XXIII. El orden y modo de la excavación era en esta forma: repartieron los bárbaros el terreno por naciones, habiéndole medido con un cordel tirado por cerca de la ciudad de Sane. Cuando la fosa abierta era ya profunda, unos en la parte inferior continuaban cavando, otros colocados en escaleras recibían la tierra que se iba sacando, pasándola de mano en mano hasta llegar a los que estaban más arriba de entrambos, quienes la iban derramando y extendiendo. Así que todas las naciones que turnaban en el trabajo, excepto solo los fenicios, tenían doble fatiga, nacida de que la fosa en sus márgenes se cortaba a nivel; porque siendo igual la medida y anchura de ella en la parte de arriba a la de abajo, les era forzoso que el trabajo se duplicase. Pero los fenicios, así en otras obras como principalmente en la de este canal, mostraron su ingenio y habilidad; pues habiéndoles cabido en suerte su porción, abrieron el canal en la parte superior, de una anchura dos veces mayor de la que debía tener la excavación; pero al paso que ahondaban en ella, íbanla estrechando, de suerte que al llegar al suelo era su obra igual a la de los otros.[178] Allí cerca había un prado en donde tenían todos su plaza y mercado: les venía también del Asia abundancia de trigo molido.
XXIV. Cuando me paro a pensar en este canal, hallo que Jerjes lo mandó abrir para hacer alarde y ostentación de su grandeza, queriendo manifestar su poder y dejar de él un monumento; pues pudiendo sus gentes a costa de poco trabajo trasportar sus naves por encima del istmo, mandó con todo abrir aquella fosa que comunicase con el mar, de anchura tal que por ella al par navegaban a remo dos galeras. A estos mismos que tenían a su cuenta el abrir el canal, se les mandó hacer un puente sobre el río Estrimón.
XXV. Al tiempo que se ejecutaban estas obras como mandaba, íbanse aprontando los materiales y cordajes de biblo y de lino blanco para la construcción de los puentes. De ello estaban encargados los fenicios y egipcios, como también de conducir bastimentos y víveres al ejército, para que las tropas y también los bagajes que iban a la Grecia no pereciesen de hambre. Informado, pues, Jerjes de aquellos países, mandó que se llevasen los víveres a los lugares más oportunos, haciendo que de toda el Asia saliesen urcas y naves de carga, cuáles en una, cuáles en otra dirección. Y si bien es verdad que el almacén principal se hacía en la Tracia en la que llaman Leuca Acta (blanca playa),[179] con todo tenían otros orden de conducir los bastimentos a Tirodiza de los perintios, otros a Dorisco, otros a Eyón sobre el Estrimón, otros a Macedonia.
XXVI. En tanto que estos se aplicaban a sus respectivas tareas, Jerjes, al frente de todo su ejército de tierra, habiendo salido de Critala, lugar de la Capadocia, donde se había dado la orden de que se juntasen todas las tropas del continente que habían de ir en compañía del rey, marchaba hacia Sardes. Allí en la reseña del ejército no puedo decir cuál de los generales mereció los dones del rey en premio de haber presentado la mejor y más bien arreglada milicia, ni aun sé si entraron en esta competencia los generales. Después de pasar el río Halis continuaba el ejército sus marchas por la Frigia, hasta llegar a Celenas,[180] de donde brotan las fuentes del río Meandro, y de otro río no inferior que lleva el nombre de Catarrectes, el cual, nacido en la plaza misma de Celenas, va a unirse con el Meandro. En aquella plaza y ciudad se ve colgada en forma de odre la piel de Marsias, quien, según cuentan los frigios, fue desollado por Apolo, que colgó después allí su pellejo.
XXVII. Hubo en esta ciudad un vecino llamado Pitio,[181] hijo de Atis, de nación lidio, quien dio un convite espléndido a toda la armada del rey y al mismo Jerjes en persona, ofreciéndose a más de esto a darle dinero para los gastos de la guerra. Oída esta oferta de Pitio, informose Jerjes de los persas que estaban allí presentes sobre quién era Pitio, y cuántos eran sus haberes, que se atreviese a hacerle tal promesa. «Señor, le respondieron, este es el que regaló a vuestro padre Darío un plátano y una vid de oro, hombre en efecto que solo a vos cede en bienes y riqueza, ni conocemos otro que le iguale».
