LXXXIII. Estos eran los generalísimos de todo el ejército de tierra, exceptuados empero los diez mil persas escogidos a quienes mandaba Hidarnes, hijo de Hidarnes. Llamábanse estos persas los Inmortales, porque si fallaba alguno de dicho cuerpo por muerte o por enfermedad, otro hombre entraba luego a suplir el lugar vacante, de suerte que nunca eran ni más ni menos de diez mil persas. Su uniforme era de todos el más vistoso, y ellos los mejores y más valientes. Su armadura era la que dejo antes descrita, y a más de ella se distinguían por la gran cantidad de oro de que iban adornados. Seguíales la comitiva de muchas carrozas y en ellas sus concubinas, y una gran compañía de criados con vistosas libreas. Sus bastimentos, separados de las vituallas del ejército, eran conducidos por camellos y otros bagajes.
LXXXIV. Todas las naciones dichas suelen servir en la caballería, pero no todas iban montadas, sino solo las que voy a decir. Los persas militaban a caballo con las mismas armas que usaba su infantería; solo que algunos llevaban unos yelmos hechos de bronce y de hierro.
LXXXV. Hay, a más de estos, ciertos pastores llamados sagartios que, hablando la lengua de los persas, usan un traje medio entre el de estos y el de los pactias. Componían, pues, aquellos un cuerpo de 8000 caballeros, si bien, según su uso, no llevaban armas ni de bronce ni de hierro, salvo su puñal. Sus armas eran unos ramales hechos de correas, con los cuales entraban animosos en batalla, en la cual suelen pelear en esta forma: métense entre los enemigos y les echan sus ramales que en la extremidad tienen ciertos lazos; al infeliz que enlazan, sea hombre, sea caballo, lo arrastran hacia ellos, y enredado de cerca le matan. Tal es el modo que tienen de pelear, y son contados entre la milicia de los persas.
LXXXVI. Iguales armas que la infantería usaban los medos y también los cisios de a caballo. Los indios, armados asimismo como sus infantes, peleaban cada uno, o desde su montura, o desde sus carros tirados por caballos o por asnos silvestres. Los jinetes bactrianos iban armados como los peones, no menos que los caspios e igualmente que los libios, quienes venían todos montados en sus carros: los caballeros caspios y paricanios usaban también las armas de sus peones: los árabes, si bien eran semejantes en la armadura a los de a pie, venían sobre sus camellos que no ceden en ligereza a los caballos.
LXXXVII. Servían únicamente en la caballería estas naciones, cuyo número subía a 80.000, exceptuados los carros y los camellos. Todos los que a caballo servían, estaban distribuidos en sus respectivos escuadrones; pero los árabes ocupaban aparte el último lugar, por cuanto los caballos no pueden sufrir la compañía de los camellos, y así para que estos no les espantasen venían los postreros.
LXXXVIII. Eran generales de la caballería los dos hijos de Datis, el uno Harmamitras y el otro Titeo, habiendo quedado enfermo en Sardes el tercer general, Farnuques, quien al partir de aquella ciudad tuvo una sensible desgracia. Sucedió que al montar a caballo pasó un perro por debajo del vientre de este; el caballo, que no lo había visto venir, se espantó, y empinándose de repente, arrojó a Farnuques. De la caída se le originó un vómito de sangre que al cabo vino a parar en una tisis. Sus criados en el acto hicieron con el caballo lo que su amo les mandó, llevándolo al mismo lugar en donde arrojó al señor y cortándole las piernas hasta las rodillas. Por este accidente perdió Farnuques su mando de general.
LXXXIX. El total de las galeras subía a 1207, las que venían suministradas por las naciones siguientes: Con 300 concurrían los fenicios, juntamente con los sirios de la Palestina, quienes armaban sus cabezas con unos yelmos muy semejantes a los de los griegos; cubrían su pecho con unos petos de lino, llevaban unos dardos y escudos sin marco en su contorno. Tenían estos fenicios en lo antiguo, conforme dicen, su asiento en el mar Eritreo, de donde pasaron a vivir en las costas de la Siria, cuya región y todo lo que hasta el Egipto se extiende se llama Palestina. Con 200 galeras concurrían los egipcios, que llevaban en sus cabezas unos capacetes tejidos, unos escudos cóncavos con grandes cercos que los rodeaban, unas lanzas náuticas y unas enormes segures. Completaban su armadura unos grandes sables que llevaba el mayor número de ellos, cubiertos también con sus coseletes.
XC. Venían armados a su modo los chipriotas con 130 naves: sus reyes llevaban atados a la cabeza unos turbantes o mitras; los otros traían túnicas, y en lo demás imitaban la armadura griega. Sus pueblos, parte son oriundos de Salamina y de Atenas, parte de la Arcadia, parte de Citnos, parte de la Fenicia y parte de la Etiopía, según los mismos chipriotas nos refieren.
XCI. Los cilicios daban por su parte 100 naves, y traían armadas las cabezas con celadas de su país; en vez de escudos usaban adargas hechas de cuero crudo de los bueyes; vestían túnicas de lana; llevaba cada uno dos dardos y una espada parecida a las de Egipto. Estos pueblos en los tiempos antiguos se llamaban hipaqueos, y después tomaron el nombre que tienen de un fenicio llamado Cilix, que era hijo de Agénor. Presentaban los panfilios 30 naves y usaban de armadura griega, siendo descendientes de ciertos griegos que, después de la guerra de Troya, se separaron de los demás en compañía de Anfíloco y Calcante.
XCII. Con 50 naves venían los licios, armados de petos y botines; tenían arcos de cuerno, saetas de caña sin alas, dardos, y además hoces y puñales; llevaban, pendientes de los hombros, unas pieles de cabra, y en sus cabezas unos sombreros coronados con plumajes. Los licios, originarios de Creta, se llamaban antes térmilas, y tomaron su nuevo nombre de Lico, hijo de Pandión, natural de Atenas.