CXVI. Con esta ocasión diré en breve un hecho inhumano que el rey de los bisaltas, de nación tracio,[341] ejecutó en la comarca Crestonia. No solo este se había negado a prestar a Jerjes la obediencia, retirándose por esta razón a lo más fragoso del monte Ródope, sino que había prohibido a sus hijos que le sirvieran en aquella jornada contra la Grecia. Pero ellos, o teniendo en poco la prohibición, o quizá por curiosidad y deseo de hacer alguna campaña, fuéronse siguiendo las banderas del persa. Vueltos después buenos y salvos, a todos ellos, que eran hasta seis, hízoles el padre sacar los ojos por este motivo: tal paga sacaron los infelices de su expedición.

CXVII. Después que los persas, dejada la Tracia, llegaron al paso del Helesponto, embarcados a toda prisa lo atravesaron hacia Abido, no pudiendo pasar por el puente de barcas, que ya no hallaron unidas y firmes, sino sueltas y separadas por algún contratiempo. En los días de descanso que allí tuvieron, como la copia de víveres que lograban fuese mayor que la que en el camino habían tenido, comieron sin regla ni moderación alguna, de cuyo desorden, y de la mudanza de aguas, resultó que muriera mucha gente del ejército que había quedado. Los pocos que restaron, en compañía de Jerjes al cabo llegaron a Sardes.

CXVIII. Cuéntase también de otro modo esta retirada, a saber: que después que Jerjes, salido de Atenas, llegó a la ciudad de Eyón, situada sobre el Estrimón, no continuó desde allí por tierra su marcha, sino que encargando a Hidarnes la conducción del ejército al Helesponto, partió para el Asia embarcado en una nave fenicia. Estando, pues, en medio de su viaje, levantósele vehemente y tempestuoso el viento llamado Estrimonio,[342] y fue tanto mayor el peligro de la tormenta, cuanto más cargada y llena iba la nave, sobre cuya cubierta venían muchos persas acompañando a Jerjes. Entonces, entrando el rey en gran miedo, llamando en alta voz al piloto, preguntole si les quedaba alguna esperanza de vida. «Una sola queda, señor, díjole el piloto; el ver cómo podremos deshacernos de tanto pasajero como aquí viene». Oído esto, pretenden que dijese Jerjes: «Persas míos, esta es la ocasión en que alguno de vosotros muestre si se interesa o no por su rey; que en vuestra mano, según parece, está mi salud y vida». Apenas hubo hablado, cuando los persas, hecha al soberano una profunda inclinación, saltaron por sí mismos al agua, con lo que, aligerada la nave, pudo llegar al Asia a salvamento. Allí, saltando Jerjes en tierra, dicen que ejecutó al punto una de sus justicias, pues premió con una corona de oro al piloto por haber salvado la vida del rey, y le mandó cortar la cabeza por haber perdido a tanto persa.

CXIX. Pero a mí por lo menos no se me hace digna de fe esta otra narración de la vuelta de Jerjes, prescindiendo de otros motivos, por lo que se dice en ella acerca de la desventura de los persas; porque dado caso que el piloto hubiera dicho aquello a Jerjes, me atrevo a apostar que entre diez mil hombres no habrá uno solo que conmigo no convenga en que el rey en tal caso hubiera dicho que aquellos pasajeros que estaban sobre la cubierta, mayormente siendo persas, y primeros personajes entre los persas, se bajasen a la parte cóncava del buque, y que los remeros fenicios, tantos en número cuantos eran los persas, fuesen arrojados al mar. Lo cierto es que el rey volvió al Asia, marchando por tierra con lo demás del ejército, como llevo referido.

CXX. Otra prueba vehemente hay de lo que digo; pues consta que en su retirada pasó Jerjes por Abdera, y asentó con los de aquella ciudad un concierto de hospedaje, y les hizo el regalo de un alfanje de oro y de una tiara bordada en oro. Algo más añaden los abderitas, aunque yo no los crea en ello de ningún modo, que allí fue donde la vez primera se desciñó Jerjes la espada después de la huida de Atenas, como quien no tenía ya que temer. Lo cierto es que Abdera está situada más cerca del Helesponto que el Estrimón y Eyón, de donde pretenden los autores de la otra narración que saliese el rey de su galera.

