CLII. Pero no me atrevo a asegurar si Jerjes envió o no a Argos al tal heraldo con aquella embajada, ni si hicieron dicha pregunta a Artajerjes los embajadores de los argivos subidos a Susa, ni diré sobre ello otra cosa diferente de la que refieren los mismos argivos. Sé decir únicamente que si salieran a plaza todos los hombres cargados con sus males a cuestas, con la mira de trocar su hatillo con el de otro, echando cada cual los ojos y mirando los males de su vecino, tornarían a toda prisa a cargar con sus mismas alforjas, y se volverían con ellas de mil amores a su propia casa. De donde digo que no hay por qué notar con particular infamia a los argivos. Por lo que a mí toca, miro como un deber de referir lo que se dice, pero no de creerlo todo; y quiero que esta mi prevención valga en toda mi historia, ya que corre también otra voz que los argivos fueron los que llamaron al persa contra la Grecia, por haberles salido muy mal la guerra contra los lacedemonios, queriendo vengarse por cualquier vía de sus enemigos, antes que sufrir la pena de verse sujetados y vencidos.
CLIII. Y con esto llevo ya dicho lo que a los argivos pertenece. Por lo que mira a Sicilia, a más de los embajadores enviados a negociar con Gelón de parte de los confederados, fue destinado al mismo fin Siagro en nombre de los lacedemonios. Para decir algo de Gelón, es de saber que uno de sus abuelos, colono y morador en Gela, fue natural de la isla de Telos, situada cerca del Triopio;[229] a este quisieron tener consigo los lindios oriundos de Rodas, cuando fundaron a Gela juntamente con Antifemo. Andando después el tiempo, sucedió que sus descendientes vinieron a perpetuar en aquella familia el sacerdocio de las diosas infernales, cuyos hierofantes eran, desde que uno de ellos, por nombre Telines, se posesionó de aquel ministerio del modo siguiente: Avino que unos ciudadanos de Gela vencidos en cierta discordia y sedición, huyendo de su patria, pasaron a Mactorio, ciudad situada sobre Gela. Telines, sin el socorro de tropas, armado solamente con el aparato y monumentos sagrados de aquellas diosas,[230] logró restituir a Gela aquellos fugitivos. No sabré decir en verdad quién fue el que le dio aquellos misterios y ceremonias, o de qué manera llegaron a sus manos: sé tan solo que lleno de confianza en ellas obtuvo la vuelta de los desterrados, con el pacto y condición de que en el porvenir debiesen ser sus descendientes hierofantes o sacerdotes de dichas diosas. Lo que de cierto no deja de causarme mucha admiración, es oír que saliese con tal empresa un hombre como Telines, pues fue una de aquellas hazañas que no son para cualquiera, sino propias de un político de talento y soldado de valor; siendo así que Telines, según es fama entre los vecinos de Sicilia, lejos de tener ninguna de estas dos prendas, era naturalmente hombre afeminado y cobarde y dado a las delicias. En resolución, este fue el modo con que obtuvo aquella dignidad.
CLIV. Muerto ya Cleandro, hijo de Pantares, al cual, después de siete años de dominio o tiranía en Gela, quitó la vida Sabilo de Gela, se apoderó del mando de la ciudad Hipócrates, hermano del difunto Cleandro. En el reinado de Hipócrates, como Gelón, descendiente del hierofante Telines, hubiese sido uno de los que mucho se distinguieron en valor y prendas, en las que otros particularmente lucían, y en especial Enesidemo, hijo de Pateco y alabardero de Hipócrates, no pasó mucho tiempo sin que por su virtud y mérito fuera aquel nombrado general de caballería. Bien merecido tenía Gelón el empleo, porque sitiando Hipócrates a los calipolitas, a los naxios, a los zancleos, a los leontinos, a los siracusanos,[231] y además de estos a muchos de los bárbaros, en todas estas guerras había hecho brillar muy particularmente su valor y habilidad. Y en efecto, ninguna de las ciudades que acabo de citar pudo librarse de caer en manos de Hipócrates, si no es la de los siracusanos, y aun estos, derrotados y vencidos por él cerca del río Eloro, necesitaron de los ciudadanos de Corinto y de Corcira para librarse de su dominio, y se libraron por medio de un ajustamiento, en fuerza del cual obligáronse los siracusanos a entregar a Hipócrates la ciudad Camarina,[232] plaza ya que de tiempos antiguos les pertenecía.
