XCIII. Los dorios del Asia, que iban armados a lo griego, siendo colonos del Peloponeso, venían con 30 galeras. Con 70 se presentaron los carios, armados en lo demás como los griegos, solo que tenían sus hoces y dagas. Llevo ya dicho en lo que antes escribí cómo se llamaban anteriormente tales pueblos.[203]
XCIV. Contribuían con 100 galeras a la armada los jonios, apercibidos y armados como los griegos. Estos pueblos todo el tiempo que habitaron el Peloponeso en la región que al presente se llama Acaya, lo que sucedió antes que Dánao y Juto viniesen a dicho Peloponeso, se llamaban pelasgos egialeos (de la plaga), si estamos a lo que dicen los griegos; pero después, del nombre de Ion, hijo de Juto, se llamaron jonios.
XCV. Los isleños, armados al modo griego, presentaron 17 galeras;[204] eran estos asimismo de nación pelásgisca, y se llamaron jonios por la misma razón que las doce ciudades, pero jonios venidos de Atenas. Concurrían los eolios con 60 galeras y con las armas a la griega; los cuales, según es tradición de los griegos, llevaban también en lo antiguo el nombre de pelasgos. Los helespontios, excepto los de Abido, a quienes había el rey mandado que sin dejar su país tomasen a su cargo la guardia del puente; los restantes pueblos, digo, de los costas del Helesponto, armados al par de los griegos como colonos de los dorios y jonios, se presentaron con 100 naves.
XCVI. En todas las galeras dichas iba tropa de persas, de medos y de sacas para los combates. Las naves más listas y ligeras eran las de los fenicios, y entre estas con especialidad la de los sidonios. Así para estas naves, como para las tropas de tierra, cada nación había enviado sus respectivos jefes, de los cuales no haré particular mención, por no pedirlo necesariamente el designio de mi historia. Ellos eran tantos, en efecto, cuantas eran las ciudades que enviaban su contingente; pero no todos tenían mérito particular que los haga dignos de memoria, mayormente no concurriendo en calidad de comandantes sino de meros vasallos, pues tengo ya dicho quiénes eran los persas que tenían toda la autoridad como generales de cada la nación.
XCVII. Los caudillos de la armada naval eran Ariabignes, hijo de Darío; Prexaspes, hijo de Aspatines; Megabazo, hijo de Megabates; y Aquemenes, hijo de Darío. De la armada jónica y cariana era jefe Ariabignes, a quien tuvo Darío en una hija de Gobrias; de la egipcia lo era Aquemenes, por parte de padre y madre hermano de Jerjes; del resto de la armada lo eran los otros dos. El número de los triecónteros (naves de 30 remos), de pentecónteros (de 50 remos), de cércuros (naves de carga) y de barcas largas para el trasporte de la caballería, parece que era de tres mil bastimentos.
XCVIII. Los sujetos de mayor nombre después de los generales que venían embarcados eran el sidonio Tetramnesto, hijo de Aniso; el tirio Matén, hijo de Siromo; el aradio Mérbalo, hijo de Agbalo; el cilicio Siénesis, hijo de Oromedonte;[205] el licio Cibernisco, hijo de Sica; los dos chipriotas Gorgo, hijo de Quersis, y Timonacte, hijo de Timágoras, y tres carios, Histieo, hijo de Timnes, Pigres, hijo de Hiseldomo, y Damasitimo, hijo de Candaules.
XCIX. Y si bien no me miro obligado a hacer mención de los otros jefes, la haré con todo de Artemisia, mujer que siguió la expedición contra la Grecia, cuyo valor me tiene lleno de admiración. Muerto su marido, siendo ella la soberana de su ciudad, y viendo que su hijo era niño todavía, por más que no la llamase obligación precisa, no le sufrió con todo su honor y ánimo varonil el no concurrir a la guerra. Llamábase Artemisia, hija de Lígdamis, por parte de padre, natural de Halicarnaso, y de Creta por parte de madre: era señora de los halicarnasios, de los de Cos, de los de Nísiros y de los de Calidna;[206] y concurrió con cinco galeras que eran las más famosas de la armada después de las sidonias: ella fue la que dio al rey los más acertados pareceres entre los de todos los aliados. La gente de las ciudades que ella, según dije, gobernaba, noto aquí que era toda dórica, pues los halicarnasios son oriundos de Trecén, y los restantes de Epidauro. Y baste ya lo referido acerca de la armada naval.
