LIII. Así dijo, y enviando a Susa a Artabano, convoca segunda vez a los grandes de la Persia, a quienes reunidos habló de esta conformidad: «El motivo que para juntaros aquí he tenido, nobles y magnates, ha sido el exhortaros a que continuéis en dar pruebas de vuestro valor, no degenerando de hijos de aquellos persas que tantas y tan heroicas proezas hicieron, sino mostrando cada uno de por sí y todos en común vuestros ánimos y bríos varoniles. La gloria y provecho de la victoria que vamos a lograr será común a todos: esto me mueve a encargaros que toméis con todo empeño esta guerra, pues vamos a hacerla contra unos enemigos, a lo que oigo decir, valientes, a quienes si venciéremos, no nos restará ya nación en el mundo que se atreva, a salir en campaña contra nosotros. Ahora, pues, con el favor de los dioses tutelares de la Persia e implorada su protección, pasemos hacia la Europa».
LIV. Aquel día lo emplearon en disponerse para el tránsito: al día siguiente esperaban que saliera el sol, al cual querían ver salido antes de emprender el paso, ocupados entretanto en ofrecerle encima del puente toda especie de perfumes, cubriendo y adornando con arrayanes todo aquel camino. Empieza a dejarse ver el sol, y luego Jerjes, haciendo al mar con una copa de oro sus libaciones, pide y ruega al mismo tiempo a aquel su dios que no le acontezca ningún encuentro tal, que le obligue a detener el curso de sus victorias antes de haber llegado a los últimos términos de la Europa. Acabada la súplica, arrojó dentro del Helesponto, juntamente con la copa, una pila de oro y un alfanje persa llamado acinaces. No acabo de entender si estos dones echados al agua los consagró en honor del sol, o si, arrepentido de haber mandado azotar al Helesponto, los ofreció al mar a fin de aplacarle.
LV. Acabada esta ceremonia religiosa, empezó a desfilar el ejército: la infantería y toda la caballería por el puente que miraba hacia el Ponto, y por el que estaba a la parte del Egeo los bagajes y gente de la comitiva.[190] Iban en la vanguardia diez mil persas, todos ellos con sus coronas, y después les seguían los cuerpos de todas aquellas tan varias naciones sin separación alguna. Estos fueron los que pasaron aquel primer día: al siguiente fueron los primeros en verificarlo los caballeros y los que llevaban sus lanzas inclinadas hacia abajo, coronados también todos ellos: pasaban después los caballos sagrados y el carro sacro, al que seguía el mismo Jerjes y los alabarderos y los mil soldados de a caballo, después de los cuales venía lo restante del ejército. Al mismo tiempo fueron pasando las galeras de una a otra orilla; si bien a alguno he oído decir que el rey pasó el último de todos.
LVI. Pasado Jerjes a la Europa, estuvo mirando desfilar a su ejército compelido de los oficiales con el azote en la mano, paso en que se emplearon siete días enteros con sus siete noches, sin parar un instante solo. Dícese que después que acabó Jerjes de pasar el Helesponto, exclamó uno de los del país: «¡Oh Zeus! ¿A qué fin tú ahora en forma de persa, tomado el nombre de Jerjes en lugar del de Zeus, quieres asolar a la Grecia conduciendo contra ella todo el linaje humano, pudiendo por ti solo dar en el suelo con toda ella?»
LVII. Pasado ya todo el ejército, al ir a emprender la marcha, sucedioles un portento considerable, si bien en nada lo estimó Jerjes, y eso siendo de suyo de muy fácil interpretación. El caso fue que de una yegua le nació una liebre, se ve cuán natural era la conjetura de que en efecto conduciría Jerjes su armada contra la Grecia con gran magnificencia y jactancia, pero que volvería pavoroso al mismo sitio y huyendo más que de paso de su ruina. Y no fue solo este prodigio, pues otro le había ya acontecido hallándose en Sardes, donde una mula parió otra, y esta monstruo hermafrodita, con las naturas de ambos sexos, estando la de macho sobre la de hembra.
