CVI. En la ocasión en que el rey conducía contra Atenas sus tropas persas, vino Hermótimo a Sardes, de donde habiendo bajado por algún encargo o negocio a la comarca de la Misia llamada Atarneo, en que habitan los de Quíos, topó en ella con Panionio. Conociole, y le habló largamente y con mucha expresión de cariño, dándole primero cuenta de cómo por medio de él había llegado a poseer tanto que no sabía los tesoros que tenía, y ofreciéndole al mismo tiempo que le daría en recompensa montes de oro, con tal que con toda su casa y familia pasase a vivir donde él estaba.[336] Súpole dorar la respuesta de modo que aceptando Panionio el partido con mucho gusto, pasó allá con sus hijos y mujer. Una vez que Hermótimo le tuvo en la red con toda su familia, hablole de esta suerte: «Ahora quiero, oh negociante, el más ruin y abominable de cuantos vio el sol hasta aquí, que me digas qué mal yo mismo o alguno de los míos, a ti o alguno de los tuyos habíamos hecho, para que me parases tal, que de hombre que era, viniese a ser menos que nada. ¿Creías tú, infame, que no llegarían tus malas trazas a noticia de los dioses? Mucho te engallabas, pues ellos han sido los que por su justa providencia te han traído a mis manos, para que haga en ti un ejemplar, y no tengas tú razón de quejarte ni de ellos ni de mí tampoco». Apenas acabó de darle en cara con su sórdida crueldad, cuando hizo comparecer en su presencia a los hijos de Panionio, y primero obligó allí mismo al padre a castrar a sus hijos, que eran cuatro, y después que forzado acabó de ejecutar aquel ministerio, fueron constreñidos los hijos castrados a practicar lo mismo con su padre. Tal fue la venganza que así rodando se le vino a las manos a Hermótimo contra Panionio.
CVII. Pero volviendo a Jerjes, después de entregar sus hijos a Artemisia para que los condujese a Éfeso, mandó llamar a Mardonio, y le ordenó que escogiese las tropas de su ejército que prefiriera, encargándole al mismo tiempo que procurase muy de veras que los efectos correspondiesen a las promesas. Empleose en esto aquel día; pero venida la noche, los generales de mar, salidos con sus escuadras de Falero por orden del rey, hiciéronse a la vela en dirección al Helesponto, poniendo cada uno la más viva diligencia para llegar cuanto antes allá, y guardar el puente de barcas para el paso del soberano. Sucedió que como hubiesen llegado los bárbaros cerca de Zoster, en cuya costa se dejan ver entrados hacia el mar unos delgados picos, creyendo serían unas naves diéronse a la fuga un buen trecho, ni volvieron otra vez a unirse para continuar su rumbo, hasta que supieron que eran unos picos de roca y no galeras enemigas.
CVIII. Al llegar el día, viendo los griegos en el mismo campo el ejército de tierra, daban por supuesto que la armada debía hallarse en el puerto de Falero. Con esto, pues, persuadidos a que el enemigo volvería a combatir por mar, se preparaban, por su parte, a rechazarle. Pero informados después de que se habían hecho las naves a la vela, parecioles ir en seguimiento de ellas sin más dilación. Siguieron, en efecto, su rumbo hasta llegar a Andros, pero sin poder descubrir la armada de Jerjes. En Andros, consultando sobre el asunto, fue de parecer Temístocles que, echando por en medio de aquellas islas y persiguiendo a las naves, se encaminasen en derechura al Helesponto con ánimo de cortarles el puente.[337] Dio Euribíades un parecer totalmente contrario, diciendo que no podían los griegos irrogar a la Grecia mayor daño que cortar el puente al enemigo; porque si el persa, sorprendido, se veía precisado a quedarse en la Europa, no querría, sin duda, estarse tranquilo y ocioso, viendo que con la inacción le sería imposible llevar adelante sus intereses, pues así no se le abriría camino alguno para la retirada y perecería de hambre su ejército; que por el contrario, si se animaba y ponía manos a la obra, todo le podría salir muy bien en las ciudades y naciones de la Europa, o bien tomándolas a viva fuerza, o capitulando con ellas antes de apelar a las armas; que tampoco les faltarían víveres echando mano de la cosecha anual de los griegos; que él discurría que vencido el persa en la batalla naval, no pensaría en quedarse en Europa; que lo mejor era dejarle huir cuanto quisiese hasta parar en sus dominios; pero que una vez vuelto a ellos, entonces sí les exhortaba a que allí le hiciesen guerra.
