CLXII. «¿Sabes lo que puedo decirte, amigo ateniense?, respondió Gelón: que según parece, teniendo vosotros muchos que manden, no tendréis a quien mandar. Ahora, pues, ya que sin ceder nada lo queréis todo para vosotros, tomad al punto la vuelta a casa, y acordaos de decir a la Grecia que ella quiere pasar el año sin gozar de la primavera». Y lo que Gelón quiso con aquella expresión significar bien se deja entender haber sido, que como el tiempo mejor del año es el de la primavera, así la flor de los griegos era su propio ejército; por donde privándose la Grecia de las tropas auxiliares de Gelón, acudía este a la comparación de que era aquello como querer quitar al año la florida primavera.

CLXIII. Sucedió, pues, que embarcados ya los embajadores griegos para la Grecia, después de estas conferencias, Gelón, receloso por una parte de que no tendrían los griegos fuerzas bastantes para vencer al bárbaro, y no pudiendo por otra sufrir la mengua y desdoro de obedecer a los lacedemonios, siendo soberano de Sicilia, en caso de pasar con sus tropas al Peloponeso, dejando este medio, echó mano de otro más seguro.[237] Apenas oyó decir que el persa ya había pasado el Helesponto, despachó luego con tres galeotas o pentecónteros para Delfos a Cadmo, hijo de Escites, y natural de Cos, bien provisto de dinero y encargado de una embajada muy atenta. Mandole que esperase el éxito de la batalla, y si el bárbaro salía con la victoria, que le regalase en su nombre aquel dinero y le entregase el reino de Gelón, dándole la tierra y el agua; pero si salían victoriosos los griegos, que diese la vuelta a Sicilia.

CLXIV. Era este Cadmo un hombre tal, que habiendo heredado de su padre el principado de Cos, quieto a la sazón y pacífico sin peligro de mal alguno, él, con todo, de su voluntad y por amor únicamente de la justicia, renunció en manos de los Cos el gobierno, y pasó a Sicilia, donde en compañía de los samios fundó la ciudad de Zancle, que mudó después este nombre en el de Mesana, en la cual él mismo habitaba.[238] A este Cadmo, repito, venido a Sicilia del modo referido, envió allá Gelón, movido de su entereza, que en otras ocasiones tenía bien conocida. Y en efecto, a más de otras muchas pruebas que de su hombría de bien había dado, dio entonces una de nuevo que no fue de menor consideración, pues teniendo en su poder tan grandes sumas de dinero como le había fiado Gelón, no quiso alzarse con ellas pudiendo hacerlo impunemente, sino que al ver que habían salido victoriosos los griegos en la batalla naval, de cuyas resultas huía Jerjes con su armada, púsose luego en viaje para Sicilia, volviendo allá con todos aquellos tesoros.

CLXV. No obstante lo dicho, es fama entre los vecinos de Sicilia, que se hubiera Gelón vencido a si mismo, a pesar de la repugnancia que sentía en tener que obedecer a los lacedemonios, dando socorro a los griegos, si por aquel mismo tiempo no hubiera querido la fortuna que el tirano de Hímera[239] Terilo, hijo de Crinipo, arrojado antes de ella por el señor de los acraganteos, Terón, el hijo de Enesidemo, condujese a Sicilia un ejército de trescientos mil combatientes, compuesto de fenicios, libios, iberos, ligures, elísicos,[240] sardonios y cirnios, a cuyo frente venía Amílcar, hijo de Hannón, rey o general de los cartagineses. Había Terilo logrado el juntar tan poderoso ejército, valiéndose así de la alianza y amistad que con Amílcar tenía, como principalmente del favor y empeño de Anaxilao, hijo de Cretines y señor de Regio, quien no había dudado en dar sus mismos hijos en rehenes a Amílcar, con la mira de vengar la injuria hecha a Terilo su suegro, con cuya hija, llamada Cidipe, había casado Anaxilao. Con esto, pues, quieren decir que no pudiendo Gelón socorrer a los griegos, resolviose enviar a Delfos aquel dinero.

CLXVI. A lo dicho también añaden que en un mismo día sucedió que vencieran en Sicilia Gelón y Terón al cartaginés Amílcar, y los griegos al persa en Salamina;[241] y aun oigo decir que Amílcar, hijo de padre cartaginés y de madre siciliana, a quien su valor y prendas habían merecido la dignidad de rey de los cartagineses, después de dada la batalla en que fue vencido, desapareció de todo punto, no habiendo parecido ni vivo ni muerto en parte alguna, a pesar de las diligencias de Gelón, que por donde quiera hizo buscarle.

CLXVII. Los cartagineses por su parte, guiados quizá por una conjetura razonable, cuentan el caso diciendo que aquella batalla de los bárbaros contra los griegos que en Sicilia se dio, empezó desde la madrugada, y duró hasta el cerrar de la noche; tan largo quieren que fuese el combate: que Amílcar, entretanto, estábase en sus reales ofreciendo de continuo sacrificios, todos de buen agüero, y quemando en holocausto sobre una gran pira las víctimas enteras; pero que al ver la derrota de los suyos, así como se hallaba haciendo libaciones sobre los sacrificios se arrojó de golpe en aquel fuego, y así abrasado y consumido desapareció. Lo cierto es que ora desapareciese Amílcar del modo que dicen los fenicios, ora del otro que cuentan los siracusanos, es tenido por héroe, a quien hacen sacrificios y a cuya memoria no solo en las colonias cartaginesas se han erigido monumentos, pero aun en Cartago misma se le edificó uno grandísimo. Y baste ya lo dicho de Sicilia.

