XXXIII. Después de estas previas diligencias, disponíase Jerjes a mover sus tropas hacia Abido, mientras que los encargados del puente sobre el Helesponto lo estaban fabricando desde el Asia a la Europa. Corresponde enfrente de Abido, en el Quersoneso del Helesponto entre las ciudades de Sesto y Madito,[183] una playa u orilla áspera y quebrada confinante con el mar. Allí fue donde no mucho tiempo después, siendo general de los atenienses Jantipo, hijo de Arifrón, habiendo hecho prisionero al persa Artaíctes, gobernador de Sesto, le hizo empalar vivo, así por varios delitos, como porque llevando algunas mujeres al templo de Protesilao, que está en Elayunte, profanaba con ellas aquel santuario.
XXXIV. Empezando, pues, desde Abido los ingenieros encargados del puente, íbanle formando con sus barcas, las que por una parte aseguraban los fenicios con cordaje de lino blanco, y por otra los egipcios con cordaje de biblo. La distancia de Abido a la ribera contraria es de siete estadios. Lo que sucedió fue que unidas ya las barcas se levantó una tempestad, que rompiendo todas las maromas deshizo el puente.
XXXV. Llenó de enojo esta noticia el ánimo de Jerjes, quien irritado mandó dar al Helesponto trescientos azotes de buena mano, y arrojar al fondo de él, al mismo tiempo, un par de grillos. Aun tengo oído más sobre ello, que envió allá unos verdugos para que marcasen al Helesponto.[184] Lo cierto es que ordenó que al tiempo de azotarle lo cargasen de baldones y oprobios bárbaros e impíos, dictándole: «Agua amarga, este castigo te da el Señor porque te has atrevido contra él, sin haber antes recibido de su parte la menor injuria. Entiéndelo bien, y brama por ello; que el rey Jerjes, quieras o no quieras, pasará ahora sobre ti. Con razón veo que nadie te hace sacrificios, pues eres un río pérfido y salado». Tal castigo mandó ejecutar contra el mar; mas lo peor fue que hizo cortar las cabezas a los oficiales encargados del puente sobre el Helesponto.
XXXVI. Y esta fue la paga que se dio a aquellos ingenieros a quienes se había confiado la negra honra de construir el puente: otros arquitectos fueron señalados, los que lo dispusieron en esta forma: iban ordenando sus pentecónteros y también sus galeras vecinas entre sí, haciendo de ellas dos líneas: la que estaba del lado del Ponto Euxino se componía de 360 naves, la otra opuesta del lado Helesponto, de 314; aquella las tenía puestas de travesía, esta las tenía según la corriente, para que las cuerdas que las ataban se apretasen con la agitación y fluctuación. Ordenados así los barcos, afirmábanlos con áncoras de un tamaño mayor, las unas del lado del Ponto Euxino para resistir a los vientos que soplaran de la parte interior del mismo; las otras del lado de poniente y del mar Egeo para resistir al Euro y al Noto. Dejaron entre los pentecónteros y galeras paso abierto en tres lugares para que por él pudiera navegar el que quisiera con barcas pequeñas hacia el Ponto, y del Ponto hacia fuera. Hecho esto, con unos cabrestantes desde la orilla iban tirando los cables que unían las naves, pero no como antes, cada especie de maromas por sí y por lados diferentes, sino que a cada línea de las naves aplicaban dos cuerdas de lino adobado y cuatro de biblo. Lo recio de ellas venía en todas a ser lo mismo a la vista, si bien por buena razón debían de ser más robustas las de lino, de las cuales pesaba cada codo un talento. Una vez cerrado el paso con las naves unidas, aserrando unos grandes tablones, hechos a la medida de la anchura del puente, íbanlos ajustando sobre las maromas tendidas y apretadas encima de las barcas: ordenados así los tablones, trabáronlos otra vez por encima, y hecho esto, los cubrieron de fagina y encima acarrearon tierra. Tiraron después un parapeto por uno y otro lado del puente, para que no se espantaran las acémilas y caballos viendo el mar debajo.
XXXVII. Después de haber dado fin a la maniobra de los puentes, y de llegar al rey el aviso de que estaban hechas todas las obras en el monte Atos, acabada ya la fosa y levantados unos diques a una y otra extremidad de ella, para que cerrado el paso a la avenida del mar, impidieran que se llenasen las bocas del canal, entonces, al empezar la primavera, bien provisto todo el ejército partió de Sardes, en donde había invernado, marchando para Abido. Al partir la hueste, el sol mismo, dejando en el cielo su asiento, desapareció de la vista de los mortales, sin que se viera nube alguna en la región del aire, por entonces serenísima, de suerte que el día se convirtió en noche. Jerjes que lo vio y reparó en ello, entró en gran cuidado y suspensión, y preguntó a sus magos qué significaba aquel portento. Respondieron que aquel dios anunciaba a los griegos la desolación de sus ciudades, dando por razón que el sol era el pronosticador de los griegos[185] y la luna la profetisa de los persas. Alegre sobremanera Jerjes con esta declaración, iba continuando sus marchas.