CIX. A este parecer se atenían también los otros jefes del Peloponeso. Cuando vio Temístocles que no lograría persuadir a los más a navegar hacia el Helesponto, mudando de dictamen, y volviéndose a los atenienses, quienes se daban a las furias al ver que así se les huía la presa de entre las uñas, tan empeñados en navegar al Helesponto que, en caso de rehusarlo los demás, querían por sí solos encargarse de aquella empresa, habloles en esta conformidad: «Yo mismo, amigos, llevo ya en muchos lances observado, y tengo oído que en muchos otros distintos pasó lo mismo, que los hombres reducidos al último trance y apuro, por más que hayan sido vencidos, vuelven a pelear desesperados, y procuran borrar la primera nota de cobardes en que habían incurrido. De parecer sería que nosotros, que apenas sin saber cómo nos hallamos con nuestra salvación y con el bien de la Grecia en las manos, nos contentáramos por ahora con haber ojeado esa bandada espesa de enemigos, sin darles caza en su huida, pues no tanto hemos sido nosotros los que a tal hazaña hemos dado cabo, como los dioses y los héroes, quienes no han podido ver que un hombre solo, impío por demás y desalmado, viniese a ser señor del Asia y de Europa. Hablo de ese sacrílego, que todo, sagrado y profano, lo llevaba por igual; de ese ateo que quemaba y echaba por el suelo las estatuas de los dioses; de ese insensato que al mar mismo mandó azotar y le arrojó unos grillos. Demos gracias a los dioses por el bien que acaban de hacernos; quedemos por ahora en la Grecia, cuidemos de nuestros intereses y del bien de nuestras familias, vuelva cada cual a levantar su casa y cuide de hacer su sementera, ya que hemos logrado arrojar al bárbaro del todo. Al apuntar la primavera, entonces sí que será oportuno ir con una buena armada a volverle la visita en el Helesponto y en la Jonia». Así se explicaba a fin de prepararse albergue en los dominios del persa, donde pudiera recogerse en caso de caer en la desgracia de sus atenienses, como quien adivinaba lo que había de sucederle.
CX. Por más que en esto obrase Temístocles con doble intención, dejáronse con todo llevar de su discurso los atenienses, prontos a deferir en todo a su dictamen, habiéndole tenido desde el principio por hombre entendido, y experimentádole después por político hábil y cuerdo en sus consejos. Disuadidos ya los suyos, sin pérdida de tiempo envió en un batel a ciertos hombres, de quienes se prometía que sabrían callar en medio de los mayores tormentos, para que de su parte fuesen a decir al rey lo que les encargaba, uno de los cuales era por la segunda vez aquel su doméstico Sicino.[338] Llegados al Ática, quedáronse los otros en su barco, y saltando a tierra Sicino, dijo así hablando con el rey: «Vengo enviado de Temístocles, hijo de Neocles, general de los atenienses, y sujeto el más cumplido y cuerdo que se halla entre los de aquella liga, para daros una embajada en estos términos: “El ateniense Temístocles, con la mira de haceros un buen servicio, ha logrado detener a los griegos para que no persigan a vuestras escuadras como intentaban hacerlo, ni os corten el puente de barcas en el Helesponto. Ahora vos podréis ya retiraros sin precipitación alguna”». Dado este recado, volviéronse por el mismo camino.
CXI. Los griegos de la armada naval, después de resolverse a no pasar más adelante en seguimiento de la de los bárbaros, ni a avanzar con sus naves hasta el Helesponto para cortar a Jerjes la retirada, quedáronse sitiando la ciudad de Andros con ánimo de arruinarla. El motivo era por haber los andrios sido los primeros de todos los isleños que se habían negado a la contribución que Temístocles les pedía; mas como este les previniese que los atenienses les harían una visita llevando consigo dos grandes divinidades, la una Pitos y la otra Anankea, por cuyo medio se verían en la precisión de desembolsar su dinero, diéronle los andrios por respuesta: «que con razón era Atenas una ciudad grande, rica y dichosa, teniendo de su parte la protección de aquellas buenas diosas, al paso que los pobres andrios eran hombres de tan cortos alcances y tan desgraciados que no podían echar de su isla a dos diosas que les irrogaban mucho daño, la Penía y la Amecanía,[339] las cuales obstinadamente se empeñaban en vivir en su país; que habiendo cabido a los andrios por su mala suerte aquellas dos harto menguadas diosas, no pagarían contribución alguna, pues no llegaría a ser tan grande el poder de los atenienses que no fuese mayor su misma imposibilidad». Por esta respuesta que dieron, no queriendo pagar ni un dinero, veíanse sitiados.
