ya por ser amigo de nuevas empresas, ya por la ambición que tenía de llegar a ser virrey de la Grecia. Y en efecto, con el tiempo logró su intento, persuadiendo a Jerjes a entrar en la empresa; si bien concurrieron otros accidentes que sirvieron mucho para aquella resolución del persa. Uno de ellos fue el que algunos embajadores de Tesalia, venidos de parte de los Alévadas,[175] convidaban al rey a que viniera contra la Grecia, ofreciéndose de su parte a ayudarle y servirle con todo celo y prontitud, lo que podrían ellos hacer siendo reyes de Tesalia. El otro era que los Pisistrátidas venidos a Susa no solo confirmaban con mucho empeño las razones de los Alévadas, sino que aún añadían algo más de suyo, por tener consigo al célebre ateniense Onomácrito, que era adivino y al mismo tiempo intérprete de los oráculos de Museo, con quien antes de refugiarse a Susa habían ellos hecho las paces. Había sido antes Onomácrito echado de Atenas por Hiparco, el hijo de Pisístrato, a causa de que Laso de Hermíone le había sorprendido en el acto de interpolar entre los oráculos de Museo uno de cuño propio, acerca de que con el tiempo desaparecerían sumidas en el mar las islas circunvecinas a Lemnos; delito por el cual Hiparco desterró a Onomácrito, habiendo sido antes gran privado suyo. Entonces, pues, habiendo subido con los Pisistrátidas a la corte, siempre que se presentaba a la vista del monarca, delante de quien lo elevaban ellos al cielo con sus elogios, recitaba varios oráculos, y si en alguno veía algo que pronosticase al bárbaro algún tropiezo, pasaba este en silencio, mientras que, por el contrario, al oráculo que profetizaba felicidades lo escogía y entresacaba, diciendo ser preciso que el Helesponto llevase un puente hecho por un varón persa, y de un modo semejante iba declarando la expedición.
VII. Así, pues, él adivinando y los hijos de Pisístrato aconsejando, se ganaban al monarca. Persuadido ya Jerjes a la guerra contra Grecia, al segundo año de la muerte de Darío dio principio a la jornada contra los sublevados, a quienes, después que hubo rendido y puesto en mucha mayor sujeción el Egipto entero de la que tenía en tiempo de Darío, les dio por virrey a Aquemenes, hijo de aquel y hermano suyo; y este es aquel Aquemenes que, hallándose con el mando del Egipto, fue muerto algún tiempo después por Ínaro, hijo de Psamético, natural de la Libia.
VIII. Después de la rendición del Egipto, cuando Jerjes estaba ya para mover el ejército contra Atenas, juntó una asamblea extraordinaria de los grandes de la Persia, a fin de oír sus pareceres y de hablar él mismo lo que tenía resuelto. Reunidos ya todos ellos, díjoles así Jerjes: «Magnates de la Persia, no penséis que intente ahora introducir nuevos usos entre vosotros; sigo únicamente los ya introducidos; pues según oigo a los avanzados en edad, jamás, desde que el imperio de los medos vino a nuestras manos, habiendo Ciro despojado de él a Astiages, hemos tenido hasta aquí un día de sosiego. No parece sino que Dios así lo ordena echando la bendición a las empresas a que nos aplicamos con empeño y desvelo. No juzgo del caso referiros ahora ni las hazañas de Ciro, ni las de Cambises, ni las que hizo mi propio padre Darío, ni el fruto de ellas en las naciones que conquistaron. De mí puedo decir que, desde que subí al trono, todo mi desvelo ha sido no quedarme atrás a los que en él me precedieran con tanto honor del imperio; antes bien, adquirir a los persas un poder nada inferior al que ellos le alcanzaron. Y fijando la atención en lo presente, hallo que por una parte hemos añadido lustre a la corona conquistando una provincia ni menor ni inferior a las demás, sino mucho más fértil y rica, y por otra hemos vengado las injurias con una entera satisfacción de la majestad violada. En atención, pues, a esto, he tenido a bien convocaros para daros parte de mis designios actuales. Mi ánimo es, después de construir un puente sobre el Helesponto, conducir mis ejércitos por la Europa contra la Grecia, resuelto a vengar en los atenienses las injurias que tienen hechas a los persas y a nuestro padre. Testigos de vista sois vosotros, cómo Darío iba en derechura al frente de sus tropas contra esos hombres insolentes, si bien tuvo el dolor de morir antes de poder vengarse de sus agravios. Mas yo no dejaré las armas de la mano, si primero no veo tomada y entregada al fuego la ciudad de Atenas, que tuvo la osadía de anticipar sus hostilidades, las más inicuas, contra mi padre y contra mí. Bien sabéis que ellos, conducidos antes por Aristágoras el milesio, aquel esclavo nuestro, llegaron hasta Sardes y pegaron fuego a los bosques sagrados y a los templos; y nadie ignora cómo nos recibieron al desembarcar