CXXVI. Iba escoltando al rey hasta el paso del Helesponto el hijo de Farnaces, Artabazo, quien siendo antes ya entre los persas un general de fama, vino a tenerla mayor después de la batalla de Platea al frente de un cuerpo de 60.000 hombres tomados del ejército que Mardonio había escogido. Mas como el rey estuviese ya en el Asia, y Artabazo de vuelta se hallase en Palene,[346] no corriendo prisa alguna el ir a incorporarse con el grueso del ejército, por invernar las tropas de Mardonio en Tesalia y en Macedonia, pareciole que no era razón dejar de rendir y esclavizar a los de Potidea, a quienes halló que se habían rebelado contra el rey. Y en efecto, los potideos se habían alzado declaradamente contra los bárbaros, luego que el rey, huyendo de Salamina, acabó de pasar por su ciudad, y a su ejemplo muchos otros pueblos de Palene habían hecho lo mismo. Con esto Artabazo puso sitio a Potidea.
CXXVII. Y sospechando al mismo tiempo que también los olintios se apartaban de la obediencia del persa, vino sobre aquella ciudad, cuyos moradores eran entonces los botieos,[347] quienes habían sido echados por los macedonios del golfo Termaico. A estos olintios, después que apretando el sitio logró rendir la plaza, Farnabazo, sacándolos fuera de ella, los degolló sobre una laguna. Entregó la ciudad a Critobulo de Torone para que la gobernase, y a los de Calcídica[348] para que la poblasen, y con esto vino a ser Olinto una colonia de calcideos.
CXXVIII. Artabazo, dueño ya de Olinto, pensó en apretar con más ahínco a Potidea, y andando el sitio con más viveza, Timoxeno, comandante de los escioneos,[349] concertó entregársela a traición. De qué medios se valiese al principio de esta inteligencia no puedo decirlo, porque nadie veo que lo diga: el éxito de ella fue el siguiente: Siempre que querían darse por escrito algún aviso, o Timoxeno a Artabazo, o bien este a Timoxeno, lo que hacían era envolver la carta en la cola de la saeta junto a su muesca, pero de manera que viniese a formar como las alas de la misma, y así la disparaban al puesto entre ellos convenido. Pero por este medio mismo se descubrió que andaba Timoxeno en la traición de Potidea; porque como disparase Artabazo su saeta hacia el sitio consabido, y no acertase a ponerla en él, hirió en el hombro a un ciudadano de Potidea. Apenas estuvo herido, cuando corrieron muchos hacia él y le rodearon, como suele suceder en la guerra, los cuales, cogida la saeta, como reparasen en la carta envuelta, fueron luego a presentarla a los comandantes. Hallábanse en la plaza las tropas auxiliares de los demás paleneos, y cuando aquellos jefes, leída la carta, vieron quién era el autor de la traición, parecioles, en atención a la ciudad de los escioneos, que no convenía públicamente complicar a Timoxeno en aquella perfidia, para que en lo venidero no quedase a los escioneos la mancha perpetua de traidores. Tal fue el extraño modo de averiguar al traidor.
CXXIX. Al cabo de tres meses del sitio puesto por Artabazo, hizo el mar una retirada extraordinaria, que duró bastante tiempo. Entonces los bárbaros, viendo que lo que antes era mar se les había hecho un lugar pantanoso, marcharon por él hacia Palene; pero apenas hubieron andado dos partes de trecho, de las cinco que pasar debían para meterse dentro de dicha ciudad, sobrecogioles una avenida tan grande de mar, cual nunca antes, a lo que decían los naturales, había allí sucedido, por más frecuentes que suelan ser tales mareas. Sucedió en ella que se anegaron los persas que no sabían nadar, y los que sabían perecieron a manos de los de Potidea, que en sus barcas les acometieron. Pretenden los potideos haber sido la causa de la retirada y avenida del mar y de la desventura de los persas la impiedad de todos los que en él perecieron, quienes habían profanado el templo y la estatua de Poseidón, que estaba en los arrabales de su ciudad. Paréceme que tienen aquellos mucha razón en decir que esta fue la culpa para un tal castigo. Partió Artabazo a la Tesalia con los persas que le quedaron para unirse con Mardonio. Tal fue en compendio la suerte de los persas que escoltaron a su rey.
CXXX. La armada naval, que salva había quedado al rey después de haber pasado desde el Quersoneso hacia Abido a Jerjes, recién llegado al Asia y fugitivo de Salamina, y juntamente con él a lo demás del ejército, fuese a invernar en Cime.[350] En los principios mismos de la próxima primavera reuniose de nuevo en Samos, donde algunas naves de ella habían pasado aquel invierno. La tropa de mar que en dicha armada servía era por lo común compuesta de persas y de medos, de cuyo mando fueron de nuevo encargados los generales Mardontes, hijo de Bageo, y Artaíntes, hijo de Artaqueas, en cuya compañía mandaba también Itamitres, a quien Artaíntes, siendo su primo, se había asociado en el empleo. Hallándose muy amedrentada la armada dicha, no se pensó en que se alargase más hacia poniente, mayormente no habiendo cosa que a ello le obligase, sino que por entonces los bárbaros apostados en Samos se contentaban con cubrir a la Jonia, impidiendo con las 300 naves que allí tenían, incluidas en este número las jonias, que se les rebelase aquella provincia; ni pensaban, por otra parte, que hubiesen los griegos de pretender venir hasta la Jonia misma, sino que contentos y satisfechos con poderse quedar en sus aguas, se mantendrían en ellas para la defensa y resguardo de su patria. Confirmábales en esta opinión el reflexionar que, al huir de Salamina, no les habían seguido los alcances, antes bien, de su propia voluntad se habían vuelto atrás desde su camino. En realidad, caídos de ánimo sobremanera los bárbaros, dábanse por vencidos en la mar, pero tenían por seguro que su Mardonio por tierra sería muy superior a los griegos. Con esto a los persas en Samos todo se les iba, parte en meditar cómo podrían hacer algún daño al enemigo, parte en procurar noticias sobre el éxito de las empresas de Mardonio.
