CXLIII. Había entre los atenienses un sujeto que poco antes había empezado a ser tenido por uno de los políticos de más alta reputación, por nombre Temístocles, hijo de Neocles. Decía este insigne varón, que los intérpretes no daban de lleno en el blanco del oráculo, y alegaba que si aquel verso recayera de algún modo contra los atenienses, no se explicara el oráculo con tanta blandura, antes bien dijera ¡oh fatal Salamina!, en vez de decir ¡oh Salamina la fausta!, puesto que los moradores debiesen perecer cerca de ella, y que tomando el vaticinio por el verso que les convenía, la verdad era que aquel oráculo lo había dado Dios contra los enemigos y no contra los de Atenas.

Con estas razones aconsejaba Temístocles a sus conciudadanos que se dispusiesen para una batalla naval, creyendo que esto significaba el muro de madera. Este parecer de Temístocles hizo que los atenienses tuvieran por mejor lo que él les decía, que no lo que juzgaban los demás consultores, quienes no convenían en que se preparasen para dar la batalla de mar, antes pretendían que dependiese toda su salud de no levantar ni un dedo contra el persa, sino de abandonar el Ática o irse a vivir a otra región.

CXLIV. Antes de este parecer, había dado ya Temístocles otro que en las circunstancias actuales fue un arbitrio muy oportuno, había sucedido que teniendo los atenienses mucho dinero público, producto sacado de las minas de Laurion, y estando ya para repartirlo a razón de diez minas por cada uno, supo persuadirles Temístocles que, dejado aquel reparto, prefiriesen hacer con aquel dinero 200 naves para la guerra que traían con los de Egina. Y en efecto, emprendida ya dicha guerra, fue la salud de la Grecia, por haberse visto obligados en ella los atenienses a hacerse una potencia marítima, habiendo sucedido la cosa de manera que aquellas naves, sin servir al fin para que se habían fabricado, pudieron ser muy del caso a la Grecia en la ocasión presente. Ni se contentaban los atenienses con las naves ya hechas, sino que al mismo tiempo iban fabricando otras en sus astilleros, puesto que habían determinado, después de recibido aquel oráculo, salir al encuentro al bárbaro que contra ellos venía, embarcados todos juntos con los demás griegos que quisiesen seguirles, persuadidos de que en aquello obedecían al dios Apolo. He aquí lo tocante a los oráculos dados a los de Atenas.

CXLV. En un congreso general de los griegos en que se juntaron los diputados de los pueblos que seguían el partido más sano,[226] después de haber conferenciado entre sí y asegurádose mutuamente con la fe pública, en las sesiones que luego tuvieron, parecioles que lo que más convenía ante todas cosas era reconciliar los ánimos de todos aquellos que entonces estaban haciéndose entre sí la guerra; porque a más de la que se hacían los atenienses y los de Egina, no faltaban algunos otros pueblos que ya habían empezado sus hostilidades, si bien eran las de los atenienses las que más sobresalían. Después de este acuerdo, oyendo decir que Jerjes con su ejército se hallaba ya en Sardes, resolvieron enviar al Asia menor exploradores que revelasen de cerca las cosas de aquel soberano; despachar embajadores a Argos para ajustar una alianza contra el persa; otros a Sicilia para negociar con Gelón, hijo de Dinómenes; otros a Corcira para animar a aquellos isleños al socorro de la Grecia, y otros finalmente a Creta; todo con la mira de ver si sería posible hacer una liga de la nación griega en que todos los pueblos quisiesen ir a una contra aquel enemigo común, que a todos venía a embestirles. Y por lo que mira a Gelón, la fama hacía tan grandes sus fuerzas que de mucho las anteponía a todas las demás de los griegos.

CXLVI. Tomadas dichas resoluciones y ajustadas entre ellos las desavenencias, lo primero que por obra pusieron fue enviar al Asia tres exploradores, quienes llegados a Sardes y bien enterados de lo que al ejército del rey concernía; como hubiesen sido sentidos y descubiertos, fueron puestos a cuestión de tormento y encarcelados por los generales de la infantería, que los condenaron a muerte. Llegado el asunto a oídos de Jerjes, mereció tal sentencia la indignación del soberano, quien al punto, enviando allá algunos de sus alabarderos, dio la orden de que si hallaban vivos aquellos espías, los condujeran a su presencia. Quiso la suerte que no se hubiera aún ejecutado la sentencia, y fueron con esto conducidos delante del rey; y como él les preguntase a qué fin habían venido, oída la respuesta, mandó a sus alabarderos que los guiasen y mostrasen todas sus tropas así de a pie como de a caballo, y que habiéndolas contemplado a todo su placer y gusto, les dejasen ir libres y salvos a donde quiera que intentasen partir.

CXLVII. Y la razón que dio Jerjes de ordenarlo así fue, que si perecían aquellos exploradores, sucedería que ni supieran los griegos de antemano que él viniese con un ejército mayor de lo que creerse podía, ni sería grande el perjuicio que recibieran sus enemigos con la muerte de tres hombres solos; pero que si volvían estos a la Grecia, añadía, tenía por cierto que los griegos, sabedores antes de su llegada de cuán grandes eran sus fuerzas, cederían a las pretensiones de su misma libertad y lograría con esto sujetarles sin la fatiga de pasar allá con sus tropas. Este modo de pensar es conforme a lo que en otra ocasión resolvió Jerjes, cuando hallándose en Abido vio que bajaban por el Helesponto unos bastimentos cargados de trigo que desde el Ponto llevaban a Egina y al Peloponeso. Apenas oyeron los oficiales de su comitiva que aquellas eran naves enemigas, disponíanse para salir a la presa clavando en el rey los ojos a ver si luego se lo mandaba. Preguntoles entonces Jerjes a dónde iban aquellos bastimentos; y los oficiales: «Van, señor, le respondieron, a nuestros enemigos con esa provisión de trigo». «Pues ¿no vamos nosotros, replicó Jerjes, al mismo lugar que ellos, abastecidos de víveres y mayormente de trigo? ¿Qué injuria nos hacen con trasportar esos bastimentos?». Volviendo, pues, a los exploradores, después que todo lo registraron, puestos en libertad, regresaron a Europa.

