CXXXVI. Leyó este, pues, lo que los oráculos le decían, y de resultas envió por embajador a Atenas al rey de Macedonia Alejandro, hijo de Amintas. Dos eran los motivos que a este nombramiento le inducían: uno el parentesco que tenían los persas con Alejandro, con cuya hermana Gigea, hija asimismo de Amintas, había casado un señor persa llamado Búbares, y tenía en ella un hijo llamado Amintas, con el nombre de su abuelo materno, quien habiendo recibido del rey el feudo de Alabanda,[357] ciudad grande de la Frigia, poseía en Asia sus estados: otro motivo de aquella elección había sido el saber Mardonio que por tener Alejandro contraído con los atenienses un tratado de amistad y hospedaje, era su buen amigo y favorecedor. Por este medio pensó Mardonio que le sería más hacedero el atraer a su partido a los atenienses, cosa que mucho deseaba, oyendo decir por una parte cuán populosa era Atenas y cuán valiente en la guerra, y constándole muy bien por otra que los atenienses habían sido los que por mar habían muy particularmente destrozado la armada persa. Esperaba, pues, que bien fácil le sería, como ellos se le unieran, el ser por mar superior a la Grecia, cual sin duda en tal caso lo fuera, y no dudando, por otro lado, de que sus fuerzas por tierra eran ya por sí solas mucho mayores; de donde concluía Mardonio que su ejército con los nuevos aliados vendría a superar las fuerzas de los griegos: ni me parece fuera temerario el sospechar que esta era la prevención de los oráculos, quienes debían de aconsejarle que procurase aliarse con Atenas, y que por este motivo enviaba a esta ciudad su embajador.

CXXXVII. Para dar a conocer quién era Alejandro, voy a decir en este lugar cómo llegó por un singular camino a obtener el dominio de Macedonia un cierto Pérdicas, el séptimo entre sus ascendientes. Hubo tres hermanos, así llamados Gavanes, Aéropo y Pérdicas, naturales de Argos y de la familia de Témeno; los cuales, fugitivos de su patria, pasaron primero a los ilirios, desde donde internándose en la alta Macedonia llegaron a una ciudad por nombre Lebea.[358] Concertando allí su salario, acomodáronse con el rey, el uno para apacentar sus yeguas, el otro los bueyes, y el tercero el ganado menor: y como es cosa muy sabida que en aquellos antiguos tiempos muy poco o nada reinaba el lujo y la opulencia en las casas de los reyes, cuanto menos en las particulares, nadie deberá extrañar que la reina misma fuese la que allí cocía el pan en la casa del rey. Estando, pues, en su faena la real panadera, cuantas veces cocía el pan para su criado y mozuelo Pérdicas, levantábasele tanto el horno que venía a salir doblemente mayor de lo que correspondía. Como observase, pues, atendiendo a ello con más cuidado, siempre cabalmente lo mismo, fuese a dar aviso a su marido, a quien luego pareció que se descubría en aquello algún agüero que algo significaba de prodigioso y grande, y sin más tardanza hace venir a sus criados y les intima que salgan de sus dominios. Que estaban prontos, responden ellos; pero querían, como era justo, llevar antes su salario. Al oír el rey lo del salario, fuera de sí, por disposición particular de los dioses, y tomando ocasión del sol que se le entraba entonces en la casa por la misma chimenea, respondioles así: «El salario que se os debe y que pienso daros no será sino el que ahí veis»; lo cual dijo señalando con la mano al sol de la chimenea. Oída tal respuesta, quedaron atónitos los dos hermanos mayores Gavanes y Aéropo, pero el menor: «Sí, le dice, aceptamos, señor, ese salario que nos ofrecéis». Dicho esto, hizo con un cuchillo que tenía allí casualmente una raya en el pavimento de la casa alrededor del sol, y haciendo el ademán de coger tres puñados de aquella luz encerrada en la raya, se los iba metiendo en el seno como quien mete el dinero en su bolsillo, hecho lo cual se fue de allí en compañía de sus hermanos.

