XIII. Luego que amaneció otro día, sin hacer caso ninguno de su sueño, llamó a junta a los mismos persas que antes había convocado, y les habló en estos términos: «Os pido, persas míos, que disimuléis conmigo si tan presto me veis mudar de parecer. Confieso que no he llegado aún a lo sumo de la prudencia, y os hago saber que no me dejan un punto los que me aconsejan lo que ayer propuse. Lo mismo fue oír el parecer de Artabano que sentir en mis venas un ardor juvenil que me hizo prorrumpir en expresiones insolentes, que contra un varón anciano no debía yo proferir. Reconozco ahora mi falta, y en prueba de ello sigo su parecer. Así que estaos quietos, que yo revoco la orden de hacer la guerra a la Grecia». Los persas, llenos de gozo al oír esto, le hicieron una profunda reverencia.
XIV. Otra vez en la noche próxima aconteció a Jerjes en cama aquel mismo sueño, hablándole en estos términos: «Vos, hijo de Darío, parece que habéis retirado ya la orden dada para la jornada de los persas, no contando más con mis palabras que si nadie os las hubiera dicho. Pues ahora os aseguro, y de ello no dudéis, que si luego no emprendéis la expedición, os va a suceder en castigo que tan en breve como habéis llegado a ser un grande y poderoso soberano, vendréis a parar en hombre humilde y despreciable».
XV. Confuso y aturdido Jerjes con la visión, salta al punto de la cama y envía un recado a Artabano llamándole a toda prisa, a quien luego de llegado habló en esta forma: «Visto has, Artabano, cómo yo, aunque llevado de un ímpetu repentino hubiese correspondido a un buen consejo con un ultraje temerario y necio, no dejé pasar con todo mucho tiempo sin que arrepentido te diera la debida satisfacción, resuelto a seguir tu aviso y parecer. ¿Creerás ahora lo que voy a decirte? Quiero y no puedo darte gusto en ello. ¡Cosa singular!, después de mudar de opinión, estando ya resuelto a todo lo contrario, vínome un sueño que de ningún modo aprobaba mi última resolución; y lo peor es que entre iras y amenazas acaba de desaparecer ahora mismo. Atiende a lo que he pensado: si Dios es realmente el que tal sueño envía poniendo todo su gusto y conato en que se haga la jornada contra la Grecia, te acometerá sin falta el mismo sueño ordenándote lo que a mi. Esto lo podremos probar del modo que he discurrido: toma tú todo mi aparato real, vístete de soberano, sube así y siéntate en mi trono, y después vete a dormir en mi lecho».
XVI. A estas palabras que acababa Jerjes de decir, no se mostraba al principio obediente Artabano, teniéndose por indigno de ocupar el real solio; pero viéndose al fin obligado, hizo lo que se le mandaba, después de haber hablado así: «El mismo aprecio, señor, se merece para mí el que por sí sabe pensar bien, y el que quiere gobernarse por un buen pensamiento ajeno, cuyas dos prendas de prudencia y docilidad las veo en vuestra persona; pero siento que la cabida y el valimiento de ciertos sujetos depravados os desvíen del acierto. Sucédeos lo que al mar, uno de los elementos más útiles al hombre, al cual suele agitar de modo la furia de los vientos, a lo que dicen, que no le dan lugar a que use de su bondad natural para con todos. Por lo que a mí toca, no tuve tanta pena de ver que me trataseis mal de palabra, como de entender vuestro modo de pensar, pues siendo dos los pareceres propuestos en la junta de los persas, uno que inflamaba la soberbia y violencia del imperio persa, el otro que la reprimía con decir que era cosa perjudicial acostumbrar el ánimo a la codicia y ambición perpetua de nuevas conquistas, os declarabais a favor de aquel parecer que de los dos era el más expuesto y peligroso, tanto para vos, como para el estado de los persas. Sobre lo que añadís que después de haber mejorado de resolución no queriendo ya enviar las tropas contra la Grecia, os ha venido un sueño de parte de algún dios que