XX. Después que Amintas, dados estos avisos, salió de la pieza, vuelto Alejandro a los persas: «Aquí tenéis, amigos, les dice, esas mujeres a vuestro talante, o bien queráis estar con todas ellas, o bien escoger las que mejor os parezcan; que esto pende de vuestro arbitrio. Entretanto, señores, lo mejor fuera, pues me parece hora de levantarnos de la mesa, mayormente viéndoos ya hartos de esas copas, que esas mujeres con vuestra buena gracia pasaran al baño, y luego de lavadas y aseadas, volvieran otra vez para haceros buena compañía». Dicho esto, a lo cual accedieron los persas con mucho gusto y aplauso, haciendo Alejandro que salieran las mujeres, las envió a su departamento particular. Él entretanto parte luego, y cuantas eran las mujeres, otros tantos donceles o mancebos escoge en palacio, todos sin pelo de barba; disfrázales con el mismo traje y gala de aquellas, les da a cada uno su daga, y los conduce dentro de la sala de los persas, a quienes al entrar con ellos habló en estos términos: «Paréceme, señores míos, que hemos hecho nuestro deber en daros un cumplido convite, al menos con cuanto teníamos a mano y con cuanto hemos podido hallar; con todo, digo, os hemos procurado regalar y servir como era razón. Mas para coronar la fiesta, queremos echar el resto: aquí os entregamos, a discreción y a todo vuestro placer, nuestras mismas madres y hermanas. Bien echaréis de ver en esto que sabemos serviros y queremos respetaros como pide vuestro valor, y con toda verdad podréis decir después al soberano, que el rey de Macedonia, príncipe griego, su feudatario y subalterno, os agasajó como correspondía en la mesa y en el lecho». Al hacer este cumplido, iba Alejandro con sus mancebos macedonios y hacía sentar uno disfrazado de mujer al lado de cada persa. Por abreviar, luego que los persas iban a abusar de dichos jóvenes, los cosían ellos con su daga.
XXI. Por fin concluyó la fiesta en que los persas, y toda la comitiva de sus criados, quedaron allí para no volver jamás, pues los carruajes que les habían seguido, los servidores con su bagaje y aparato entero, todo en un punto desapareció. No pasó mucho tiempo después de este atentado de Alejandro,[14] sin que los persas del ejército hiciesen las más vivas diligencias en busca de sus embajadores; pero el joven príncipe supo darse tan buena maña, que por medio de grandes sumas logró sobornar al persa Búbares, caudillo de los que venían en busca de los enviados, dándole asimismo por esposa a una princesa real hermana suya, por nombre Gigea. Así murieron los embajadores persas, y así se echó una losa encima de su muerte para que no se hablase más de ella.
XXII. Estos reyes macedonios, descendientes de Pérdicas,[15] pretenden ser griegos, y yo sé muy bien que realmente lo son; pero lo que insinúo aquí, lo haré después evidente con lo que referiré de propósito a su tiempo y lugar.[16] Además, es este ya asunto decidido por los presidentes de los juegos de Grecia que en Olimpia se celebran; porque, como deseoso Alejandro en cierta ocasión de concurrir a aquel público certamen, hubiese bajado a la arena con esta mira y pretensión, los aurigas sus competidores en la justa le quisieron excluir poniéndole tacha y diciendo que no eran aquellas fiestas para unos antagonistas bárbaros, sino únicamente para competidores griegos. Pero como probase Alejandro ser de origen argivo, fue declarado en juicio griego, y habiendo entrado en concurso con los demás en la carrera del estadio, su nombre salió el primero en el sorteo, juntamente con el de su antagonista.
XXIII. Volviendo a Megabazo, llegó entretanto al Helesponto, llevando consigo a sus prisioneros de la Peonia, y pasando de allí al Asia, se presentó en Sardes. Por este mismo tiempo estaba Histieo el milesio levantando una fortaleza en el sitio llamado Mircino, que está cerca del río Estrimón, y que en premio de haber conservado el puente de barcas sobre el Istro, como dijimos, había obtenido de Darío. Había visto por sus propios ojos Megabazo lo que Histieo iba haciendo, y apenas llegó a Sardes con los peonios, habló así al mismo Darío: «Por Dios, señor, ¿qué es lo que habéis querido hacer dando terreno en Tracia y licencia para fundar allí una ciudad a un griego, a un bravo oficial y a un hábil político? Allí hay, señor, mucha madera de construcción, allí mucho marinero para el remo, allí mucha mina de plata; mucho griego vive en aquellos contornos y mucho bárbaro también, gente toda, señor, que si logra ver a su frente a aquel jefe griego, obedecerle ha ciegamente noche y día en cuanto les ordene. Me tomo la licencia de deciros que procuréis que él no lleve a cabo lo que está ya fabricando, si queréis precaver que no os haga la guerra en casa: puede hacerse la cosa con disimulo y sin violencia alguna, como vos le enviéis orden de que se presente, y una vez venido hagáis de modo que nunca más vuelva allá, ni se junte con sus griegos».