CXXXVIII. Uno de los presentes que estaban allí sentados con el rey le dio cuenta de lo que acababa de hacer aquel muchacho, diciéndole cómo el menor de los hermanos, no sin misterio y quizá con dañada intención, había aceptado la paga que él les había prometido. Apenas lo oyó el rey, que no lo habría antes advertido, despachó lleno de cólera unos hombres a caballo con orden de dar la muerte a uno de sus criados. Pero en tanto quiso Dios que cierto río que por allí corre, río al cual, como a su dios salvador, suelen hacer sacrificios los descendientes de los tres citados argivos, al acabar de pasarle los Teménidas comenzase a venir tan crecido que no pudieran vadearle los que venían a caballo. Yéndose, pues, los Teménidas a otro país de la Macedonia, fijaron su habitación cerca de aquella huerta que se dice haber sido la de Midas, hijo de Gordias,[359] en la que se crían ciertas rosas de sesenta hojas cada una, de un color y fragancia superior a todas las demás, y añaden aún los macedonios que en dicha huerta fue donde quedó cogido y preso Sileno: sobre ella está el monte que llaman Bermio, el cual de puro frío es inaccesible. En suma, apoderados de esta región los tres hermanos y haciéndose fuertes en ella, desde allí lograron ir conquistando después lo restante de la Macedonia.

CXXXIX. Del referido Pérdicas descendía, pues, nuestro embajador Alejandro, por la siguiente sucesión de genealogía: Alejandro era hijo de Amintas; Amintas lo fue de Alcetas, quien tuvo por padre a Aéropo; este a Filipo, Filipo a Argeo, y Argeo a Pérdicas, fundador de la monarquía. He aquí toda la ascendencia de Alejandro, el hijo de Amintas.

CXL. Llegado ya a Atenas el enviado de Mardonio, hízoles este discurso: «Amigos atenienses, mandome Mardonio daros de su parte esta embajada formal: “a mí, dice, me vino una orden de mi soberano concebida en estos términos: ‘Vengo en perdonar a los atenienses todas las injurias que de ellos he recibido. Lo que vos, oh Mardonio, haréis ahora es lo siguiente: os mando lo primero que les restituyáis todas sus propiedades; lo segundo quiero que les acrecentéis sus dominios dándoles las provincias que quieran ellos escoger, quedándose, sin embargo, independientes con todos sus fueros y libertad; lo tercero os ordeno que a costa de mi erario les reedifiquéis todos los templos que les mandé abrasar:[360] todo ello con la sola condición de que quieran ser mis confederados’. Recibidas estas órdenes, continúa Mardonio, me es del todo necesario procurarlas ejecutar al pie de la letra, como vosotros no me lo estorbéis; y para conformarme con ellas, pregúntoos ahora: ¿qué tenacidad es la vuestra, atenienses, en querer ir contra mi soberano? ¿No veis que ni en la presente guerra podéis serle superiores, ni en el porvenir seréis capaces de mantenérsela siempre? ¿No sabéis el número, el valor y hazañas de las tropas de Jerjes? ¿No oís decir cuántas son las fuerzas que conmigo tengo? ¿Es posible que no deis en la cuenta que, aun cuando en la actual contienda me fuerais superiores, de lo que no veo cómo podáis lisonjearos a no haber renunciado al sentido común, ha de venir con todo a acometeros otro nuevo ejército más numeroso todavía? ¿Por qué, pues, querer hombrear tanto en competencia del rey, que os halléis sin poder dejar un instante las armas de las manos y con la muerte siempre delante de los ojos, expuestos de continuo a perderos por vuestro capricho y a perder juntamente vuestra república? Haced la paz, ya que podéis hacerla muy ventajosa, cuando os convida con ella el rey mismo, y quedaos libres e independientes, unidos con nosotros sin doblez ni engaño en una liga defensiva y ofensiva.” Esto es formalmente, oh atenienses, prosiguió diciendo Alejandro, lo que de su parte mandome deciros Mardonio: yo de la mía ni una sola palabra quiero deciros por lo tocante al amor y buena ley que os he profesado siempre; pues no es esta la primera ocasión en que habréis podido conocerlo. Quiero sí únicamente añadiros de mío una súplica, y es que viendo vosotros no ser tantas vuestras fuerzas que podáis sostener contra Jerjes una perpetua guerra, condescendáis ahora con las proposiciones de Mardonio. Esto os lo suplico, protestando al mismo tiempo que si viera yo en mis atenienses tanto poderío como indicaba necesario, nunca me encargara de embajada semejante. Pero, amigos, el poder del rey parece más que humano, tanto que no veo a donde no alcance su brazo. Si vosotros, por otra parte, mayormente ahora cuando se os presentan partidos tan ventajosos, no hacéis las paces con quien tan de veras os las propone, me lleno de horror, atenienses, solo con imaginar el desastre que os aguarda, viendo que vosotros sois los que entre todos los confederados estáis más al alcance del enemigo, y más a tiro de su furor, expuestos siempre a sufrir solos sus primeras descargas para ser las primeras víctimas de su venganza, viviendo en un país que parece criado para ser el teatro de Ares. No más guerra, atenienses; creedme a mí, ciertos de que no es sino un honor muy particular el que el rey os hace, no solo en querer perdonaros los agravios, mas aun en escogeros a vosotros entre los demás griegos para ser sus amigos y aliados». Así habló Alejandro.

