XXXVIII. Pero este fin desgraciado sucedió a Hegesístrato mucho después de la jornada y batalla de Platea. Entonces, pues, como decía, asalariado por Mardonio con una paga no pequeña, sacrificaba Hegesístrato con mucho empeño y desvelo, nacido en parte del odio a los lacedemonios, en parte del amor propio de su interés. En esta sazón, como por un lado ni a los persas se les declarasen de buen agüero sus sacrificios, ni a los griegos con ellos acampados fuesen tampoco favorables los suyos (pues también estos tenían aparte su adivino, natural de Léucade y por nombre Hipómaco), y como por otro lado, concurriendo de cada día al campo más y más griegos, se engrosase mucho su ejército, un tal Timegénidas, hijo de Herpis, de patria tebano, previno a Mardonio que convenía ocupar con algunos destacamentos los desfiladeros del Citerón, diciéndole que, puesto que venían por ellos diariamente nuevas tropas de griegos, le sería fácil así interceptar muchos de ellos.
XXXIX. Cuando el tebano dio a Mardonio este aviso, ocho días hacía ya que los dos campos se hallaban allí fijos uno enfrente de otro. Pareció el consejo tan oportuno que aquella misma noche destacó Mardonio su caballería hacia las quebradas del Citerón por la parte de Platea, a las que dan los beocios el nombre de los Tres Cabos, y los atenienses llaman los Cabos de la Encina. No hicieron en vano su viaje, pues topó allí la caballería al salir a la llanura con una recua de 300 bagajes, los cuales venían desde Peloponeso cargados de trigo para el ejército, cogiendo con ella a los arrieros y conductores de las cargas. Dueños ya los persas de la recua, llevábanlo todo a sangre y fuego, sin perdonar ni a las bestias ni a los hombres que las conducían, hasta tanto que cansados ya de matar a todo su placer, cargando con lo que allí quedaba, volviéronse con el botín hacia los reales de Mardonio.
XL. Después de este lance, pasáronse dos días más sin que ninguno de los dos ejércitos quisiera ser el primero en presentar la batalla o en atacar al otro, pues aunque los bárbaros se habían avanzado hasta el Asopo a ver si los griegos les saldrían al encuentro; con todo, ni bárbaros ni griegos quisieron pasar el río: únicamente, sí, la caballería de Mardonio solía acercarse más e incomodar mucho al enemigo. En estas escaramuzas sucedía que los tebanos, más medos de corazón que los medos mismos, provocando con mucho ahínco a los griegos avanzados, principiaban la riña, y sucediéndoles en ella los persas y los medos, estos eran los que hacían prodigios de valor.
XLI. Nada más se hizo allí en estos diez días de lo que llevo referido. Llegado el día undécimo, después que quietos en sus trincheras, cerca de Platea, estaban mirándose cara a cara los dos ejércitos, en cuyo espacio de tiempo habían ido aumentándose mucho las tropas de los griegos, al cabo, el general Mardonio, hijo de Gobrias, llevando muy a mal tan larga demora en su campamento, entró en consejo, en compañía de Artabazo, hijo de Farnaces, uno de los sujetos de mayor estima y valimiento para con Jerjes, para ver el partido que tomarse debía. Estuvieron en la consulta encontrados los pareceres. El de Artabazo fue que convenía retirarse de allí cuanto antes, y trasplantar el campo bajo las murallas de Tebas, donde tenían hechos sus grandes almacenes de trigo para la tropa, y de forraje para las bestias, pues allí quietos y sosegados saldrían al cabo con sus intentos; que ya que tenían a mano mucho oro acuñado y mucho sin acuñar, y abundancia también de plata, de vasos y vajilla, importaba ante todo no perdonar a oro ni a plata, enviando desde allí regalos a los griegos, mayormente a los magistrados y vecinos poderosos en sus respectivas ciudades, pues en breve, comprados ellos a este precio, les venderían por él la libertad,[374] sin que fuera menester aventurarlo todo en una batalla. Este mismo era también el sentir de los tebanos, quienes seguían el voto de Artabazo por parecerles hombre más prudente y previsor en su manera de discurrir. Mardonio se mostró en su voto muy fiero y obstinado sin la menor condescendencia, pareciéndole que, por ser su ejército más poderoso y fuerte que el de los griegos, era menester cerrar cuanto antes con el enemigo, sin permitir que se le agregase mayor número de tropas de las que ya lo habían hecho; que desechasen en mal hora a Hegesístrato con sus víctimas, sin aguardar a que por fuerza se les declarasen de buen agüero, peleando al uso y manera de los persas.
XLII. Nadie se oponía a Mardonio, que así creía deberse hacer, y su voto venció al de Artabazo, pues él y no este era a quien el rey había entregado el bastón y mando supremo del ejército. En consecuencia de su resolución, mandó convocar los oficiales mayores de sus respectivos cuerpos, y juntamente los comandantes de los griegos y su partido; y reunidos, les preguntó si sabían de algún oráculo tocante a los persas que les predijera que perecerían en la Grecia. Los llamados no se atrevían a hablar; los unos, por no saber nada de semejante oráculo; los otros, que algo de él sabían, por no creer que pudiesen hablar impunemente; pero el mismo Mardonio continuó después explicándose así: «Ya que vosotros, pues, o nada sabéis de semejante oráculo, o no osáis decir lo que sabéis, voy a decíroslo yo, que estoy bien informado de lo que en esto hay. Sí, repito, hay un oráculo en esta conformidad: que los persas, venidos a la Grecia, primero saquearán el templo de Delfos, y perecerán después que lo hubieren saqueado. Prevenidos nosotros con este aviso, ni meteremos los pies en Delfos, ni las manos en aquel templo, ni daremos motivo a nuestra ruina con semejante sacrilegio. No queda más que hacer sino que todos vosotros, los que sois amigos de la Persia, estéis alegres y seguros de que vamos a vencer a los griegos». Así habló Mardonio, y luego les dio orden que lo dispusiesen todo y lo tuviesen a punto para dar la batalla el día siguiente al salir el sol.