CXXI. Los griegos de la armada, viendo que no podían rendir a Andros, pasaron a Caristo, y talada la campiña, partiéronse para Salamina. Lo primero que aquí hicieron fue entresacar del botín así varias ofrendas que como primicias destinaban a los dioses, como particularmente tres galeras fenicias, una para dedicarla en el Istmo, la que hasta mis días se mantenía en el mismo punto, otra para Sunio, y la tercera para Áyax en la misma Salamina. En segundo lugar, repartiéronse el botín, enviando a Delfos las primicias de los despojos, de cuyo precio se hizo una gran estatua de doce codos, que tiene en la mano un espolón de galera, y está levantada cerca del lugar donde se halla la de Alejandro el Macedonio, que es de oro.

CXXII. Al tiempo mismo que enviaron los griegos aquellas primicias a Delfos, hicieron preguntar a Apolo en nombre de todos si le parecían bien cumplidas aquellas primicias y si eran de su agrado, a lo cual el dios respondió que lo eran en verdad por lo que miraba a los demás griegos, mas no así respecto de los eginetas, de quienes él pedía y echaba menos un don en acción de gracias por haberse llevado la palma en Salamina. Con dicha respuesta ofreciéronle los eginetas unas estrellas de oro, que son aquellas tres que sobre un mástil de bronce se ven cerca de la copa de Creso.

CXXIII. Hecha la repartición de la presa, tomaron los griegos su rumbo hacia el Istmo para dar la palma de la victoria al griego que más se hubiese señalado en aquella guerra.[343] Llegados allá los generales de la armada naval, fueron dejando sus votos por escrito encima del ara de Poseidón, en los cuales declaraban su parecer sobre quién merecía el primero y quién el segundo premio. Cada uno de los generales dábase allí el voto a sí mismo, como al que mejor se había portado en la batalla; pero muchos concordaban en que a Temístocles se le debía en segundo lugar aquella victoria; de suerte que no llevando nadie sino un solo voto, y este el propio suyo, para el primer premio, Temístocles para el segundo era en la votación superior en mucho a los demás.

CXXIV. De aquí nació que no queriendo los griegos, por espíritu de partido y de envidia, definir aquella contienda, antes marchando todos a sus respectivas ciudades sin decidir la causa, el nombre de Temístocles, sin embargo, iba en boca de todos, glorioso y celebrado en toda la nación por el varón más sabio de los griegos. Mas viendo que no había sido declarado vencedor por los generales que dieron la batalla en Salamina, fuese sin perder tiempo a Lacedemonia, pretendiendo aquel honor.[344] Hiciéronle los lacedemonios muy buen recibimiento, y le honraron con mucha particularidad. Dieron a Euribíades la prerrogativa en el valor con una corona de olivo, y a Temístocles asimismo con otra corona igual la prerrogativa y destreza política. Regaláronle una carroza la más bella de Esparta, colmándole de elogios, e hicieron que al irse le acompañasen hasta los confines de Tegea 300 espartanos escogidos, que son los llamados allí caballeros; habiendo sido Temístocles el único, al menos que yo sepa, a quien en señal de estima hayan acompañado hasta ahora los espartanos con escolta.

CXXV. Vuelto Temístocles de Lacedemonia a Atenas, un tal Timodemo Afidneo, uno de sus enemigos, hombre por otra parte de ninguna fama y lustre, muerto de envidia, dábale allí en rostro con el viaje a Lacedemonia, achacándole que en atención a Atenas y no a su persona había llevado aquella honra y premio. Viendo Temístocles que siempre Timodemo le acosaba con aquella injuria, díjole al cabo: «Oye, detractor, ni yo siendo belbinita[345] como tú hubiera sido honrado así por los espartanos, ni tú, amigo, lo serías, por más que fueras como yo ateniense. Pero basta ya de ello».