CXLVIII. Los griegos confederados contra el persa, después de vueltos ya los exploradores, enviaron segunda vez embajadores a Argos. Cuentan los argivos que supieron desde el principio los preparativos del bárbaro contra la Grecia, y como entendiesen y tuviesen por seguro que los griegos les convidarían a la alianza contra el persa, enviaron a Delfos diputados para saber del oráculo qué era lo que mejor les estaría en aquellas circunstancias; que el motivo que a ello les impulsó fue ver que acababan de perder seis mil ciudadanos que habían perecido a manos de los lacedemonios capitaneados por Cleómenes, hijo de Anaxándridas; y que la Pitia dio esta respuesta a sus consultores: «¡Oh tú, odiado de tus vecinos, querido del alto cielo, quédate cauto dentro tu recinto; guarda bien tu cabeza que ha de salvar tu cuerpo!». Tal fue la respuesta que les dio la Pitia, según después los diputados a su regreso entrados en el Senado les dieron cuenta de las órdenes que de allá traían; y con todo respondieron los de Argos a la propuesta hecha por los griegos, que entrarían en la liga con dos condiciones: una la de hacer la paz por treinta años con los lacedemonios; otra que se les diera por mitad el imperio de todo el ejército aliado, pues por más que en todo rigor de justicia les tocase el imperio total de las tropas,[227] con todo se contentaban con solo la mitad del mando.

CXLIX. Esta respuesta, dicen los de Argos, dio su Senado, no obstante que el oráculo les prohibiera entrar en liga contra los griegos; de suerte que en medio del temor que les causaba el oráculo, querían hacer seriamente un tratado de paz por treinta años, con la mira de que creciera entretanto hasta la edad varonil su juventud. Dan por razón de estas pretensiones que no querían exponerse a quedar en lo porvenir por vasallos de los lacedemonios, como era de temer que sucediese, si antes de concertar aquella suspensión de armas con ellos, se les añadiera a las desgracias anteriores algún nuevo tropiezo en la guerra contra el persa. Añaden que los embajadores de Esparta respondieron en su Senado, que por lo tocante al tratado de paz darían parte a su república; pero que acerca del mando del ejército, venían ya con el encargo de responder, en nombre de los espartanos, que estos tenían sus dos reyes, no teniendo sino uno los de Argos; que no era posible despojar del imperio a ninguno de los dos, y que ellos no se opondrían a que el rey de Argos tuviese un poder y mando igual al de los suyos.[228] Por estas razones, añaden los argivos que, no pudiendo sufrir la insolencia y soberbia de los espartanos, antes quisieron ser gobernados de los bárbaros que ceder en nada a los lacedemonios, y que en fuerza de esta resolución, intimaron a los embajadores que antes de ponerse el sol saliesen de los dominios de Argos, pues de otra manera les mirarían como enemigos.

CL. He aquí cuanto refieren los argivos sobre este caso; pero corre por la Grecia otra historia, a saber, que Jerjes, antes de emprender la expedición contra ellos, envió un heraldo a la ciudad de Argos, quien llegado allá les habló en estos términos: «Caballeros argivos, mándame el rey Jerjes que os diga de su parte lo siguiente: Nosotros los persas vivimos en la inteligencia de que Perses, de quien somos descendientes, era hijo de Perseo, el hijo de Dánae, y que Perses tuvo por madre a Andrómeda, la hija de Cefeo; de donde venimos nosotros a ser descendientes vuestros. Siendo pues así, no será razón ni que hagamos nosotros la guerra contra nuestros primogenitores, ni que vosotros, confederados con los demás, seáis contrarios nuestros. Vuestro deber será manteneros quietos y neutrales, pues si el negocio me saliese como deseo y espero, sabed que a nadie pienso hacer mayores mercedes que a vosotros». Dícese, pues, que tal propuesta ni la oyeron los argivos de mala gana, ni les pareció digna de desprecio; si bien nada ajustaron en el momento con el persa, ni entraron en pretensión alguna; pero cuando los griegos los solicitaron para la liga, bien persuadidos de que los lacedemonios no vendrían en concederles el mando de las tropas, pretendieron entonces parte del mismo pretexto de que se valieron para mantenerse quietos y neutrales.

CLI. No faltan griegos que en confirmación de lo referido cuentan otra historia, que pasó muchos años después, de esta manera: Dicen que sucedió hallarse en Susa la memnonia los embajadores de Atenas, Calias, el hijo de Hipónico, y los que en su compañía habían subido a aquella corte encargados de un negocio diferente del que traían otros embajadores enviados allí por los de Argos; que estos preguntaron a Artajerjes, hijo y sucesor de Jerjes, si subsistía aún en su vigor la paz y amistad que tenían ellos concertada con Jerjes, o si les miraba ya como enemigos, y que les respondió el rey Artajerjes que en verdad quedaba el tratado en su vigor, y tanto que a ninguna ciudad miraba él por más amiga de la corona que a la de Argos.