CXII. Entretanto, Temístocles, no cesando de buscar arbitrios cómo hacer dinero, despachaba a las otras islas sus órdenes y amenazas pidiéndoles se lo enviasen, valiéndose de los mismos mensajeros y de las mismas razones de que se había valido antes con los de Andros, y añadiendo que si no le daban lo que pedía, conduciría contra ellas la armada de los griegos. Por este medio logró sacar grandes cantidades de los caristios y de los parios, quienes informados así del asedio en que Andros se hallaba por haber seguido el partido medo, como de la ilustrísima fama y reputación que entre los generales tenía Temístocles, le contribuían con grandes sumas. Si hubo algunos otros más que también se las diesen, no puedo decirlo de positivo, si bien me inclino a creer que otros más habría, y que no serían los únicos los referidos. Diré, sí, que no por eso lograron los caristios que no les alcanzase el rayo, si bien los parios, aplacando a Temístocles con dádivas y dineros, se libraron del sitio en que el ejército les tenía. Con esto, Temístocles, salido de Andros, iba recogiendo dinero de los isleños a hurto de los demás generales.
CXIII. Las tropas que cerca de sí tenía Jerjes, dejando pasar unos pocos días después de la batalla naval, dirigiéronse la vuelta de Beocia por el mismo camino por donde habían venido. Así se hizo la marcha, por parecerle a Mardonio que, además de deber con ellas escoltar al rey, no era ya por otra parte tiempo de continuar la campaña, sino que lo mejor sería invernar en la Tesalia, y a la primavera siguiente invadir el Peloponeso. Llegados a la Tesalia, las primeras tropas que para sí escogió Mardonio fueron todos aquellos persas que llamaban los Inmortales, a excepción de su general Hidarnes, que se negó a dejar al rey. De entre los otros persas escogió asimismo a los coraceros y aquel regimiento de los mil caballos. Tomó asimismo para sí a los medos, los sacas, los bactrios y los indios, tanto los de a pie como los de a caballo. Habiéndose quedado con todas estas naciones, iba entresacando de entre los demás aliados unos pocos, los mejor plantados que veía, y aquellos también de quienes sabía haberse portado bien en alguna función. En esta gente escogida, el cuerpo más considerable era el de aquellos persas que llevaban su collar y brazalete de oro; después el de los medos, no porque fuesen menos que los persas, sino porque no les igualaban en el valor. En fin, la suma de las tropas subía a 300.000 entre peones y jinetes.
CXIV. Durante el tiempo en que iba Mardonio escogiendo la tropa más gallarda del ejército, manteniéndose todavía Jerjes en la Tesalia, llegoles a los lacedemonios un oráculo de Delfos, que les mandaba pidiesen a Jerjes satisfacción por la muerte de Leónidas, y recibiesen la que él les diera. Los espartanos, sin más dilación, destinaron un rey de armas,[340] quien habiendo hallado todo el ejército parado todavía en Tesalia, se presentó al rey, y le dio la embajada: «A vos, rey de los medos, piden los lacedemonios en común, y los Heráclidas de Esparta en particular, que les deis la satisfacción correspondiente por haberles vos muerto a su rey que defendía a la Grecia». Dio Jerjes una gran carcajada, y después de un buen rato, apuntando con el dedo a Mardonio, que estaba allí a su lado: «Mardonio, le dijo, les dará sin duda alguna la satisfacción que les corresponda». Encargose el enviado de dar aquella respuesta, y se volvió luego.
CXV. Marchó después Jerjes con mucha prisa la vuelta del Helesponto, habiendo dejado a Mardonio en la Tesalia, y llegó al paso de las barcas al cabo de cuarenta y cinco días, llevando consigo de su ejército un puñado de gente tan solo, por decirlo así. Durante el viaje entero, manteníase la tropa de los frutos que robaba a los moradores del país sin distinción de naciones, y cuando no hallaban víveres algunos, contentábanse con la hierba que la tierra naturalmente les daba, con las cortezas quitadas a los árboles, y con las hojas que iban cogiendo, ya fuesen ellos frutales, ya silvestres; que a todo les obligaba el hambre, sin que dejasen de comer cosa que comerse pudiera. De resultas de esto, iban acabando con el ejército la peste y la disentería que le sobrevino. A los que caían enfermos dejábanlos en las ciudades por donde pasaban, mandándolas que tuviesen cuidado de curarlos y alimentarlos, habiendo asimismo dejado algunos en Tesalia, otros en Siris de la Peonia, y otros en Macedonia finalmente. Antes en su paso hacia la Grecia había dejado el rey en Macedonia la carroza sagrada de Zeus, y entonces de vuelta no la recobró: habíanla los peonios dado a los de Tracia, y respondieron a Jerjes que por ella pedía, que aquellos tiros, estando paciendo, habían sido robados por los tracios, que moran vecinos a las fuentes del río Estrimón.