no os permite desarmar a los persas enviándoles a sus casas, dadme licencia, hijo mío, para deciros la verdad, que esto de soñar no es cosa del otro mundo. ¿Queréis que yo, que en tantos años os aventajo, os diga en qué consisten esos sueños que van y vienen para la gente dormida? Sabed que las especies de lo que uno piensa entre día esas son las que de noche comúnmente nos van rodando por la cabeza. Y nosotros cabalmente el día antes no hicimos más que hablar y tratar de dicha expedición. Pero si no es ese sueño como digo, sino que anda en él la mano de alguno de los dioses, habéis dado vos en el blanco, y no hay más que decir; del mismo modo se me presentará a mí que a vos con esa su pretensión. Verdad es que no veo por qué deba venir a visitarme si me visto yo vuestro vestido, y no si me estoy con el mío; que venga si me echo a dormir en vuestra cama, y no si en la mía, una vez que absolutamente quiera hacerme la visita; que al cabo no ha de ser tan lerdo y grosero ese tal, sea quien se fuere el que se os dejó ver entre sueños, que por verme a mí con vuestros paños se engañe y me tome por otro. Pero si de mí no hiciere caso, no se dignará venirme a visitar, ora vista yo vuestras ropas, ora las mías, sino que guardará para vos su visita. Mas bien presto lo sabremos todo; hasta yo mismo llegaré a creer que procede de arriba ese sueño si continuase a menudo sus apariciones. Al cabo estamos, si vos así lo tenéis resuelto y no hay lugar para otra cosa; aquí estoy, señor; voyme luego a dormir en vuestra misma cama; veamos si con esto soñaré a lo regio, que sola esta esperanza pudiera inducirme a daros gusto en ello».
XVII. Pensando Artabano hacer ver a Jerjes que nada había en aquello de realidad, después de este discurso, hizo lo que se le decía. Vistiose, en efecto, con el aparato de Jerjes, sentose en el trono real, de allí se fue a la cama, y he aquí que el mismo sueño que había acometido a Jerjes carga sobre Artabano, y plantado allí, le dice: «¿Conque tú eres el que con capa de tutor detienes a Jerjes para que no mueva las armas contra la Grecia? ¡Infeliz de ti!, que ni ahora ni después te alabarás de haber querido estorbar lo que es preciso que se haga. Bien sabe Jerjes lo que le espera si no quisiere obedecer».
XVIII. Así le pareció a Artabano que le amenazaba el sueño y que en seguida con unos hierros encendidos iba a herirle en los ojos. Da luego un fuerte grito, salta de la cama, y vase corriendo a sentar al lado de Jerjes, le cuenta el sueño que acaba de ver, y añádele después: «Yo, señor, como hombre experimentado, teniendo bien presente que muchas veces el que menos puede triunfa de un enemigo superior, no era de parecer que os dejaseis llevar del ardor impetuoso de la juventud, sabiendo cuán perniciosos son en un príncipe el espíritu y los pujos de conquistador, acordándome, por una parte, del infeliz éxito de la expedición de Ciro contra los maságetas; y también, por otra, la que hizo Cambises contra los etíopes, y habiendo sido yo mismo testigo y compañero de la de Darío contra los escitas. Gobernado por estas máximas, estaba persuadido de que vos en un gobierno pacífico ibais a ser de todos celebrado por el príncipe más feliz. Pero viendo ahora que anda en ello la mano de Dios, que quiere hacer algún ejemplar castigo ya decretado contra los griegos, varío yo mismo de opinión y sigo vuestro modo de pensar. Bien haréis, pues, en dar cuenta a los persas de estos avisos que Dios os da, mandándoles que estén a las primeras órdenes tocantes al aparato de la guerra: procurad que nada falte por vuestra parte con el apoyo del cielo». Pasados estos discursos y atónitos y suspensos los ánimos de entrambos con la visión, apenas amaneció dio Jerjes cuenta de todo a los persas, y Artabano que había sido antes el único que retardaba la empresa, entonces en presencia de todos la apresuraba.