XLIII. Por lo que mira al oráculo que Mardonio refería a los persas, no sé, en verdad, que existiera contra los persas tal oráculo, sino solo para los ilirios y para la armada de los enqueleos. Sé no más que Bacis dijo lo siguiente de la presente batalla: «La verde ribera del Termodonte[375] y del Asopo debe verte, oh griega batalla, debe oírte, oh bárbara gritería, donde la Parca hará trofeo tanto de cadáver cuando inste al flechero medo su último trance». De este formal oráculo de Bacis y de otro semejante de Museo, bien sé que herían directamente a los persas, pues lo que se dice del Termodonte debe entenderse de aquel río así llamado que corre entre Tanagra y Glisante.
XLIV. Después de la pregunta de Mardonio acerca de los oráculos, y de la breve exhortación hecha a sus oficiales, venida ya la noche, dispusiéronse en el campo los centinelas y cuerpos de guardia. Luego que siendo la noche más avanzada, y se dejó notar en él algo más de silencio y de quietud, en especial de parte de los hombres entregados al sueño y reposo, aprovechándose de ella Alejandro, hijo de Amintas, rey y general de los macedonios, fuese corriendo en su caballo hasta las centinelas avanzadas de los atenienses, a quienes dijo que tenía que hablar con sus generales. La mayor parte del destacamento avanzado se mantuvo allí en su puesto, y unos pocos de aquellos guardias fuéronse a toda prisa para avisar a sus jefes, diciendo que allí estaba un jinete que, venido del campo de los medos, tenía que hablarles.
XLV. Los generales, oído apenas esto, siguen a sus guardias hacia el cuerpo avanzado, y llegados allá háblales de esta suerte Alejandro: «Atenienses míos, a descubriros voy un secreto cuya noticia como en depósito os la fío para que la deis únicamente a Pausanias, si no queréis perderme a mí, que por mostrarme buen amigo vuestro os la comunico. Yo no os la diera si no me interesara mucho por la común salud de la Grecia, que yo como griego de origen en pasados tiempos no quisiera ver a mi antigua patria reducida a la esclavitud. Dígoos, pues, que no alcanza Mardonio el medio como ni a él ni a su ejército se le declaren propicias las víctimas sacrificadas; que a no ser así, tiempo ha estuviera ya dada la batalla. Mas ahora está ya resuelto a dejarse de agüeros y sacrificios, y mañana así que la luz amanezca quiere sin falta principiar el combate. Todo esto sin duda nace en él, según conjeturo, del miedo y recelo grande que tiene de que vuestras fuerzas no vayan creciendo más con el concurso de nuevas tropas. Estad, pues, vosotros prevenidos para lo que os advierto, y en caso de que no os embista mañana mismo, sino que lo difiera algún tanto, manteneos firmes sin moveros de aquí; que él no tiene víveres sino para pocos días. Si saliereis de este lance y de esta guerra como deseáis, paréceme será razón que contéis con procurarme la independencia y libertad a mí, que con tanto ahínco y tan buena voluntad me expongo ahora a un tan gran peligro solo a fin de informaros de los intentos y resolución de Mardonio, y de impedir que los bárbaros os cojan desprevenidos. Adiós, amigos; amigo soy y Alejandro, rey de Macedonia». Dijo y dio la vuelta a su campo hacia el puesto destinado.
XLVI. Los generales de Atenas, pasando inmediatamente al ala derecha del campo, dan parte a Pausanias de lo que acababan de saber de boca de Alejandro. Conmovido con la nueva Pausanias, y atemorizado del valor de los persas propiamente tales, háblales así: «Puesto que al rayar el alba ha de entrarse en acción, menester es que vosotros, oh atenienses, os vengáis a esta ala para apostaros enfrente de los persas mismos, y que pasemos los lacedemonios a la otra contra los beocios y demás griegos que allí teníais fronteros. Dígolo por lo siguiente: vosotros, por haberos antes medido en Maratón con esos persas, tenéis conocida su manera de pelear. Nosotros hasta aquí no hemos hecho la prueba ni experimentado en campo de batalla a esos hombres, pues ya sabéis que ningún espartano jamás midió ni quebró lanzas con medo alguno:[376] con los beocios y tesalios sí que tenemos trabado conocimiento. Así que será preciso que toméis las armas y os vengáis a esta ala, pues nosotros vamos a pasar a la izquierda». A lo cual contestaron los atenienses en estos términos: «Es verdad que nosotros desde el principio ya, cuando vimos a los persas apostados enfrente de vosotros, teníamos ánimo de indicaros lo mismo que os adelantáis ahora a provenirnos; pero no osábamos, ignorando si la cosa sería de vuestro agrado. Ahora que vosotros nos lo ofrecéis los primeros, sabed que nos dais una agradable nueva, y que pronto vamos a hacer lo que de nosotros queréis».
XLVII. Ajustado, pues, el asunto con gusto de entrambas partes, no bien apuntó el alba, cuando se empezó el cambio de los puestos. Observáronlo los beocios, y avisaron al punto a Mardonio. Luego que este lo supo empezó asimismo a trasladar sus brigadas trasplantando sus persas al puesto frontero al de los lacedemonios. Repara en la novedad Pausanias, y manda que los espartanos vuelvan de nuevo al ala derecha, viendo que su ardid había sido descubierto por el enemigo, y Mardonio por su parte hace que vuelvan otra vez los persas a la siniestra de su campo.