CLXXII. Los tesalios, aunque siguieron por fuerza al principio el partido de los medos, mostraron después que no les placían las artes y designios de los Alévadas; porque luego que entendieron estar ya el persa para pasar a Europa, enviaron sus embajadores al Istmo, sabiendo que allí se había juntado un congreso de los diputados de la Grecia, varones escogidos de todos los pueblos que seguían el partido mejor a favor de la independencia de la misma. Llegados allá los embajadores de los tesalios, hablaron en esta conformidad: «Nosotros, oh varones griegos, sabemos bien que para que la Tesalia, y con ella toda la Grecia, quede a cubierto de la guerra, es menester guardar bien la entrada del monte Olimpo, la cual nosotros estamos prontos a custodiar en compañía vuestra; si bien os prevenimos que a este fin es preciso enviar allá mucha tropa. Pero una cosa queremos que entendáis: que si no queréis enviarnos guarnición, nosotros nos compondremos con el persa; pues no es razón que nosotros solos, apostados en tanta distancia para la guardia y defensa del resto de la Grecia, seamos las víctimas de toda ella, mayormente no teniendo vosotros derecho que nos pueda obligar a tanto, si no queremos nosotros; pues el no poder más, puede más que el deber. Veremos nosotros, en suma, cómo poder quedar salvos».
CLXXIII. Tal fue el discurso de los tesalios, en fuerza de cuya representación acordaron los griegos enviar a Tesalia por mar un ejército de infantes que guardase aquellas entradas, el cual, luego de levantado y junto, navegó allá por el Euripo. Así que la gente hubo llegado a Alo, ciudad de Acaya,[246] saltó en tierra, y dejadas las naves, marchaba hacia Tesalia, hasta que en Tempe se apostó en aquella entrada que desde Macedonia la baja lleva a Tesalia por las riberas del Peneo entre los dos montes Olimpo y Osa. En aquel puesto atrincheraron los hóplitas o infantes griegos, que venían a ser 10.000, con quienes se juntó la caballería de los tesalios. Eran dos sus comandantes: uno el de los lacedemonios, por nombre Eveneto, hijo de Careno, quien a pesar de no ser de familia real, había sido nombrado para este mando como uno de los polemarcos u oficiales mayores; otro el de los atenienses, llamado Temístocles, hijo de Neocles. Detuviéronse allí las tropas unos pocos días: el motivo de ello fue que unos enviados allá de parte de Alejandro, soberano de la Macedonia e hijo de Amintas, les aconsejaron que se retirasen si no querían ser atropellados y aun pisados en aquel estrecho paso por el ejército enemigo, significándoles cuán innumerable era el ejército de tierra y la copia de naves. Al oír el aviso y consejo que les daba el macedonio, teniéndolo por acertado y mirándolo nacido de un ánimo amigo y de buen corazón, resolviéronse a seguirlo; aun cuando lo que en efecto les impelió más a ello, a mi juicio, fue el miedo o desconfianza de lograr su intento, oyendo decir que a más de aquella entrada había otra para la Tesalia yendo por los perrebos en la alta Macedonia y por la ciudad de Gonos,[247] que fue el camino por donde entró cabalmente el ejército de Jerjes. Con esto, embarcadas de nuevo las tropas griegas, se volvieron al Istmo.
CLXXIV. En esto vino a parar el subsidio destinado a guarnecer la Tesalia, cuando el rey, que se hallaba ya en Abido, estaba para pasar desde el Asia a la Europa. Viéndose, pues, los tesalios destituidos de aliados, se entregaron con tanta resolución y empeño al partido de los medos, que a juicio del mismo rey fueron los que mejor y con más utilidad le sirvieron en aquella ocasión.
CLXXV. Vueltos al Istmo los griegos, movidos del aviso que les había dado Alejandro, entraron de nuevo en consulta dónde sería mejor oponerse al enemigo y qué región fuese más oportuna para teatro de aquella guerra. La opinión más seguida fue que convenía ocupar la entrada en las Termópilas, así por parecerles que era más angosta que la que da paso a la Tesalia, como también por estar más cercana y vecina de la Grecia propia. Ayudoles a ello no tener por entonces noticia de cierta senda de que ni los mismos griegos que después perecieron cogidos en Termópilas la tuvieron antes que de ella les informasen los traquinios,[248] hallándose ya en aquellas angosturas. Acordaron, pues, guardar aquel paso para impedir que el bárbaro entrase en la Grecia, y despachar al mismo tiempo las escuadras hacia Artemisio y la costa histieótida. Y así lo resolvieron, por estar tan vecinos aquellos dos puestos que en cada uno se podía saber lo que en el otro sucediese.