en sus costas, cuando Datis y Artafrenes iban al frente del ejército. Este es el motivo que me precisa a ir contra ellos con mis tropas: y además de esto, cuando me detengo en pensarlo, hallo sumas ventajas en su conquista, tales en realidad que si logramos sujetarles a ellos y a sus vecinos que habitan el país de Pélope el frigio, no serán ya otros los confines del imperio persa que los que dividen en la región del aire el firmamento del suelo. Desde aquel punto no verá el mismo sol otro imperio confinante con el nuestro, porque yo, al frente de mis persas y en compañía vuestra, corriendo vencedor por toda la Europa, de todos los estados de ella haré uno solo, y este mío; pues a lo que tengo entendido, una vez rotas y allanadas las provincias que llevo dichas, no queda ya estado, ni ciudad, ni gente alguna capaz de venir a las manos en campo abierto con nuestras tropas. Así lograremos, en fin, poner bajo nuestro dominio, tanto a los que nos tienen ofendidos, como a los que ningún agravio nos han ocasionado. Yo me prometo de vosotros que en la ejecución de estos mis designios haréis que me dé por bien servido, y que en el tiempo que aplazaré para la concurrencia y reseña del ejército, os esmeraréis todos en la puntualidad cumpliendo con vuestro deber. Lo que añado es que honraré con dones y premios, los más preciosos y honoríficos del estado, al que se presente de vosotros con la gente mejor ordenada y apercibida. Esto es lo que tengo resuelto que se haga; mas para que nadie diga que me gobierno por mis dictámenes particulares, os doy licencia de deliberar sobre la empresa, diciendo su parecer cualquiera de vosotros que quisiere decirlo». Con esto dio fin a su discurso.
IX. Después del rey tomó Mardonio la palabra: «Señor, dice, vos sois el mejor persa, no digo de cuantos hubo hasta aquí, sino de cuantos habrá jamás en lo porvenir. Buena prueba nos da de ello ese vuestro discurso en que campean por una parte la elocuencia y la verdad, y por otra triunfan el honor y la gloria del imperio, no pudiendo mirar vos con indiferencia que esos jonios europeos, gente vil y baja, se burlen de nosotros. Insufrible cosa fuera en verdad que los que hicimos con las armas vasallos nuestros a los sacas, a los indios, a los etíopes, a los asirios, a tantas otras y tan grandes naciones, no porque nos hubiesen ofendido en cosa alguna, sino por querer nosotros extender el imperio, dejásemos sin venganza a los griegos que han sido los primeros en injuriarnos. ¿Por qué motivo temerles? ¿Qué número de tropas pueden juntar? ¿Qué abundancia de dinero recoger? Bien sabemos su modo de combatir; bien sabemos cuán poco o ninguno es su valor. Hijos suyos son esos que llevamos vencidos; esos que viven en nuestros dominios; esos, digo, que se llaman jonios, eolios y dorios. Yo mismo hice ya la prueba de ellos cuando por orden de vuestro padre conduje contra esos hombres un ejército; lo cierto es que internándome hasta la Macedonia y faltándome ya poco para llegar a la misma Atenas, nadie se me presentó en campo de batalla. Oigo decir de los griegos, que son en la guerra la gente del mundo más falta de consejo, así por la impericia, como por su cortedad. Decláranse la guerra unos a otros, salen a campaña, y para darse la batalla escogen la llanura más hermosa y despejada que pueden encontrar, de donde no salen sin gran pérdida los mismos vencedores, pues de los vencidos no es menester que hable yo palabra, siendo sabido que quedan aniquilados. ¿Cuánto mejor les fuera, hablando todos la misma lengua, componer sus diferencias por medio de heraldos y mensajeros y venir antes a cualquier convención, que no dar la batalla? Y en caso de llegar a declararse la guerra por precisión, les convendría ver por dónde unos y otros estarían más a cubierto de los tiros del enemigo y acometer por aquel lado. Repito que por este pésimo modo de guerrear, no hubo pueblo alguno griego, cuando penetré hasta la Macedonia, que se atreviese a entrar conmigo en batalla. Y contra vos, señor, ¿quién habrá de ellos que armado os salga al encuentro, cuando os vean venir con todas las fuerzas del Asia por tierra y con todas las naves por agua? No, señor; no ha de llegar a tanto, si no me engaño, el atrevimiento de los griegos. Pero demos que me engañe en mi opinión, y que faltos ellos de juicio y llenos de su loca presunción no rehúsen la batalla: peleen en mal hora, y aprendan en su ruina que no hay sobre la tierra tropa mejor que la persa. Menester es hacer prueba de todo, si todo queremos conseguirlo. Las conveniencias no entran por sí mismas en casa de los mortales: premio suelen ser de los que todo lo experimentan». Calló Mardonio, habiendo adulado y hablado así al paladar de Jerjes.