C. Hecho el cómputo de las tropas y distribuidas estas en escuadrones, tuvo Jerjes la curiosidad de contemplarlas pasando revista a todas ellas, lo cual así ejecutó. En su carro iba recorriendo cada nación, y plantado delante de ella hacía sus preguntas, las cuales iban notando sus escribanos: hízolo de este modo empezando por un cabo y acabando por el otro, tanto de la caballería como de la infantería. Después de verificada esta diligencia, como las galeras de nuevo hubiesen sido echadas al agua, dejando Jerjes su carro, se embarcó en una nave sidonia, y sentado en ella bajo un pabellón de oro, iba corriendo por delante de las proas de las galeras informándose de cada una y tomando las respuestas por escrito, del mismo modo que en el ejército de tierra. A este fin habían apartado sus galeras los capitanes cosa de cuatro pletros (400 pasos) de la orilla, y vueltas las proas a tierra habían formado una línea de frente, armados en ellas todos los combatientes en orden de batalla; de suerte que por entre las naves y la playa iba Jerjes haciendo la revista.
CI. Acabada ya la reseña de las galeras, saltó Jerjes de su nave e hizo comparecer a Demarato, hijo de Aristón, que le acompañaba en la expedición contra la Grecia, y puesto en su presencia, hablole en estos términos: «Mucho gusto tendría ahora, Demarato, en que me respondieras a una pregunta que hacerte quiero. A lo que tú mismo dices y a lo que me aseguran los griegos que se han presentado en mi corte, tú eres griego y natural de una ciudad que ni es la menor, ni la menos poderosa de la Grecia. Quiero, pues, que me digas si tendrán valor los griegos para venir a las manos conmigo. Dígolo porque estoy persuadido de que ni todos los griegos, ni todos los demás hombres del occidente, por más que se juntaran en un ejército, serían capaces de hacerme frente en campo de batalla, no yendo acordes entre ellos mismos. Mucha complacencia tendré, pues, en oír sobre esto tu parecer». Esta fue la pregunta de Jerjes, y tal la respuesta de Demarato: «Señor, le dice: ¿queréis que os diga la verdad desnuda, o que la disfrace con la lisonja?». A lo que respondió Jerjes mandándole decir la verdad, asegurándole que por ella nada perdería de su gracia.
CII. Con esta seguridad en la fe de Jerjes, continuó Demarato: «Pues que mandáis, señor, que hable francamente y os diga la verdad, yo os la diré de manera que no daré lugar a que después de esto me cojáis en mentira. La Grecia, señor, es una nación criada siempre sin lujo y con pobreza, pero hecha a la virtud, fruto de la sabiduría y de la severa disciplina. Con la misma virtud que practica remedia su pobreza y se defiende de la servidumbre. Tal elogio debo darlo a todos los griegos que moran cerca de la región y países dóricos; pero no hablaré ahora de todos ellos, sino solamente de los lacedemonios. Y en primer lugar digo que de ningún modo cabe que den oídos a nuestras pretensiones, encaminadas a quitar la libertad a la Grecia, de suerte que aunque todos los demás griegos os presten vasallaje, ellos solos saldrán a recibiros con las armas en la mano. Ni os toméis el trabajo de preguntarme acerca del número de ellos para saliros al encuentro, porque tened por sabido que si constare su ejército de mil hombres, con mil os darán la batalla; si menos fueren, con menos os la darán, y si fueren más, serán más los que la presenten».