CLXVIII. Pero los corcireos, contentos con dar buenas palabras a los enviados, no pensaban en hacerles obra buena; porque encarados con ellos los mismos embajadores que fueron a Sicilia y proponiéndoles las razones mismas que a Gelón propusieron, los de Corcira, desde luego se les ofrecieron a todo, prometiendo enviarles las tropas en su socorro, añadiendo que bien veían ellos que no les convenía desamparar la Grecia y dejarla perecer, que perdida esta cargaría sin la menor dilación sobre sus cervices el yugo de la esclavitud persa, que sus mismos intereses les obligaban a hacer todo esfuerzo posible para defenderla: tan especiosa fue la respuesta que les dieron. Pero cuando vino el tiempo crítico del socorro, con miras bien contrarias armaron sesenta naves, y hechos a la vela, floja y pesadamente llegaron al cabo al Peloponeso. Allí, cerca de Pilos y del Ténaro[242] echaron ancla en las costas de los lacedemonios, estándose también a la mira a ver en que pararía la guerra, desconfiados de que pudiesen vencer los griegos, y persuadidos de que el persa, tan superior en fuerzas, se apoderaría de toda la Grecia. Así que ellos obraban de modo que llevaban estudiada ya la arenga para el persa en estos términos: «Nosotros, señor, por más que fuimos solicitados de los griegos para entrar en la liga y haceros la guerra, no quisimos ir contra vos ni daros que sentir en cosa alguna, y esto no siendo las más cortas nuestras fuerzas, ni el número de nuestras naves el menor, antes bien el más crecido después de los de Atenas». Con estas razones esperaban sacar del persa un partido ventajoso y superior al de los otros, ni les saliera vana su esperanza a mi modo de entender; y para con los griegos llevaban prevenida también su excusa, de que después en efecto se valieron; porque como les culpasen los griegos por no haberles socorrido, respondieron que de su parte habían hecho su deber armando sesenta galeras; que el mal había estado en no poder doblar el promontorio de Malea impedidos de los vientos etesios, y que con esto no habían arribado a Salamina, donde sin culpa ni engaño alguno habían llegado algo después de la batalla naval. Con este pretexto procuraron engañar a los griegos.

CLXIX. Por lo que mira a los de Creta, después que les convidaron los enviados de la Grecia para la confederación, destinaron ellos de común acuerdo sus remeros a Delfos, encargados de saber de aquel oráculo si les sería de provecho socorrer a la Grecia, a quienes respondió la Pitia: «¡Simples de vosotros! Quejosos de los desastres que os envió furioso Minos, en pago de la defensa y socorro dado a Menelao, no acabáis de enjugar vuestras lágrimas. Vengose Minos porque no habiendo los griegos concurrido a vengar la muerte que en Cámico se le dio, vosotros con todo salisteis en compañía de ellos a vengar a una mujer que robó de Esparta un hombre bárbaro». Lo mismo fue oír los cretenses el tenor del oráculo traído, que suspender el socorro a favor de los griegos.

CLXX. Aludía el oráculo a lo que se dice de Minos, quien habiendo llegado en busca de Dédalo a Sicania, que ahora llamamos Sicilia, acabó allí sus días con una muerte violenta;[243] que pasado algún tiempo, los cretenses, a quienes Dios incitaba a la venganza, todos de común acuerdo, excepto solamente los de Policna y Presio, pasando a Sicilia con una poderosa armada, sitiaron por cinco años a la ciudad de Cámico que poseen al presente los de Agrigento; pero como al cabo ni la pudiesen rendir ni prolongar más el sitio por falta de víveres, la dejaron libre y se volvieron. Que cuando en su navegación estuvieron en las costas de la Yapigia, les cogió una tempestad que les arrojó a la playa, y que perdidas en el naufragio o fracasadas las naves, como les pareciese imposible el regreso a Creta, se vieron precisados a quedarse allí en la ciudad de Hiria,[244] que fundaron ellos mismos, en donde, mudándose el nombre, en vez de cretenses se llamaron yapiges mesapios, y dejando de ser isleños, se hicieron moradores de tierra firme. Que desde Hiria salieron a fundar otras ciudades, de donde como mucho tiempo después quisiesen desalojarlos los tarentinos, fueron rotos y deshechos totalmente, de suerte que la matanza así de los de Regio como de los de Tarento allí sucedida, fue la mayor de cuantas sepa yo haber padecido los griegos; pues entonces fue cuando 3000 ciudadanos de Regio a quienes Micito, hijo de Quero, obligó a tomar las armas en socorro de los tarentinos, perecieron del mismo modo que sus aliados; si bien no pudo hacerse el cómputo de los tarentinos que allí murieron. Y este Micito de que hablo fue aquel que, siendo criado de la familia de Anaxilao, se quedó por gobernador de Regio, de donde arrojado después pasó a Tegea la de los arcadios, y erigió en Olimpia muchas estatuas.

CLXXI. Pero dejada ya esta digresión que hice de mi historia para decir algo de las cosas de Regio y de Tarento, volvamos a Creta, adonde, según cuentan los presios, pasaron a vivir como en una tierra despoblada muchos hombres, especialmente de los griegos.[245] En la tercera edad, después de muerto Minos, sucedió la expedición contra Troya, en la cual no se mostraron los cretenses los peores defensores de Menelao, en pena de cuya defensa y del descuido de vengar a Minos, vueltos ya de Troya, viéronse asaltados del hambre y de la peste, así hombres como ganados; de suerte que habiendo sido segunda vez despoblada Creta, son los cretenses que ahora la habitan los terceros colonos de ella mezclados con los pocos que allí habían quedado. La Pitia, al fin, recordando a los cretenses estas memorias, les hizo desistir del socorro que deseaban dar a los griegos.