XLIII. Habiendo llegado Jerjes a dicho río, movido de curiosidad quiso subir a ver a Pérgamo, la capital de Príamo. Registrola y se informó particularmente de todo, y después mandó sacrificar mil bueyes a Atenea Ilíada. No dejaron sus magos de hacer libaciones en honor de los héroes del lugar.[189] Apoderose del ejército aquella noche un gran terror. Al hacerse de día emprendió su camino dejando a la izquierda las ciudades de Reteo, Ofrineo y Dárdano, que está confinante con Abido; y a la derecha la de Gergitas, colonia de los teucros.
XLIV. Estando ya Jerjes en Abido, quiso ver reunido a todo su ejército. Habían levantado los abidenos encima de un cerro, conforme a la orden que les había dado, un trono primorosamente hecho de mármol blanco, allí cerca de la ciudad. Sentado en él Jerjes, estaba contemplando todo su ejército de mar y tierra esparcido por aquella playa. Este espectáculo despertó en él la curiosidad de ver un remedo de una batalla naval, y se hizo allí una naumaquia en que vencieron los fenicios de Sidón. Quedó el rey tan complacido por el simulacro del combate como por la vista de la armada.
XLV. Sucedió, pues, que viendo Jerjes todo el Helesponto cubierto de naves, y llenas asimismo de hombres todas las playas y todas las campiñas de los abidenos, aunque primero se tuvo por el mortal más feliz y de tal se alabó, poco después prorrumpió él mismo en un gran llanto.
XLVI. Viendo aquello Artabano, su tío paterno, el mismo que antes con un parecer franco e ingenuo había desaconsejado al rey la expedición contra la Grecia; viendo, pues, aquel gran varón que lloraba Jerjes, «Señor, le dijo, ¿qué novedad es esta? ¿Cuánto va de lo que hacéis ahora a lo que poco antes hacíais? ¡Poco ha feliz en vuestra opinión, al presente lloráis!». «No lo admires, replicole Jerjes, pues al contemplar mi armada me ha sobrecogido un afecto de compasión, doliéndome de lo breve que es la vida de los mortales, y pensando que de tanta muchedumbre de gente ni uno solo quedará al cabo de cien años». A lo cual respondió Artabano: «Aun no es ello lo peor y lo más digno de compasión en la vida humana; pues, siendo tan breve como es, nadie hubo hasta ahora tan afortunado, ni de los que ahí veis, ni de otros hombres algunos, que no haya deseado, no digo una sino muchas veces, la muerte antes que la vida; que las calamidades que a esta asaltan y las enfermedades que la perturban, por más breve que ella sea, nos la hacen parecer sobrado duradera; en tanto grado, señor, que la muerte misma llega a desearse como un puerto y refugio en que se dé fin a vida tan miserable y trabajosa. No sé si diga que por la aversión que Dios nos tiene nos da una píldora venenosa dorada con esa dulzura que nos pone en las cosas del mundo».
XLVII. A todo esto replicole Jerjes: «Lo mejor será, Artabano, que pues nos vemos ahora en el mayor auge de la fortuna, nos dejemos de filosofar acerca de la condición y vida humana tal como la pintas, sin que hagamos otra mención de sus miserias. Lo que de ti quiero saber es, si a no haber tenido antes entre sueños aquella visión tan clara, le afirmarías aún en tu primer sentimiento, disuadiéndome la guerra contra la Grecia, o si mudaras de opinión: dímelo, te ruego, francamente». «Señor, le responde Artabano, ¡quiera Dios que la visión entre sueños tenga el éxito que ambos deseamos! De mí puedo deciros que me siento hasta aquí tan lleno de miedo que me hallo fuera de mí mismo, no solo por mil motivos que callo sino principalmente porque veo que dos cosas de la mayor importancia nos son contrarias en esta guerra».
XLVIII. «¡Hombre singular!, interrumpiole Jerjes, ¿qué significas con esa salida? ¿No me dirías qué cosas son esas dos que tan contrarias me son? Dime: ¿acaso el ejército por corto te parece despreciable, creyendo que el de los griegos ha de ser sin comparación mucho más numeroso?, ¿o acaso nuestra armada será inferior a la suya?, ¿o en una y otra nos han de dar ellos ventaja? Si nuestras fuerzas que ahí ves te parecen escasas para la empresa, voy a dar orden al punto que se levante un ejército mayor».