XXVIII. Admirado de esto último que acababa Jerjes de oír, preguntó él mismo a Pitio cuánto vendría a ser su caudal. «Señor, le responde Pitio, os hablaré con toda ingenuidad sin ocultaros cosa alguna, y sin excusarme con decir que yo mismo no sé bien lo que tengo sabiéndolo con toda puntualidad. Y lo sé, porque al punto que llegó a mi noticia que os disponíais a bajar hacia las costas del mar de la Grecia, queriendo yo haceros un donativo para los gastos de la guerra, saqué mis cuentas, y hallé que tenía 2000 talentos en plata, y en oro 4 millones, menos 7000 de estateres dáricos, cuya suma está toda a vuestra disposición; que para mi subsistencia me sobra con lo que me reditúan mis posesiones y esclavos».
XXIX. Así se explicó Pitio, y muy gustoso y complacido Jerjes con aquella respuesta, «Amigo lidio, le dice, después que partí de la Persia, no he hallado hasta aquí ni quien diera el refrigerio que tú a todo mi ejército, ni quien se me presentara con esa bizarría, ofreciéndose a contribuir con sus donativos a los gastos de la guerra. Tú solo has sido el vasallo generoso que después de ese magnífico obsequio que has hecho a mis tropas te me has ofrecido con tus copiosos haberes. Ahora, pues, en atención a esos tus beneficios, te hago la gracia de tenerte por amigo y huésped, y después quiero suplirte de mi erario lo que te falta para los 4 millones cabales de estateres, pues no quiero la mengua de 7000 estateres en esa suma que por mi parte ha de quedar entera y completa. Mi gusto mayor es que goces de lo que has allegado, y procura portarte siempre como ahora, que esa tu conducta no te estará sino muy bien, ahora y después».
XXX. Habiendo así hablado y cumplido su promesa, continuó su viaje. Pasado que hubo por una ciudad de los frigios llamada Anava, y por cierta laguna de donde se extrae sal, llegó a Colosas,[182] ciudad populosa de la Frigia, donde desaparece el río Lico metido por unos conductos subterráneos, y salido de allí a cosa de cinco estadios, corre también a confundirse con el Meandro. Moviendo el ejército desde Colosas hacia los confines de la Frigia y de la Lidia, llegó a la ciudad de Cidrara, en donde se ve clavada una columna mandada levantar por Creso, en que hay una inscripción que declara dichos confines.
XXXI. Luego que dejando la Frigia entró el ejército por la Lidia, dio con una encrucijada donde el camino se divide en dos, el uno a mano izquierda lleva hacia la Caria, el otro a mano derecha tira hacia Sardes, siguiendo el cual es forzoso pasar el río Meandro y tocar en la ciudad de Calatebo, donde hay unos hombres que tienen por oficio hacer miel artificial sacada del tamariz y del trigo. Llevando Jerjes este camino, halló un plátano tan lindo, que prendado de su belleza, le regaló un collar de oro, y le señaló para cuidar de él a uno de los guardias que llamaban los Inmortales; y al día siguiente llegó a la capital de la Lidia.
XXXII. Lo primero que hizo Jerjes llegado a Sardes fue destinar embajadores a la Grecia, encargados de pedir que le reconociesen por soberano con la fórmula de pedirles la tierra y el agua y con la orden de que preparasen la cena al rey, cuyos embajadores envió Jerjes a todas las ciudades de la Grecia menos a Atenas y Lacedemonia. El motivo que tuvo para enviarles fue la esperanza de que atemorizados aquellos que no se habían antes entregado a Darío cuando les pidió la tierra y el agua, se le entregarían entonces; y para salir de esta duda volvió a repetir las embajadas.