X. Callaban después los demás persas, sin que nadie osase proferir un sentimiento contrario al parecer propuesto, cuando Artabano, hijo de Histaspes y tío paterno de Jerjes, fiado en este vínculo tan estrecho, habló en los siguientes términos: «Señor, en una consulta en que no se propongan dictámenes varios y aun entre sí opuestos, no queda al arbitrio medio de elegir el mejor, sino que es preciso seguir el único que se dio; solo queda lugar a la elección cuando son diversos los pareceres. Sucede en esto lo que en el oro: si una pieza se mira de por sí, no acertamos a decir si es oro puro; pero si la miramos al lado de otra del mismo metal, decidimos luego cuál es el más fino. Bien presente tengo lo que dije a Darío, vuestro padre y hermano mío, que no convenía hacer la guerra a los escitas, hombres que no tienen morada fija ni ciudad edificada. Mi buen hermano, muy confiado en que iba a domar a los escitas nómadas, no siguió mi consejo; y lo que sacó de la jornada fue volver atrás, después de perdida mucha y buena tropa de la que llevaba. Vos, señor, vais a emprender ahora la guerra contra unos hombres que en valor son muy otros que los escitas, y que por mar y por tierra se dice no tener otros que les igualen. Debo deciros, a fuer de quien soy, lo que puede temerse de su bravura. Decís que, construido un puente sobre el Helesponto, queréis conducir el ejército por la Europa hacia la Grecia; pero reflexionad, señor, que pues los griegos tienen fama de valientes, pudiera suceder fuésemos por ellos derrotados, o bien por mar, o bien por tierra, o bien por entrambas partes. No lo digo de ligero, que bien nos lo da a conocer la experiencia; pues que solos los atenienses derrotaron un ejército tan numeroso como el que conducido por Datis y Artafrenes entró en el Ática. Peligra, pues, que no tengamos éxito ni por tierra ni por mar. Y ¿cuál no sería nuestra fatalidad, señor, si acometiéndonos con sus galeras y victoriosos en una batalla naval se fuesen al Helesponto y allí nos cortasen el puente? Este peligro, ni yo lo imagino sin razón, ni lo finjo en mi fantasía, sino que este es el caso en que por poco no nos vimos perdidos cuando vuestro padre, hecho un puente sobre el Bósforo Tracio y otro sobre el Istro, pasó el ejército contra los escitas. Entonces fue cuando ellos no perdonaron diligencia alguna, empeñándose con los jonios, a cuya custodia se había confiado el puente del Istro, para que se nos cortase el paso con deshacerlo. Y en efecto, si Histieo, señor de Mileto, siguiera el parecer de los otros, o no se opusiera a todos con el suyo, allí se acabara el imperio de los persas. Y ¿quién no se horroriza solo de oír que la salud de toda la monarquía llegó a depender de la voluntad y arbitrio de un hombre solo? No queráis, pues, ahora, ya que no os fuerza a ello necesidad alguna, poner en consulta si será del caso arriesgarnos a un peligro tan grande como este. Mejor haréis en seguir mi parecer, que es el de despachar ahora, sin tomar ningún acuerdo, este congreso; y después, cuando a vos os pareciere, echando bien la cuenta a vuestras solas, podréis mandarnos aquello que mejor os cuadre. No hallo cosa más recomendable que una resolución bien deliberada, la cual, aun cuando experimente alguna contrariedad no por eso deja de ser sana y buena igualmente; síguese tan solo que pudo más la fortuna que la razón. Pero si ayuda la fortuna al que tomó una resolución imprudente, lo que logra este es dar con un buen hallazgo, sin que deje por ello de ser verdad que fue mala su resolución. ¿No echáis de ver, por otra parte, cómo fulmina Dios contra los brutos descomunales a quienes no deja ensoberbecer, y de los pequeños no pasa cuidado? ¿No echáis de ver tampoco cómo lanza sus rayos contra las grandes fábricas y elevados árboles? Ello es que suele y se complace Dios en abatir lo encumbrado; y a este modo suele quedar deshecho un grande ejército por otro pequeño, siempre que ofendido Dios y mirándolo de mal ojo, le infunde miedo o truena sobre su cabeza; accidentes todos que vienen a dar con él miserablemente en el suelo. No permite Dios que nadie se encumbre en su competencia: él solo es grande de suyo; él solo quiere parecerlo. Vuelvo al punto y repito que una consulta precipitada lleva consigo el desacierto, del cual suelen nacer grandes males, y que al revés un consejo cuerdo y maduro contiene mil provechos, los