X. Al decir los tracios que del otro lado del Istro no puede penetrarse tierra adentro por estar el país hirviendo en abejas, paréceme que no hablan con apariencia siquiera de verdad, no siendo para los climas fríos aquella especie de animales.[6] Mi juicio es que el norte, por exceso de frío, es inhabitable. Esto es cuanto se dice de la región de Tracia, cuyas costas y comarca marítima iba Megabazo agregando a la obediencia del persa.
XI. Luego que Darío pasado velozmente el Helesponto llegó a Sardes, hizo memoria así del servicio que había recibido de Histieo, señor de Mileto, como del aviso que Coes de Mitilene le había dado. Llamados, pues, los dos a su presencia, díjoles que pidiera cada uno la merced que más quisiera. No pidió Histieo el dominio de alguna ciudad, puesto que tenía ya el de Mileto, pero sí pretendió que se le diera un lugar de los edonos llamado Mircino[7] para fundar allí una colonia. Pero Coes, no siendo todavía señor de ningún estado, sino mero particular, pidió y obtuvo el dominio de Mitilene. Así que los dos salieron contentos de la corte, lograda la gracia que habían pretendido.
XII. Vínole a Darío en voluntad, por un espectáculo que se le presentó casualmente estando en Sardes, el ordenar a Megabazo que apoderado de los peonios los trasplantase de Europa al Asia. Después que Darío estuvo de vuelta en Asia, dos peonios, llamados el uno Pirges y el otro Manties, llevados de la ambición de lograr el dominio sobre sus ciudadanos, pasaron a Sardes, llevando en su compañía a una hermana, mujer de buen talle y estatura bizarra, y al mismo tiempo muy linda y vistosa. Como observasen en Sardes que Darío solía dejarse ver en público sentado en los arrabales de la ciudad, echaron mano de un artificio para su intento. Vestida la hermana del mejor modo que pudieron, enviáronla por agua con su cántaro en la cabeza, con el ronzal del caballo en el brazo conduciéndolo a beber, y con su rueca y copo de lino hilando al mismo tiempo. La ve pasar Darío, y mucho le sorprende lo nuevo del espectáculo, mirando en lo que ella hacía, que ni era mujer persa,[8] ni tampoco lidia, ni menos hembra alguna asiática. Picado, pues, de la curiosidad, manda a algunos de sus alabarderos que vayan y observen lo que con su caballo iba a ejecutar aquella mujer. Ella, en llegando al río, abreva primero su caballo, llena luego su cántaro y da la vuelta por el mismo camino con el cántaro encima de la cabeza, con el caballo tirado del brazo, y con los dedos moviendo el huso sin parar.
XIII. Admirado Darío, así de lo que oía de sus exploradores como de lo que él mismo estaba viendo, da orden luego de que se la hagan presentar. Los hermanos de ella, como quienes allí cerca observaban lo que iba pasando, comparecen ante Darío luego que la ven conducida a su presencia. Pregunta el rey de qué nación era la mujer, y dícenle los dos jóvenes que eran peonios de nación, y que aquella era su hermana. Tórnales Darío a preguntar qué nación era la de los peonios, y dónde estaba situada, y con qué mira o motivo habían ellos venido a Sardes: responden que habían ido allí con ánimo de entregarse a su arbitrio soberano; que la Peonia, región llena de ciudades, caía cerca del río Estrimón, el cual no estaba lejos del Helesponto, y que los peonios eran colonos de Troya. Esto punto por punto respondieron a Darío, el cual les vuelve a preguntar si eran allí todas las mujeres tan hacendosas y listas como aquella; y ellos, que le vieron picar en el cebo que adrede le habían prevenido, respondieron al instante que todas eran así.
XIV. Escribe, pues, entonces Darío a Megabazo, general que había dejado en Tracia, una orden en que le mandaba ir a sacar a los peonios de su nativo país y hacérselos conducir a Sardes a todos ellos con sus hijos y mujeres. Parte luego un posta a caballo corriendo hacia el Helesponto, pasa al otro lado del estrecho y entrega la carta a Megabazo, quien no bien acaba de leerla, cuando toma conductores naturales de Tracia y marcha con sus tropas hacia la Peonia.
XV. Habiendo sido avisados los peonios de que venían marchando contra ellos las tropas persas, juntan luego sus fuerzas, y persuadidos de que el enemigo los acometería por las costas del mar, acuden hacia ellas armados. Estaban en efecto prontos y resueltos a no dejar entrar el ejército de Megabazo; el daño estuvo en que, informado el persa de que juntos y apostados en las playas querían impedirle la entrada, sirviose de los guías que llevaba para mudar de marcha, y tomó por la vía de arriba hacia la Peonia. Con esto los persas, sin ser sentidos de los peonios, se dejaron caer de repente sobre sus ciudades, de las cuales, hallándolas vacías de hombres que las defendiesen, se apoderaron con facilidad y sin la menor resistencia. Apenas llegó a noticia de los peonios salidos a esperar al enemigo que sus ciudades habían sido sorprendidas, cuando luego separados fueron cada cual a la suya y se entregaron todos a discreción y al dominio del persa. Tres pueblos de los peonios, a saber, el de los siriopeones, el de los peoples y el de los vecinos de la laguna Prasíade, sacados de sus antiguos asientos, fueron trasportados enteramente al Asia.