CLV. Después de la muerte de Hipócrates, cuyo reinado duró los mismos años que el de su hermano Cleandro, habiéndole sobrevenido el fin de sus días cerca de la ciudad de Hibla,[233] en la expedición que hacía contra los sículos o antiguos sicilianos, Gelón, so color de volver por Euclides y Cleandro, hijos del difunto Hipócrates, a quienes sus ciudadanos no querían reconocer por señores, dio una batalla y venció en ella a los de Gela. Esta victoria le dio lugar a salir con sus verdaderos intentos, apoderándose del señorío y despojando de él a los hijos de Hipócrates. Después de logrado este lance, sucediole otro igual: los gamoros siracusanos,[234] que eran los poseedores de los campos, habiendo sido arrojados de la ciudad por la violencia de la plebe y de sus mismos esclavos, nombrados los cilirios, llamaron en su ayuda a Gelón, quien queriéndolos restituir desde la ciudad de Casmena a la de Siracusa, logró apoderarse de esta plaza, pues la plebe de los siracusanos al venir Gelón se la entregó, entregándose igualmente a sí misma.
CLVI. Viéndose ya Gelón dueño de Siracusa, empezó a contar menos con Gela, que tenía bajo su dominio, el que encargó a su hermano Hierón, quedándose con el mando de aquella, poniendo en ella toda su afición, sin haber para él otra cosa que Siracusa. Con este favor del soberano, se vio desde luego crecer la ciudad y subir como la espuma, así pasando a ella todos los vecinos de Camarina, a los que arruinó, dándoles la naturaleza y derechos de siracusanos, como por haber practicado otro tanto con más de la mitad de los moradores de Gela. Hizo más aún, pues habiéndosele entregado los megarenses, colonos en Sicilia a quienes tenían sitiados, entresacó los más ricos, que por haber sido los motores de la guerra contra él mismo temían de él su ruina y muerte, y lejos de castigarles, trasladándolos a Siracusa, los alistó por sus ciudadanos. No lo hizo empero así con el bajo pueblo de los megarenses, al cual, transportado a Siracusa, por más que no tuviese culpa alguna en aquella guerra, ni temiese en nada del vencedor, vendió Gelón por esclavo, con la expresa condición de que hubiese de ser sacado de Sicilia, tomando entrambas resoluciones por la máxima en que estaba de que el pueblo bajo era malo para vecino.
CLVII. Con estas artes y mañas vino Gelón a ser un gran señor o tirano. Entonces, pues, llegados a Siracusa los embajadores de la Grecia y admitidos a la audiencia de Gelón, le hablaron así: «Aquí venimos, oh Gelón, enviados de los lacedemonios, de los atenienses y de sus aliados, para convidarte a entrar en la liga contra el bárbaro. Sin duda tendrás entendido cómo el persa viene a invadir la Grecia, habiendo construido un puente sobre el Helesponto, y conduciendo desde el Asia todas las fuerzas de levante para hacer la guerra a los griegos. El pretexto de la expedición es la venganza contra Atenas; sus miras son la conquista de la Grecia toda, que pretende avasallar. De ti quisiéramos, oh Gelón, puesto que es mucho el poder que tienes, poseyendo no pequeña porción de la Grecia, como príncipe y gobernador que eres de Sicilia, que te unieras para el socorro con los libertadores de la patria, y por tu parte la libraras de la opresión. Bien ves que coligada toda la Grecia vendrá a componer un grande ejército capaz de hacer frente en campo de batalla a sus invasores; pero si una parte de los griegos se dan a partido; si otra no quiere salir a la defensa con sus socorros; si en fuerza de esto fuera muy corta la porción sana de los que sienten bien, corre toda la Grecia el mayor peligro de venir a caer de su estado y libertad. Ni debes lisonjearte de que si uno por uno nos avasallare en la batalla el persa victorioso, no vendrá en derechura contra tu persona. Lo mejor es que de antemano te pongas a cubierto de sus tiros: unido a nuestra causa, defenderás la tuya. Basta ya, pues no ignoras que por la ley ordinaria el buen éxito de un negocio depende del buen consejo previo».