CXXXI. Mas los griegos, a quienes tenía muy agitados así el ver que se acercaba ya la primavera, como el saber que Mardonio se hallaba en Tesalia, antes de congregar su ejército de tierra tenían reunida ya en Egina la armada naval, compuesta de 110 galeras. Iba en esta por almirante y general de las tropas Leotíquidas, hijo de Ménares, cuyos ascendientes eran Hegesilao, Hipocrátidas, Leotíquidas, Anaxilao, Arquidamo, Anaxándridas, Teopompo, Nicandro, Carilao, Éunomo, Polidectas, Prítanis, Eurifonte, Procles, Aristodemo, Aristómaco, Cleodeo, Hilo, Heracles. Era, pues, dicho almirante de una de las dos casas reales cuyos antepasados, a excepción de los dos nombrados inmediatamente después de Leotíquidas, habían sido reyes en Esparta.[351] De los atenienses iba por general Jantipo, hijo de Arifrón.
CXXXII. Juntas ya en Egina las naves todas, llegaron a dicha armada griega unos mensajeros de la Jonia, los mismos que poco antes, idos a Esparta, habían suplicado a los lacedemonios que pusiesen a los jonios en libertad: entre estos embajadores venía uno llamado Heródoto, que era hijo de Basileides. Eran estos unos hombres que, conjurados en número de siete contra Estratis, señor de Quíos, le habían antes maquinado la muerte; pero como uno de los siete cómplices hubiese dado parte al tirano de sus intentos, los seis, ya descubiertos, escapándose secretamente de Quíos, habían pasado en derechura a Esparta y de allí a Egina, con la mira de pedir a los griegos que con sus naves desembarcasen en la Jonia, bien que con mucha dificultad pudieron lograr de ellos que avanzasen hasta Delos. En efecto, de Delos adelante todo se les hacía un caos de dificultades, así por no ser los griegos prácticos en aquellos parajes, como por parecerles que hervían todos ellos en gentes de armas, y lo que es más, por estar en la inteligencia de que tan lejos se hallaban de Samos como de las columnas de Heracles:[352] de suerte que concurrían en ello dos obstáculos; el uno de parte de los bárbaros, quienes por el horror que a los griegos habían cobrado no se atrevían a navegar hacia poniente; el otro de parte de los griegos, que ni a instancias de los de Quíos osaban de puro miedo bajar de Delos hacia levante. Así que puesto de por medio el mutuo temor, a entrambos servía de pertrecho.
CXXXIII. Habían ya los griegos, como decía, pasado hasta Delos, cuando todavía Mardonio se mantenía en Tesalia en sus cuarteles de invierno. Durante el tiempo que en ellos estuvo este, hizo que un hombre natural de Europo,[353] por nombre Mis, partiese a visitar los oráculos, dándole orden de que no dejase lugar donde pudiese consultarles y que observase lo que le respondieran. Qué secreto fuese el que Mardonio con tales diligencias pretendía penetrar, yo ciertamente, no hallando quien me lo declare, no sabré decirlo; únicamente formo el concepto de que no tendría otra mira sino el buen éxito de su empresa, sin cuidarse de averiguar otras curiosidades.
CXXXIV. De este Mis se tiene por cosa sabida que, habiendo ido a Lebadea[354] y sobornado a uno del país, logró bajar al oráculo de Trofonio, como también que llegó a Abas, santuario de los focidios, para hacer allí su consulta. El mismo, habiendo pasado a Tebas en su primera romería, practicó dos diligencias, pues por una parte había consultado a Apolo Ismenio, el cual por medio de las víctimas suele ser consultado del mismo modo que se usa en Olimpia, y por otra con sus dádivas había obtenido, no de algún tebano, pero sí de un extranjero, el que quisiera dormir en el templo de Anfiarao,[355] pues sabido es que generalmente a ninguno de los tebanos le es lícito el pedir oráculo alguno en dicho templo. La causa procede de haberles hecho saber Anfiarao por medio de sus oráculos, que daba opción a los tebanos para que escogieran, o valerse de él como de adivino, o de aliado y protector solamente: prefirieron ellos, pues, tenerle por aliado que por profeta, de donde está prohibido a todo tebano el irse a dormir en aquel santuario para recibir entre sueños algún oráculo de Anfiarao.
CXXXV. Pero lo que mayor maravilla en mí despierta es lo que de este Mis europense añaden los de Tebas, de quien dicen que, andando todos estos santuarios de los oráculos, fue también al templo de Apolo el Ptoo. Este templo con el nombre de Ptoo está en el dominio de los tebanos, situado sobre la laguna Copaide,[356] en un monte muy vecino a la ciudad de Acrefia. Cuentan, pues, los tebanos que llegado al templo nuestro peregrino Mis en compañía de tres de sus ciudadanos, a quienes había nombrado el público a fin de que tomasen por escrito la respuesta que el oráculo les diera, la persona que allí vaticinaba púsose de repente a profetizar en una lengua bárbara. Al oír los tebanos compañeros de Mis un dialecto bárbaro en vez del griego, no sabían qué hacerse llenos de pasmo y de confusión, cuando el europense Mis, arrebatándoles de las manos el libro de memoria que consigo traían, fue en él escribiendo las palabras que en la lengua bárbara iba profiriendo el profeta, la cual, según ellos dicen, era caria; y que apenas las hubo escrito cuando a toda prisa partió hacia Mardonio.