CXLI. Apenas supieron los lacedemonios que iba a Atenas el rey Alejandro encargado de atraer a los atenienses a la paz y alianza con el bárbaro, acordáronse con esta ocasión de lo que ciertos oráculos les habían avisado ser cosa decretada por los hados, que ellos con los demás dóricos fuesen arrojados algún día del Peloponeso por los medos y los atenienses;[361] recuerdo que les hizo entrar luego en grandísimo recelo acerca de la unión de los de Atenas con el persa, y enviar allá con toda diligencia sus embajadores para que viesen de estorbar la liga. Llegaron estos, en efecto, tan a tiempo y sazón, que una misma fue la asamblea que se les dio públicamente, y la que se dio a Alejandro para la declaración de la embajada. Verdad es que muy de propósito diferían los atenienses la audiencia pública de Alejandro, creídos y seguros de que llegaría a oídos de los lacedemonios la venida de un embajador a solicitarles de parte del bárbaro para la alianza, y que oída tal nueva habían de enviarlos a toda prisa mensajeros que procurasen impedirlo. Dispusiéronlo adrede los atenienses, queriendo hacer alarde en presencia de los enviados de su manera de obrar en el asunto.

CXLII. Luego, pues, que Alejandro dio fin a su discurso, tomando la palabra los embajadores de Esparta dieron principio al suyo. «También venimos nosotros, oh atenienses, a haceros nuestra petición de parte de los lacedemonios: redúcese a suplicaros que ni deis oído a las proposiciones del bárbaro, ni queráis hacer la menor novedad en el sistema de la Grecia. Esto de ningún modo lo sufre la justicia misma; esto el honor de los griegos no os lo permite; esto con mucha particularidad vuestro mismo decoro os lo prohíbe. Muchos son los motivos que para no hacerlo tenéis: el haber vosotros mismos sin nuestro consentimiento ocasionado la presente guerra; el haber sido desde el principio vuestra ciudad el blanco de toda ella; el serlo ahora ya por vuestra causa la Grecia toda. Y dejados aparte todos estos motivos, fuera sin duda cosa insufrible que vosotros, atenienses, habiéndoos preciado siempre de ser los mayores defensores de la ajena independencia y libertad, fuerais al presente los principales autores de la dependencia y esclavitud de los griegos. A nosotros, amigos atenienses, nos tiene penetrados de compasión esa vuestra desventura, cuando os vemos ya por la segunda vez privados de vuestra cosechas y por tanto tiempo fuera de vuestras casas despojadas, abrasadas y arruinadas por el bárbaro que os halaga. Pero os hacemos saber ahora que para alivio de tanta calamidad los lacedemonios con los otros griegos aliados suyos se ofrecen gustosos a la manutención, así de vuestras mujeres, como de la demás familia que no sirva para la guerra, y esto os lo prometen por todo el tiempo que continuare la actual. Por los cielos, atenienses, no os dejéis engañar de las buenas palabras de Alejandro, que tanto os halaga y lisonjea de parte de Mardonio, en lo cual obra como quien es: un tirano patrocina a otro tirano amigo suyo. Pero vosotros no obraríais como quienes sois, si hiciereis lo que pretenden de vosotros, pues bien claro podéis ver, si no queréis de propósito cegaros, que nadie debe dar fe a la palabra, ni menos fiarse de la promesa de un bárbaro». Así fue como dichos embajadores se explicaron.