XXXVIII. En el momento de marchar las tropas, asombrado Pitio el lidio con aquel prodigio del cielo, y confiado en los dones recibidos del soberano, no dudó en presentarse a Jerjes y hablarle en esta forma: «¡Si tuvierais, señor, la bondad de concederme una gracia que mucho deseara yo lograr!... El hacérmela os es de poca consideración y a mí de mucha cuenta el obtenerla». Jerjes, que nada menos pensaba que hubiese de pedirle lo que Pitio pretendía, díjole estar ya concedida la gracia y que dijera su petición. Con tal respuesta animose Pitio a decirle: «Señor, cinco hijos tengo, y a los cinco les ha cabido la suerte de acompañaros en esa expedición contra la Grecia. Quisiera que, compadecido de la avanzada edad en que me veis, dieseis licencia al primogénito para que, exento de la milicia, se quedase en casa a fin de cuidar de mí y de mi hacienda. Vayan en buen hora los otros cuatro; llevadlos en vuestro ejército; así Dios, cumplidos vuestros deseos, os dé una vuelta gloriosa».
XXXIX. Mucho fue lo que se irritó Jerjes con la súplica, y le respondió en estos términos: «¿Cómo tú, hombre ruin, viendo que yo en persona hago esta jornada contra la Grecia, que conduzco a mis hermanos, a mis familiares y amigos, te has atrevido a hacer mención de ese tu hijo que, siendo mi esclavo, debería en ella acompañarme con toda su familia y aun su misma esposa? Quiero que sepas, si lo ignorabas todavía, que es menester mirar cómo se habla, pues en los oídos mismos reside el alma, la cual, cuando se habla bien, da parte de su gusto a todo el cuerpo, y cuando mal, se entumece e irrita. Al mostrarme tú liberal, hablando como debías, no te pudiste alabar de haber sido más bizarro de palabra de lo que tu soberano fue magnífico por obra. Mas ahora que te me presentas con una súplica desvergonzada, si bien no llevarás todo tu merecido, no dejarás con todo de pagar parte de tu castigo. Agradécelo a los servicios con que de huéspedes nos trataste, que ellos son los que a ti y a cuatro de tus hijos os libran de mis manos: solo te condeno a perder ese solo por quien muestras tanto cariño y predilección». Acabada de dar esta respuesta, dio orden a los ejecutores ordinarios de los suplicios que fuesen al punto a buscar al hijo primogénito de Pitio, y hallado le partiesen por medio en dos partes, y luego pusiesen una mitad del cuerpo en el camino público a mano derecha, y la otra a mano izquierda, y que entre ellas pasase el ejército.
XL. Ejecutada así la sentencia, iba desfilando por allí la armada. Marchaban delante los bagajeros con todas las recuas y bestias de carga; detrás de estos venían sin separación alguna las brigadas de todas las naciones, las que componían más de una mitad del ejército. A cierta distancia, puesto que no podían acercarse al rey dichas brigadas, venían delante del soberano mil soldados de a caballo, la flor de los persas: seguíanles mil alabarderos, gente asimismo la más gallarda del ejército, que llevaban las lanzas con la punta hacia tierra. Luego se veían diez caballos muy ricamente adornados, a los que llaman los sagrados neseos; y la causa de ser así llamados es porque en la Media hay una llanura conocida por Nesea,[186] de la cual toman el nombre los grandes caballos que en ella se crían. Inmediato a estos diez caballos se dejaba ver el sagrado carro de Zeus, tirado de ocho blancos caballos, en pos de los cuales venía a pie el cochero con las riendas en la mano, pues ningún hombre mortal puede subir sobre aquel trono sacro. Venía en seguida el mismo Jerjes sentado en su carroza tirada de caballos neseos, a cuyo lado iba a pie el cochero, el cual era un hijo de Ótanes, persa principal, llamado Patiranfes.
XLI. De este modo salió Jerjes de Sardes, pero en el camino, cuando le venía en voluntad, dejando su carro pasaba a su carroza o harmámaxa:[187] a sus espaldas venían mil alabarderos, los más valientes y nobles de todos los persas, que traían sus lanzas, según suelen, levantadas. Seguíase luego otro escuadrón de caballería escogida compuesto de mil persas, y detrás de él marchaba un cuerpo de la mejor infantería, que constaba de diez mil. Mil de ellos iban cerrando alrededor todo aquel cuerpo, los cuales en vez de puntas de hierro llevaban en su lanza unas granadas de oro, los restantes nueve mil, que iban dentro de aquel cuadro llevaban en las lanzas granadas de plata. Granadas de oro traían asimismo los que dijimos que iban con las lanzas vueltas hacia tierra y los más inmediatos a Jerjes. Seguíase a este cuerpo de diez mil, otro cuerpo también de diez mil de caballería persa; quedaba después un intervalo de dos estadios.
XLII. En esta forma marchó el ejército desde la Lidia hacia el río Caico,[188] en la provincia de la Misia, desde el cual, llevando a mano derecha el monte Canes, se encaminó pasando por Atarneo a la ciudad de Carena, y de allí haciendo su camino por la llanura de Teba, por la ciudad de Adramitio y por Antandro, ciudad de los pelasgos, y dejando a su mano izquierda al Ida, llegó a la región de Ilión. Lo primero que allí le sucedió fue que, haciendo noche a las raíces del monte Ida, sobrevinieron al ejército tantos truenos y rayos que dejaron allí mismo mucha gente muerta. Moviendo después el ejército hacia el Escamandro, que fue el primer río con quien dieron en el camino después de salidos de Sardes, secaron sus corrientes, no bastando el agua para la gente y bagaje.