LVIII. Jerjes, sin atender a ninguno de los dos prodigios, continuaba su camino conduciendo consigo el ejército. La armada naval, fuera ya del Helesponto, navegaba costeando la tierra con dirección contraria a las marchas del ejército, dirigiendo el rumbo a poniente hacia el promontorio Sarpedonio, donde tenía orden de hacer alto. El ejército marchaba por el Quersoneso hacia levante, dejando a la derecha el sepulcro de Hele, hija de Atamante, y a la izquierda la ciudad de Cardia.[191] Pero después de atravesar por medio de cierta ciudad llamada Ágora, torció hacia el golfo Melas, como se llama, y al río llamado también Melas, cuyos raudales no fueron bastantes para satisfacer al ejército y quedaron agotados. Y habiendo vadeado dicho río, del cual toma su nombre aquel seno, dirigiose a poniente, y pasada Eno, ciudad de los eolios, como también la laguna Estentórida, continuó su viaje hasta Dorisco.
LIX. Es Dorisco una gran playa de la Tracia, término de una vasta llanura por donde corre el gran río Hebro,[192] sobre el cual está fabricada una fortaleza real, a la que llaman Dorisco, en donde había una guarnición de persas colocada allí por Darío desde cuando hizo allí su jornada contra los escitas. Pareciéndole, pues, a Jerjes que el lugar era a propósito para la revista y reseña de sus tropas, empezó a ordenarlas allí y a contarlas. Y habiendo llegado asimismo a Dorisco todas las naves por orden de Jerjes, arrimáronlas los capitanes a la playa inmediata a Dorisco, donde están Sale, ciudad de los Samotracios, y Zona, terminando en Serreo, promontorio bien conocido; lugar que pertenecía antiguamente a los cicones.[193] En esta playa, pues, arrimadas las naves y sacadas después a la orilla, respiraron los marineros por todo aquel tiempo en que Jerjes pasaba revista a sus tropas en Dorisco.
LX. No puedo en verdad decir detalladamente el número de gente que cada nación presentó, no hallando hombre alguno que de él me informe. El grueso de todo el ejército en la reseña ascendió a un millón y setecientos mil hombres; el modo de contarlos fue singular: juntaron en un sitio determinado diez mil hombres apiñados entre sí lo más que fue posible y tiraron después una línea alrededor de dicho sitio, sobre la cual levantaron una pared alrededor, alta hasta el ombligo de un hombre. Salidos los primeros diez mil, fueron después metiendo otros dentro del cerco, hasta que así acabaron de contarlos a todos, y contados ya, fuéronlos separando y ordenando por naciones.
LXI. Los pueblos que militaban eran los siguientes: Venían los persas propios llevando en sus cabezas unas tiaras, como se llaman, hechas de lana no condensada a manera de fieltro; traían apegadas al cuerpo unas túnicas con mangas de varios colores, las que formaban un coselete con unas escamas de hierro parecidas a las de los pescados;[194] cubrían sus piernas con largas bragas; en vez de escudos usaban de gerras; traían astas cortas, arcos grandes, saetas de caña y colgadas sus aljabas, y de la correa o cíngulo les pendían unos puñales hacia el muslo derecho. Llevaban al frente por general a Ótanes, padre de Amestris, la esposa de Jerjes. Estos pueblos eran en lo antiguo llamados por los griegos los cefenes, y se daban ellos mismos el nombre de arteos. Pero después que Perseo, hijo de Dánae y de Zeus, pasó a casa de Cefeo, hijo de Belo, y casó con la hija de este, llamada Andrómeda, como tuviese en ella un hijo, le puso el nombre de Persa y lo dejó allí en poder de Cefeo, quien no había tenido la suerte de tener prole masculina. De este Persa tomaron, pues, el nombre aquellos pueblos.
LXII. Venían también los medos armados del mismo modo, pues aquella armadura es propia en su origen de los medos y no de los persas. El general que los conducía era Tigranes, príncipe de la familia de los Aqueménidas. Eran estos pueblos en lo antiguo llamados generalmente arios, pero después que Medea desde Atenas pasó a los arios, también estos mudaron el nombre, según refieren los mismos medos. Los cisios,[195] excepto en las mitras que llevaban en lugar de tiara a manera de sombrero, en todo lo demás de la armadura imitaban a los persas: su general era Anafes, hijo de Ótanes. Los hircanios, armados del mismo modo que los persas, eran conducidos por Megapano, el mismo que fue después virrey de Babilonia.