CXLIII. La respuesta que luego dieron a Alejandro los atenienses fue concebida en estas palabras: «En verdad, Alejandro, que no se nos caía en olvido cuáles sean, según decíais, las fuerzas del medo, y cuánto doblemente superiores a las nuestras; ¿por qué a nuestra faz hacernos ese alarde?, ¿por qué echarnos en cara nuestra mengua y falta de poder? Nosotros os repetimos que defendiendo la libertad sacaremos esfuerzo de la debilidad nuestra, hasta tanto que más no podamos. En suma, no os canséis en balde procurando que nos unamos con el bárbaro, cosa que otra vez no os la sufriremos. La respuesta, por tanto, que deberéis dar a Mardonio será que le hacemos saber, nosotros los atenienses, que en tanto que girare el sol por donde al presente gira,[362] nunca jamás hemos de confederarnos con Jerjes, a quien eternamente perseguiremos, confiados en la protección de los dioses y en la asistencia de los héroes nuestros patronos, cuyos templos y estatuas religiosas tuvo el bárbaro, como ateo que es, la insolente impiedad de profanar con el incendio. A vos os prevenimos que nunca más os presentéis ante los atenienses con semejantes discursos, ni, so color de mirar por nuestros intereses, volváis segunda vez a exhortarnos a la mayor de todas las maldades. Vos sois nuestro buen amigo, sois huésped público de los atenienses; mucho nos pesaría el vernos precisados a daros el menor disgusto».

CXLIV. Tal fue la respuesta dada a Alejandro: después de ella diose estotra a los enviados de Esparta: «El que allá temieran los lacedemonios no nos coligáramos con el bárbaro, puede perdonárseles esta flaqueza natural entre hombres; el que vosotros sus embajadores, testigos de nuestro brío y denuedo, temáis lo mismo, no es sino una infamia y vergüenza de Esparta. Entended, pues, espartanos, que ni encierra tanto oro en todas sus minas el globo entero de la tierra, ni cuenta entre todas sus regiones alguna ni tan bella, ni tan feraz, ni tan preciosa, a trueque de cuyo tesoro y de cuya provincia quisiéramos los atenienses pasarnos al medo con la infame condición de la esclavitud de la Grecia; que muy muchos son y muy poderosos los motivos que nos lo impidieran, aun cuando a ello nos sintiéramos tentados. El primero y principal es la vista de los mismos dioses aquí presentes, cuyos simulacros aquí mismo vemos abrasados, cuyos templos con dolor extremo miramos tendidos por el suelo, y hechos no más unos montones de tierra y piedra. ¡Ah!, que nuestra piedad y religión en vez de dar lugar a la reconciliación y alianza con el mismo ejecutor de tanto sacrilegio y profanación, nos pone en una total necesidad de vengar con todas nuestras fuerzas el numen de tanto dios ultrajado. El segundo motivo nos lo da el nombre mismo de griegos, inspirando en nosotros el más tierno amor y piedad hacia los que son de nuestra sangre, hacia los que hablan la misma lengua, hacia los que tienen la misma religión, la comunidad de templos y de edificios, la uniformidad en las costumbres y la semejanza en el modo de pensar y de vivir. En fuerza de tales vínculos y de nuestro honor, miramos por cosa tan indigna de los atenienses el ser traidores a nuestra patria y nación, que os aseguramos de nuevo ahora, si no lo teníais antes bien creído, que mientras quede vivo un solo ateniense, nadie tiene que temer que se una Atenas con Jerjes en confederación. Ese vuestro cuidado y empeño que mostráis para con nosotros, que nos vemos sin casa en que morar, tomando tan a pecho nuestro alivio, hasta el punto de ofreceros a la manutención de nuestras familias, con toda el alma os lo agradecemos, amigos lacedemonios, viendo que no puede subir de punto vuestra bondad para con nosotros. Con todo, en medio de la estrechez y miseria en que nos hallamos, procuraremos, armados de sufrimiento, ingeniarnos de tal manera, que, sin seros molestos en cosa alguna, pasemos como mejor podamos nuestras cuitas. Ahora, sí, lo que os pedimos es, que nos enviéis cuanto antes vuestras tropas, pues a lo que imaginamos no ha de pasar mucho tiempo sin dejársenos ver el bárbaro en nuestros confines, pues claro está que lo mismo será oír que nada le otorgamos de cuanto en su embajada pedía, que dirigirse contra nosotros. De suyo os pide, pues, la ocasión presente que salgáis con nosotros armados hasta la Beocia para recibir allí al enemigo, antes de que se nos entre por el Ática».

LIBRO NOVENO.