cuales por más que desde luego no salten a los ojos, los toca después uno con las manos a su tiempo. Este es, señor, en resolución mi consejo. Pero tú, Mardonio mío, buen hijo de Gobrias, créeme y déjate ya de desatinar contra los griegos; que no merecen que los trates con tanto desprecio. Tú con esas calumnias y patrañas incitas al rey a la expedición, y todo tu empeño, a lo que parece, está en que se verifique. Esto no va bien; ningún medio más indigno que el de la calumnia en que dos son los injuriadores y uno el injuriado: injuriador es el que la trama, porque acusa al que no está presente; injuriador asimismo el que le da crédito antes de tenerla bien averiguada. El acusado en ausencia, ese es el injuriado, así por el que le delata reo, como por el que le cree convicto sobre la fe del enemigo. ¿Para qué más razones? Hagamos aquí una propuesta, si tan indispensable se nos pinta la guerra contra esos hombres. Pidamos al rey que se quiera quedar en palacio entre los persas. Escoge tú las tropas persas que quieras, y con un ejército cuan grande le escojas, haz la expedición que pretendes. Aquí están mis hijos, ofrece tú los tuyos, y hagamos la siguiente apuesta: si fuere el que pretendes el éxito de la jornada, convengo en que mates a mis hijos y a mí después de ellos; pero si fuere el que yo pronostico, oblígate tú a que los tuyos pasen por lo mismo, y con ellos tú también si vuelves vivo de la expedición. Si no quisieres aceptar el partido y de todas maneras salieres con tu pretensión de conducir las tropas contra la Grecia, desde ahora para entonces digo que alguno de los que por acá quedaren oirá contar de ti, oh Mardonio, que después de una gran derrota de los persas nacida de tu ambición, has sido arrastrado y comido de los perros y aves de rapiña, o en algún campo de los atenienses, o cuando no, de los lacedemonios, si no es que antes de llegar allá te salga la muerte al camino, para que aprendas por el hecho contra qué hombres aconsejas al rey que haga la guerra».
XI. Irritado allí Jerjes y lleno de cólera: «Artabano, le responde, válgate el ser hermano de mi padre; este respeto hará que no lleves tu merecido por ese tu parecer necio e injurioso; si bien desde ahora te hago la gracia ignominiosa de que por cobarde y fementido no me sigas en la jornada que voy a emprender yo contra la Grecia, antes te quedes acá de asiento en compañía de las mujeres, que yo sin la tuya daré fin a la empresa que llevo dicha. Renegara yo de mí mismo y me corriera de ser quien soy, hijo de Darío y descendiente de mis abuelos Histaspes, Arsames, Ariaramnes, Teíspes y Aquemenes, si no pudiera vengarme a ellos y a mí de los atenienses; y tanto más por ver bien claro que si los dejamos en paz nosotros los persas, no dejarán ellos vivir a los persas en paz, sino que bien pronto nos invadirán nuestros estados, según nos podemos prometer de sus primeros insultos, cuando moviendo sus armas contra el Asia nos incendiaron a Sardes. En suma, ni ellos ni nosotros podemos ya volver atrás del empeño que nos obliga o a la ofensa o a la defensa, hasta que o pase a los griegos nuestro imperio, o caigan bajo nuestro imperio los griegos: el odio mutuo no admite ya conciliación alguna. Pide, pues, nuestra reputación que nosotros, antes ofendidos, no dilatemos la venganza, sino que nos adelantemos a ver cuál es la bravura con que nos amenazan, acometiendo con nuestras tropas a unos hombres a quienes Pélope el frigio, vasallo de nuestros antepasados, de tal manera domó, que hasta hoy día, no solo los moradores del país, sino aun el país domado, llevan el nombre del domador». Así habló Jerjes.
XII. Vino después la noche y halló a Jerjes inquieto y desazonado por el parecer de Artabano, y consultando con ella sobre el asunto, absolutamente se persuadía de que en buena política no debía dirigirse contra la Grecia. En este pensamiento y contraria resolución le cogió el sueño, en que, según refieren los persas, tuvo aquella noche la siguiente visión: Parecíale a Jerjes que un varón alto y bien parecido se le acercaba y le decía: «Conque, persa, ¿nada hay ya de lo concertado? ¿No harás ya la expedición contra la Grecia después de la orden dada a los persas de juntar un ejército? Sábete, pues, que ni obras bien en mudar de parecer, ni yo te lo apruebo. Déjate de eso y no vaciles en seguir rectamente el camino como de día lo habías resuelto».