XIX. Empeñado ya Jerjes en aquella jornada, tuvo entre sueños una tercera visión, de la cual informados los magos resolvieron que comprendía aquella a la tierra entera, de suerte que todas las naciones deberían caer bajo el dominio de Jerjes. Era esta la visión: soñábase Jerjes coronado con un tallo de olivo, del cual salían unas ramas que se extendían por toda la tierra, si bien después se le desaparecía la corona que le ceñía la cabeza. Después que los magos y los persas congregados aprobaron la interpretación del sueño, partió cada uno de los gobernadores a su respectiva provincia, donde se esmeró cada cual con todo conato en la ejecución de los preparativos, procurando alcanzar los dones y premios propuestos.
XX. Jerjes por su parte hizo tales levas y reclutas para dicha jornada, que no dejó rincón en todo su continente que no escudriñase; pues por espacio de cuatro años enteros, contando desde la toma del Egipto, se estuvo ocupando en prevenir la armada y todo lo necesario para las tropas. En el discurso del año quinto, emprendió sus marchas llevando un ejército numerosísimo, porque de cuantas armadas se tiene noticia, aquella fue sin comparación la que excedió a todas en número. De suerte que en su cotejo en nada debe tenerse la armada de Darío contra los escitas; en nada aquella de los escitas cuando, persiguiendo a los cimerios y dejándose caer sobre la región de la Media, subyugaron a casi toda el Asia superior dueños de su imperio, cuyas injurias fueron las que después pretendió vengar Darío; en nada la que tanto se celebra de los Átridas contra Ilión; en nada, finalmente, la de los misios y teucros, anterior a la guerra troyana, quienes después de pasar por el Bósforo a la Europa, conquistados los tracios, todos bajaron victoriosos hasta el seno Jonio, y llevaron las armas hasta el río Peneo,[176] que corre hacia el mediodía.
XXI. Todas estas expediciones juntas, añadidas aun las que fuera de estas se hicieron en todo el mundo, no son dignas de compararse con aquella sola. Porque ¿qué nación del Asia no llevó Jerjes contra la Grecia? ¿Qué corriente no agotó aquel ejército, si se exceptúan los más famosos ríos? Unas naciones concurrían con sus galeras, otras venían alistadas en la infantería, otras añadían su caballería a los peones, a estas se les ordenaba que para el trasporte de los caballos prestasen sus navíos a las que juntamente militaban, a aquellas que aprontasen barcas largas para la construcción de los puentes, a estas otras que diesen víveres y bastimentos para su conducción. Y por cuanto habían padecido los persas años atrás un gran naufragio al ir a doblar el cabo de Atos, empezose además, cosa de tres años antes de la presente expedición, a disponer el paso por dicho monte, practicándose del siguiente modo: tenían sus galeras en Elayunte, ciudad del Quersoneso, y desde allí hacían venir soldados de todas naciones, y les obligaban con el látigo en la mano a que abriesen un canal; los unos sucedían a los otros en los trabajos, y los pueblos vecinos al monte Atos entraban también a la parte de la fatiga. Los jefes de las obras eran dos persas principales, el uno Búbares, hijo de Megabazo, y el otro Artaqueas, hijo de Arteo.
XXII. Es el Atos un gran monte y famoso promontorio que se avanza dentro del mar, todo bien poblado y formando una especie de península, cuyo istmo donde termina el monte unido con el continente viene a ser de 42 estadios. Este istmo es una llanura con algunos no muy altos cerros, que se extiende desde el mar de los acantios hasta el mar opuesto de Torone,[177] y allí mismo donde termina el monte Atos se halla Sane, ciudad griega. Las ciudades más acá de Sane que están situadas en lo interior del Atos, y que los persas pretendían hacer isleñas en vez de ciudades de tierra firme, son Díon, Olofixo, Acrotoos, Tiso, Cleonas, ciudades todas contenidas en el recinto del Atos.