XXIV. Viendo, pues, Darío que las razones de Megabazo eran providencias discretas de un político sagaz y prevenido en lo futuro, se persuadió fácilmente con ellas, y por un mensajero que destinó a Mircino hizo decir de su parte a Histieo: «El rey Darío me dio para ti, Histieo, este recado formal:[17] “Habiéndolo pensado mucho, no hallo persona alguna que mire mejor que tú por mi corona, cosa que tengo más experimentada con hechos positivos que crecida por buenas razones. Y pues estoy ahora meditando un gran proyecto, quiero que vengas luego sin falta a estar conmigo para poderte dar cuenta cara a cara de lo que pienso hacer”». Con esta orden Histieo se fue luego hacia Sardes, bien persuadido por una parte de que eran sinceras dichas expresiones, y por otra muy satisfecho y ufano de verse consejero de Estado elegido por el rey. Habiéndose, pues, presentado a Darío, hablole este en tales términos: «Voy a decir claramente, Histieo, por qué motivo te he llamado u mi corte. Quiero, pues, que sepas, amigo, que lo mismo fue volverme de la Escitia y retirarte tú de mi presencia, que sentir luego en mí un vivo deseo de tenerte cerca de mi persona, y poder libremente comunicar contigo todas mis cosas, tanto, que empecé al punto a echar de menos tu compañía, sabiendo que no hay bien alguno que pueda compararse con la dicha de lograr por amigo y apasionado a un hombre sabio y discreto: estas dos prendas bien sé que posees en mi servicio, y nadie mejor testigo de ellas que yo mismo. De ti he de merecer, amigo, que te dejes por ahora de Mileto, ni pienses en nuevas ciudades de Tracia. Vente en mi compañía a mi corte de Susa, disfruta conmigo a tu placer de todos mis bienes y regalos, siendo mi comensal y consejero».
XXV. Así le habló Darío, y dejando en Sardes por virrey a Artafrenes, su hermano de parte de padre, dirigiose luego a Susa, llevando en su corte a Histieo. Al partir nombró asimismo por general de las tropas que dejaba en los fuertes de las costas a Ótanes, hijo de Sisamnes, uno de los jueces regios a quien, por haberse dejado sobornar en una sentencia inicua, había mandado degollar Cambises, y no satisfecho con tal castigo, cortando por su orden en varias correas el cuero adobado de Sisamnes, había hecho vestir con ellas el mismo trono en que fue dada aquella sentencia: además, en lugar del ajusticiado, degollado y rasgado Sisamnes, había Cambises nombrado por juez a Ótanes, su hijo, haciéndole subir sobre aquellas correas a tan fatal asiento, con el triste recuerdo que al mismo tiempo le hizo, de que siempre tuviera presente el tribunal en que estaba sentado cuando diera sus sentencias.
XXVI. Este mismo Ótanes, que antes había sido colocado en aquella funesta silla de juez regio, elegido entonces por sucesor de Megabazo en el mando de general, rindió al frente de sus tropas a los bizantinos y calcedonios, tomó la plaza de Antandro, situada en el territorio de Tróade, y conquistó a Lamponio.[18] Con la armada naval que le dieron los lesbios, apoderose de Lemnos y de Imbros, islas hasta entonces ocupadas de los pelasgos.
XXVII. Porque si bien es verdad que los lemnios, haciendo al enemigo una resistencia muy vigorosa, se defendieron muy bien por algún tiempo, con todo vinieron al cabo a ser arruinados y deshechos. Los persas victoriosos señalaron por gobernador de los que en Lemnos habían sobrevivido a su ruina, a Licareto, hermano de aquel célebre Menandrio que había sido señor de Samos; y como gobernador de Lemnos, Licareto acabó allí sus días ...[19] La causa que contra este (Ótanes) se intentaba, era porque prendía indistintamente y asolaba todo el país: a unos acusaba de haber sido desertores del ejército en sus marchas contra los escitas; a otros de haber perseguido las tropas de Darío en su retirada y vuelta de la Escitia. Tales eran las tropelías que había cometido Ótanes siendo general.
XXVIII. Hubo después, aunque duró poco, algún descanso y sosiego, porque dos ciudades de Jonia, la de Naxos y la de Mileto, como contaré después, dieron de nuevo principio a los males y calamidades. Era Naxos por una parte la isla que por su riqueza y poder descollaba sobre las otras asiáticas, y por otra veíase Mileto en aquella época en el mayor auge de poder que jamás hubiese logrado, viniendo a ser como la reina y capital de toda la Jonia, a cuya prosperidad llegó después de haberse visto tiempos atrás, cerca de dos generaciones antes, en el estado más deplorable a causa de sus partidos y sediciones, hasta tanto que los parios, a quienes había elegido Mileto entre todos los griegos por árbitros y conciliadores, lograron restituir en ella la concordia y el buen orden.
XXIX. Tomaron los parios un expediente para sosegar aquellos disturbios, pues venidos a la ciudad de Mileto los sujetos más acreditados de Paros, como viesen que en ella andaba todo sin orden, así los hombres como las cosas, dijeron desde luego que por sí mismos querían ir a visitar lo restante de aquel estado y señorío. Al hacer su visita discurriendo por todo el territorio de Mileto, apenas daban con una posesión bien cultivada en aquellas campiñas, que por lo común estaban muy descuidadas, tomaban por escrito el nombre de su dueño. Acabada ya la visita de aquel país, donde pocos fueron los campos que hallaron bien conservados y florecientes, y estando ya de vuelta en la ciudad, reunieron un congreso general del estado, y en él declararon por gobernadores y magistrados de la república a los particulares cuyas heredades habían encontrado bien cultivadas, dando por razón de su arbitrio que aquellos sabrían cuidar del bien público como habían sabido cuidar del propio: a los demás ciudadanos de Mileto, a quienes antes se les pasaba todo en partidos y tumultos, precisóseles a que estuvieran bajo la obediencia de aquellos buenos padres de familia. Con esto los parios pusieron en paz a los milesios, restituyendo a la ciudad el buen orden y concierto.