CLVIII. Así se explicaron: tomó la mano Gelón, y habloles así con mucha fuerza y libertad: «Maravíllome, señores griegos, de que con esa proposición atrevida o insolente tengáis ahora la osadía de exhortarme a entrar en liga contra el bárbaro. ¿No os acordáis acaso de lo que conmigo hicisteis, cuando antes os pedí socorro contra un ejército de bárbaros, hallándome empeñado en la guerra con los cartagineses; cuando os insté otra vez con muchas veras a tomar venganza de los egesteos por la muerte dada a Dorieo, el hijo de Anaxándridas;[235] cuando os ofrecí concurrir con mis tropas a libertar y hacer francos aquellos puertos y emporios de donde sacáis vosotros grandes provechos y ventajas? ¿No os acordáis, repito, que ni os dignasteis de venir en mi socorro, ni de vengar la muerte de Dorieo? Todo esto de Sicilia, por lo que a vosotros toca, señores míos, pudieran ya poseerlo los bárbaros a su salvo: gracias a la buena suerte y a mi desvelo, que no nos salió mal el negocio, antes bien mejoramos de suerte. Ahora que la rueda de la fortuna os amenaza en casa con la guerra, al cabo os acordáis de Gelón. Yo por más que me vi antes desatendido y despreciado de vosotros, no imitaré vuestra conducta volviéndoos la vez: no haré tal, antes por el contrario estoy pronto a socorreros, ofreciendo daros 200 galeras armadas, 200.000 infantes de tropa reglada, 2000 soldados de a caballo, 2000 ballesteros, 2000 honderos y 2000 batidores jinetes a la ligera:[236] aún más, oblígome a dar a todo el ejército griego el trigo que durante la guerra necesitare. Pero bien entendido que todo ello ha de ser con la condición de que sea yo el general y conductor de los griegos contra el bárbaro; que de otra suerte, protesto que ni concurirré yo mismo, ni enviaré allá tropa alguna».
CLIX. Siagro que esto oía, no pudo sufrirlo con paciencia, sin que respondiera en esta conformidad: «¡Pardiez!, si tal oyera el generalísimo Agamenón, aquel hijo de Pélope, ¿no daría un gran gemido, bañado en lágrimas su rostro, viendo a sus espartanos despojados de su imperio por Gelón y por los siracusanos? Gelón, no vuelvas a tomar en boca esa demanda pretendiendo que te demos el mando del ejército. Si quieres socorrer a la Grecia, puedes hacerlo, bien entendido que deberás estar a las órdenes de los lacedemonios; y si te desdeñas de obedecernos, está muy bien; no vengas en socorro nuestro». Como oyese Gelón tal respuesta, y viese tan mal recibida su demanda, replicó por fin en estos términos:
CLX. «Amigo espartano, eso de echar en cara a un hombre honrado tantas desvergüenzas suele despertar y encender en todos la cólera, aunque tú con esa insolencia que conmigo usas no has de poder tanto que me fuerces a perderte el respeto que tú no has sabido guardarme. Solo te diré que si estáis tan hechos y asidos vosotros con el imperio, por buena razón puedo yo estarlo más, pues soy general de un ejército mayor y de una escuadra más numerosa. Con todo, ya que se os hace tan ardua y tan cuesta arriba mi primera propuesta, voy a bajar algo y ceder de mi pretensión: pido para mí el mando por mar si vosotros lo tuviereis por tierra; yo me contento de mandar por tierra si mejor os viniese mandar en los mares. Esta es mi última resolución; escoged, o contentaros con lo que os digo, o despediros sin esperar tener tales y tan poderosos aliados».
CLXI. Tal fue el partido que Gelón les propuso: previniendo el enviado de Atenas la respuesta del de Lacedemonia, replicole en esta forma: «A vos, señor rey de los siracusanos, nos envió la Grecia, no para pediros un general, sino un ejército. Cerrándoos con decir que no lo enviaréis a menos de no capitanear en persona a la Grecia, mostráis bien claro lo mucho que deseáis veros con el mando de ella y con el bastón de general. Al oír nosotros los enviados de Atenas vuestra demanda primera tocante al imperio total de los griegos, tuvimos por bien de no hablar palabra, bien creídos de que el laconio solo sería bastante para volver por su causa y por la nuestra igualmente. Mas ahora que vos, rechazado de la pretensión del mando universal, entráis en la demanda de ser el jefe de la escuadra, queremos sepáis bien que ni aun en el caso de que el laconio os lo conceda, convendremos nosotros en ello, pues nuestro es el imperio del mar si los lacedemonios no se lo toman, pues a ellos solos lo cederemos si gustaren de tenerlo; fuera de ellos, a nadie del mundo sufriremos por nuestro almirante. Porque ¿de qué nos sirviera poseer una marina superior a la de los demás griegos, si cediéramos el mando de las escuadras a los siracusanos, siendo nosotros los atenienses la nación más antigua de la Grecia, siendo a más de esto los únicos griegos nunca vagabundos en busca de nuevas colonias, siendo un pueblo de quien hace el poeta Homero un insigne elogio, diciendo que de Atenas fue al Ilión el hombre más hábil de todos en formar las filas y gobernar un ejército, para que se vea que no nace de arrogancia lo que a nuestro favor decimos?».