Los generales de Darío principian a conquistar varias plazas en Europa. — Costumbres de los tracios. — Traslación de los peonios al Asia. Véngase Alejandro de los embajadores persas enviados a Macedonia. — Política de Darío con Histieo, señor de Mileto. Sublévanse los jonios contra los persas por instigación de Histieo y Aristágoras, y piden socorro a los atenienses: situación de estos, sus guerras y revoluciones. Muerte de Hiparco, tirano de Atenas y expulsión de su hermano Hipias: los lacedemonios tratan de favorecer a este para recobrar el dominio de Atenas, pero se opone el corintio Sosicles refiriendo el origen de la tiranía en su patria y los males que acarreaba en ella. Irritado Hipias incita a los persas contra los atenienses, y Aristágoras por su parte persuade a estos que se alíen con los jonios contra los persas. — Ataque e incendio de Sardes por los griegos coligados. — Jura Darío vengarse de ellos, y sus generales principian a sujetar varios pueblos de los insurgentes.
I. Los primeros a quienes avasallaron a la fuerza las tropas persianas dejadas por Darío en Europa al mando de su general Megabazo, fueron los perintios, que rehusaban ser súbditos del persa y que antes habían ya tenido mucho que sufrir de los peonios, habiendo sido por estos completamente vencidos con la siguiente ocasión: Como hubiesen los peonios, situados más allá del río Estrimón, recibido un oráculo de no sé qué dios, en que se les prevenía que hicieran una expedición contra los de Perinto,[1] y que en ella les acometieran en caso de que estos, acampados, les desafiaran a voz en grito, pero que no les embistieran mientras los enemigos no les insultasen gritando, ejecutaron puntualmente lo prevenido; pues atrincherados los perintios en los arrabales de su ciudad, teniendo enfrente el campo de los peonios, hiciéronse entre ellos y sus enemigos tres desafíos retados de hombre con hombre, de caballo con caballo, y de perro con perro. Salieron vencedores los perintios en los dos primeros, y al tiempo mismo que alegres y ufanos cantaban victoria con su himno Peán, ofrecióseles a los peonios que aquella debía ser la voz de triunfo del oráculo, y diciéndose unos a otros: «el oráculo se nos cumple, esta es ocasión, acometámosles», embistieron con los enemigos en el acto mismo de cantar el Peán, y salieron tan superiores de la refriega, que pocos perintios pudieron escapárseles con vida.
II. Y aunque tal destrozo hubiesen experimentado ya de parte de los peonios, no por eso dejaron de mostrarse después celosos y bravos defensores de su independencia contra el persa, quien al cabo los oprimió con la muchedumbre de su tropa. Una vez que Megabazo hubo ya domado a Perinto, iba al frente de sus tropas corriendo la Tracia, domeñando las gentes y ciudades todas que en ella había y haciéndolas dóciles al yugo del persa en cumplimiento de las órdenes de Darío, que le había encargado su conquista.
III. Los tracios de que voy a hablar son la nación más grande y numerosa de cuantas hay en el orbe,[2] excepto solamente la de los indios, de suerte que si toda ella fuese gobernada por uno, o procediese unida en sus resoluciones, sobre ser invencible, sería capaz de vencer por la superioridad de sus fuerzas a todas las demás naciones; ahora por cuanto esta unión de sus fuerzas les es, no difícil, sino del todo imposible, viene a ser un pueblo débil y desvalido. Por más que cada uno de los pueblos de que la nación se compone tenga sus propios nombres en sus respectivos distritos, tienen sin embargo todos unas mismas leyes y costumbres, salvo los getas, los trausos y los que moran más allá de los crestoneos.
IV. Llevo dicho de antemano qué modo de vivir siguen los getas atanizontes (o defensores de la inmortalidad). Los trausos, si bien imitan en todo las costumbres de los demás tracios, practican no obstante sus usos particulares en el nacimiento y en la muerte de los suyos;[3] porque al nacer alguno, puestos todos los parientes alrededor del recién nacido, empiezan a dar grandes lamentos, contando los muchos males que le esperan en el discurso de la vida, y siguiendo una por una las desventuras y miserias humanas; pero al morir uno de ellos, con muchas muestras de contento y saltando de placer y alegría, le dan sepultura, ponderando las miserias de que acaba de librarse y los bienes de que empieza a verse colmado en su bienaventuranza.
V. Los pueblos situados más arriba de los crestoneos practican lo siguiente: Cuando muere un marido, sus mujeres, que son muchas para cada uno, entran en gran contienda, sostenidas con empeño por las personas que les son más amigas y allegadas, sobre cuál entre ellas fue la más querida del difunto. La que sale victoriosa y honrada con una sentencia en su favor, es la que, llena de elogios y aplausos de hombres y mujeres, va a ser degollada por mano del pariente más cercano sobre el sepulcro de su marido, y es a su lado enterrada, mientras las demás, perdido el pleito, que es para ellas la mayor infamia, quédanse doliendo y lamentando mucho su desventura.
VI. Otro uso tienen los demás tracios: el de vender sus hijos al que se los compra, para llevárselos fuera del país. Lejos de tener guardadas a sus doncellas, les permiten tratar familiarmente con cualquiera a quien les dé gana de usar licenciosamente, a pesar de ser ellos sumamente celosos con sus esposas, de cuyos padres suelen comprarlas a precio muy subido. Estar marcados es entre ellos señal de gente noble; no estarlo es de gente vil y baja. La mayor honra la ponen en vivir sin fatiga ni trabajo alguno, siendo de la mayor infamia el oficio de labrador: lo que más se estima es el vivir de la presa, ya sea habida en guerra o bien en latrocinio. Estas son sus costumbres más notables.
VII. No reconocen otros dioses[4] que Ares, Dioniso y Artemisa, si bien es verdad que allí los reyes, a diferencia de los otros ciudadanos, tienen a Hermes una devoción tan particular, que solo juran por este dios, de quien pretenden ser descendientes.
VIII. En los entierros la gente rica y principal tiene el cadáver expuesto por espacio de tres días, durante los cuales, sacrificando todo género de víctimas y plañiendo antes de ir a comer, hacen con ellas sus convites: después de esto dan sepultura al cadáver, o quemándolo o enterrándolo solamente. Después de haber levantado sobre él un túmulo de tierra, proponen toda suerte de certamen fúnebre, destinando los mayores premios a los que salen victoriosos en la monomaquia, o duelo singular.
IX. Muy vasta y despoblada debe de ser, según parece, aquella región que está del otro lado del Istro; por lo menos solo he podido tener noticia de ciertos pueblos que más allá moran, llamados siginas, quienes visten con el ropaje de los medos. De los caballos de aquel país dícese que son tan vellosos, que por lodo su cuerpo llevan cinco dedos de pelo, que son chatos y tan pequeños que no pueden llevar un hombre a cuestas, aunque son muy ligeros uncidos al carro, por lo que los naturales se valen mucho de ellos para sus tiros. Los límites de dichos pueblos tocan con los enetos, situados en las costas del mar Adriático, y colonos de los medos, según ellos se dicen, de quienes no alcanzo a fe mía cómo puedan serlo, si bien veo que con el largo andar del tiempo pasado, todo cabe que haya acaecido.[5] Lo que no tiene duda es, que los ligures situados sobre Masalia llaman siginas a los revendedores, y los de Chipre dan el mismo nombre a los dardos.