XLIX. A esto repuso Artabano: «¿Quién, señor, sino un hombre insensato podrá tener en poco ni ese número sinnúmero de tropas, ni esa multitud infinita de naves? No es eso lo que pretendía; antes digo que si acrecentáis el número, añadiréis peso y valor a aquellas dos cosas que mayor guerra nos hacen: y ya que os empeñáis en saberlo, son estas: la tierra y el mar. No hay en todo el mar, a lo que imagino, un puerto que en caso de tempestad sea capaz de abrigar tan grande armada y de poner tanta nave fuera de peligro; y lo peor que de nada nos sirviera un puerto tal, si lo hubiera únicamente en alguna parte, pues nosotros lo necesitáramos en todas las playas de tierra firme donde nos encaminásemos. Ved, pues, señor, cómo por falta de puertos capaces están nuestras fuerzas al arbitrio de la fortuna enemiga y no la fortuna al arbitrio de nuestras fuerzas. Dicha la una de las cosas contrarias, voy a mostraros la otra. La misma tierra os hará una guerra tal, que aun cuando no os oponga fuerzas ningunas, se os mostrará tanto más enemiga, cuanto más os internaréis en ella, conquistando siempre más y más países al modo de los hombres que nunca saben moderar su ambición poniendo límites a la próspera fortuna. Con esto significo que al paso que se aumente la tierra subyugada empleando más largo tiempo en las conquistas, a ese mismo paso se nos irá introduciendo el hambre. Esto bueno es tenerlo previsto, pues claro está que aquel debe pasar por mejor político, a quien en la consulta impone temor todo lo que prevé que podría salirle mal y a quien en la ejecución nada le acobarda».
L. Respondió Jerjes por su parte: «No puede negarse, Artabano, que hablas en todo con juicio, si bien no debe temerse todo lo que puede suceder, ni contar igualmente con ello, pues el que en la deliberación de todos los casos que se van ofreciendo quisiese siempre atenerse a cualquier razón en contrario, ese tal jamás haría cosa de provecho. Vale más que, lleno siempre de ánimo, se exponga uno a que no le salgan bien la mitad de sus empresas, que no el que lleno siempre de miedo y sin emprender cosa jamás, no tenga mal éxito en nada. Aun hay más: que si uno porfía contra lo que otro dice y no da por su parte una razón convincente que asegure su parecer, este no se expone menos a errar que su contrario, pues corren los dos parejas en aquello. Soy de opinión que ningún hombre mortal es capaz de dar un expediente que nos asegure de lo que ha de suceder. En suma, la fortuna por lo común se declara a favor de quien se expone a la empresa, y no de quien en todo pone reparos y a nada se atreve. ¿Ves a qué punto de poder ha llegado felizmente el imperio de los persas? Pues dígote que si los reyes mis predecesores hubieran pensado como tú, o al menos se hubieran dejado regir por unos consejeros de tu mismo humor, jamás vieran el estado tan floreciente y poderoso. Pero ellos se arrojaron a los peligros, y su osadía engrandeció el imperio; que con grandes peligros se acaban las grandes empresas. Émulo yo, pues, de sus proezas, emprendo la expedición en la mejor estación del año; yo, conquistada toda la Europa, daré la vuelta sin haber experimentado en parte alguna los rigores del hambre, sin haber sentido desgracia ni disgusto alguno. Nosotros, por una parte, llevamos mucha provisión de bastimentos, y por otra tendremos a nuestra disposición el trigo de las provincias y naciones adonde entráremos; que por cierto no vamos a guerrear contra unos pueblos nómadas, sino contra pueblos labradores».
LI. Después de este debate movió otro Artabano. «Señor, le dice, ya que no dais lugar al miedo, ni queréis que yo se lo dé, seguid siquiera mi consejo en lo que voy a añadir, pues como son tantos los negocios, es preciso que sea mucho lo que haya que decir. Ya sabéis que Ciro, hijo de Cambises, fue quien con las armas hizo tributaria de los persas a toda la Jonia, menos a los atenienses. Soy de parecer que en ninguna manera conviene que llevéis en vuestra armada a los jonios contra su madre patria, pues sin ellos bien podremos ser superiores a nuestros enemigos. Una de dos, señor; o han de ser ellos una gente la más perversa si hacen esclava a su madre patria, o la más justa si procuran su libertad. Poco vamos a ganar en que sean unos malvados; pero si quisieren obrar como hombres de bien, muy mucho serán capaces de incomodarnos y aun de perder vuestra armada. Bueno será, pues, que hagáis memoria de un proverbio antiguo y verdadero, que “hasta el fin no se canta victoria”».
LII. «Artabano, le responde Jerjes, de cuanto hasta aquí has filosofado en nada te alucinaste más que en ese tu temor de que los jonios puedan volverse contra nosotros. A favor de su fidelidad tenemos una prueba la mayor, de la cual eres tú mismo buen testigo, y pueden serlo juntamente los que siguieron a Darío contra los escitas; pues sabemos que en mano de ellos estuvo el perder o salvar todo aquel ejército, y que dieron entonces muestra de su hombría de bien y de su mucha lealtad no dándonos nada que sentir. Además, ¿qué novedades han de maquinar ellos dejando ahora en nuestro poder y dominio a sus hijos, a sus mujeres y a sus bienes? Déjate ya de temer tal cosa, guarda en todo buen ánimo; ve y procura cuidar bien de mi palacio y de mi reino, que a ti solo fío yo la regencia de mis dominios».