CLXXVI. Explicaré la situación de tales lugares: desde el mar ancho de la Tracia empieza a encerrarse el dicho Artemisio en un canal estrecho que corre entre la isla de Escíatos y el continente de Magnesia. Desde el estrecho de Eubea comienza la playa después del promontorio de Artemisio, en la cual está el templo de Artemisa. Por lo que mira a la entrada en Grecia por Traquinia, viene a tener un medio pletro (yugada) donde más se estrecha; si bien esta estrechez suma no es la misma en todo aquel paso, sino solamente un poco antes de acercarse y después de dejar las Termópilas; y aun el camino cerca de Alpeno, que deja a las espaldas, solo da lugar a un carro; y pasando adelante al lado del río Fénix y cerca de la ciudad de Antela, otra vez solo hay paso para un carro. Al poniente de las Termópilas se levanta un monte alto, inaccesible y escarpado que va hasta el Eta, y por el levante de las mismas el mar estrecha aquel camino juntamente con unas lagunas y cenagales. Hay en aquella entrada unos baños de agua caliente, que los naturales llaman ollas, y en ellos se deja ver un altar erigido en honra de Heracles. Antiguamente se había levantado una muralla en aquel paso y en ella había puertas: sus constructores fueron los focidios por miedo de los tesalios, viendo que estos desde la Tesprotia habían pasado a vivir en la región Eólida,[249] que es la que al presente poseen; porque como los tesalios procurasen sujetar a los focidios, opusiéronle estos aquel reparo para su defensa, y entonces fue cuando discurriendo todos los medios para impedir que pudiesen invadirles su tierra, dieron curso por aquella entrada a las fuentes de agua caliente. Verdad es que aquel muro viejo desde tan antiguo edificado, se hallaba ya con el tiempo por la mayor parte desmoronado y caído; y con todo, resolvieron los griegos que convenía repararle y cerrar al bárbaro con aquel reparo el paso para la Grecia. Muy cerca de aquel camino hay una aldea llamada Alpeno, en donde pensaron los griegos que podrían proveerse de víveres.
CLXXVII. Estos parajes parecieron a los griegos los más aptos para su defensa; pues miradas atentamente y pesadas todas las circunstancias, convinieron en que debían esperar al bárbaro invasor de la Grecia en un puesto tal, en que no pudiera servirse de la muchedumbre de sus tropas y mucho menos de su caballería; y luego que supieron que el persa se hallaba ya en Pieria, partiéndose del Istmo, unos se fueron por tierra a Termópilas con sus tropas, los otros por mar a Artemisio con sus galeras.
CLXXVIII. Los griegos destinados al socorro de la patria iban a prestársele con toda puntualidad. Los delfios entretanto, solícitos por su salvación y por la de la Grecia, consultaron acerca de ella a aquel su dios. La respuesta del oráculo fue que se encomendasen muy de veras a los vientos, que ellos serían los mejores aliados y compañeros de armas de la Grecia. Recibido este oráculo, diéronse luego prisa los de Delfos a comunicar con aquellos griegos que querían conservar su libertad lo que se les había respondido; medio con que se ganaron sumamente el favor y gracia de los pueblos a quienes el bárbaro tenía amedrentados. Hecho esto, alzaron los delfios en honor de los vientos una ara en Tyia, allí donde Tuya,[250] la hija de Cefiso, tiene su recinto sagrado, tomando de ella nombre aquel lugar, y les hicieron sacrificios; en fuerza de cuyo oráculo aun hoy día los delfios con sacrificios aplacan a los vientos.
CLXXIX. Para volver a la armada de Jerjes, habiendo salido de la ciudad de Terma, envió delante diez naves las más ligeras de todas en derechura hacia Escíatos, en donde los griegos tenían adelantadas tres galeras de observación, una de Trecén, otra de Egina, y otra de Atenas, y al descubrir estas las naves de los bárbaros entregáronse luego a la fuga.
CLXXX. Los bárbaros, dando caza a la galera trecenia en que iba por capitán Praxino, muy presto la rindieron; y luego, cogiendo al soldado que hallaron el más gallardo de la tripulación, le degollaron encima de la proa de la nave, interpretando a buen agüero el que fuera tan bello y gentil el primero de los griegos que prendieron. Llamábase León el degollado, nombre que tal vez contribuyó a que fuese la primera víctima de los persas.
CLXXXI. La galera de Egina, en que iba por capitán Asónides, no dejó de dar mucho que hacer a los persas, obrando aquel día en su defensa prodigios de valor un soldado que en ella servía, por nombre Píteas, hijo de Isquénoo. Este, al tiempo de la refriega, al ser apresada su nave, resistió con las armas en la mano, hasta que todo él quedó acribillado de heridas. Pero como al cabo cayese, los persas que en las naves servían, viéndole respirar todavía, prendados del valor del enemigo, procuraron con sumo empeño conservarle la vida, curándole con mirra las heridas, y atándoselas después con unas vendas cortadas de un lienzo de biso (holanda muy fina). Cuando volvieron a sus reales iban mostrándolo a toda la gente, pasmados de su valor y con mucha estima y humanidad, siendo así que trataban como a viles esclavos a los otros que en la misma nave habían cogido.