XVI. Pero a los demás peonios, los que moran cerca del monte Pangeo, los doberes, los agrianes, los odomantos[9] y los habitantes en la misma laguna Prasíade, no los subyugó de ningún modo Megabazo, por más que a los últimos procuró rendirles sin llevarlo a cabo, lo cual pasó del siguiente modo. En medio de dicha laguna vense levantados unos andamios o tablados sostenidos sobre unos altos pilares de madera bien trabados entre sí, a los cuales se da paso bien angosto desde tierra por un solo puente. Antiguamente todos los vecinos ponían en común los pilares y travesaños sobre que carga el tablado; pero después, para irlos reparando, hanse impuesto la ley de que por cada una de las mujeres que tome un ciudadano (y cada ciudadano se casa con muchas mujeres), ponga allí tres maderos, que acostumbran acarrear desde el monte llamado Orbelo. Viven, pues, en la laguna, teniendo cada cual levantada su choza encima del tablado donde mora de asiento, y habiendo en cada choza una puerta pegada al tablado que da a la laguna: para impedir que los niños, resbalando, no caigan en el agua, les atan al pie cuando son pequeños una soga de esparto. Dan a sus caballos y a las bestias de carga pescado en vez de heno;[10] pues es tan grande la abundancia que tienen de peces, que solo con abrir su trampa y echar al agua su espuerta pendiente de una soga, pronto la sacan llena de pescado, del cual dos son las especies que hay; a los unos llaman pápraces y a los otros tilones.
XVII. Eran entretanto conducidos al Asia los peonios de que se había apoderado Megabazo. Transportados aquellos infelices prisioneros, escoge Megabazo los siete persas más principales que en su ejército tenía, y que a él solo le eran inferiores en grado y reputación, y los envía por embajadores a Macedonia, destinados al rey de ella, Amintas, con el encargo de pedirle la tierra y el agua para el rey Darío, pues tal es la forma del homenaje entre los persas. Muy breve es realmente el camino que hay que pasar yendo desde la laguna Prasíade a la Macedonia, pues dejando la laguna, lo primero que se halla es la famosa mina que algún tiempo después no redituaba menos de un talento de plata diario al rey Alejandro,[11] y pasada la mina, solo con atravesar el monte llamado Disoro, nos hallamos ya en Macedonia.
XVIII. Luego que los embajadores persas enviados a Amintas[12] llegaron a presencia de este, cumpliendo con su comisión, pidiéronle con su fórmula de homenaje que diese la tierra y el agua al rey Darío, a quien no solo convino Amintas en prestar obediencia, sino que hospedó públicamente a los enviados, preparándoles un magnífico banquete con todas las demostraciones de amistad y confianza. Al último del convite, cuando se habían sacado ya los vinos a la mesa, los persas hablaron a Amintas en esta conformidad: «Uso y moda es, amigo macedonio, entre nosotros los persas, que al fin de un convite de formalidad vengar a la sala y tomen a nuestro lado asiento nuestras damas, no solo las concubinas, sino también las esposas principales con quienes siendo doncellas casamos en primeras nupcias. Ahora, pues, ya que nos recibes con tanto agrado, nos tratas con tanta magnificencia, y lo que es más, entregas al rey nuestro amo la tierra y el agua, razón será que quieras seguir nuestro estilo tratándonos a la persa». «En verdad, señores míos, les responde Amintas, que nosotros no lo acostumbramos así, no por cierto; antes el uso es tener en otra pieza bien lejos del convite a nuestras mujeres,[13] pero pues que las echáis de menos, vosotros, que sois ya nuestros dueños, quiero que también en esto seáis luego servidos». Así dijo Amintas, y envía al punto por las princesas, las cuales llamadas, entran en la sala del convite y toman allí asiento por su orden enfrente de los persas. Al ver presentes aquellas bellezas, dicen a Amintas los embajadores que no andaba a la verdad muy discreto en lo que con ellas hacía, pues mucho más acertado fuera que no viniesen allí las mujeres, que no dejarlas sentarse al lado de ellos una vez venidas al convite, pues el verlas fronteras era quererles dar con ellas en los ojos, que es lo que más irrita los afectos. Forzado, pues, Amintas, manda a las mujeres que se sienten al lado de los persas, quienes habiendo ellas obedecido, no supieron contener sus manos con la licencia que les daba el vino, sino que las llevaron a los pechos de las damas, y no falló entre ellos quien se desmandase en la lengua.
XIX. Estábalo Amintas mirando quieto, por más que lo mirase de mal ojo, aturdido de miedo del gran poder de los persas. Hallábase allí presente su hijo Alejandro, príncipe joven, no hecho a disimular para acomodarse al tiempo, quien siendo testigo ocular de aquella infamia de su real casa, de ninguna manera quiso ni pudo contenerse. Penetrado, pues, de dolor y vuelto a su padre: «Mejor será, padre mío, le dice, que tengáis ahora cuenta de vuestra avanzada de edad; idos por vida vuestra a dormir, sin tomaros la larga molestia de esperaros a que esos señores se levanten de la mesa, pues aquí me quedo yo hasta lo último para servir en todo a nuestros huéspedes». Amintas, que desde luego dio en que su hijo Alejandro, llevado del ardor de su juventud, podría pensar en obrar como quien era y como pedía su honor, replicole así: «Mucho será, hijo mío, que me engañe, pues leo en tus ojos encendidos y estoy viendo en esas tus cortadas palabras, que con la mira de intentar algún fracaso me pides que me retire. No, hijo mío; por Dios te pido que, si no quieres perdernos a todos, nada intentes contra esos hombres. Ahora importa sufrir disimulando, presenciar lo que no puede mirarse y coser los labios. Por lo que me pides, me retiro sin embargo, y quiero en ello complacerte».