XLVIII. Vueltos ya entrambos a ocupar sus primeros puestos, despacha Mardonio un heraldo a los espartanos con orden de retarles en estos términos: «Entre esas gentes pasmadas de vuestro valor, corre la voz que vosotros los lacedemonios sois la flor de la tropa griega, pues en la guerra no sabéis qué cosa sea huir ni desamparar el puesto, sino que a pie firme escogéis a todo trance o vencer o morir. Acabo ahora de ver que no es así verdad, pues antes que cerremos con vosotros, viniendo a las manos, os vemos huir ya de miedo y dejar vuestro sitio; os vemos ceder a los atenienses el honor de abrir el combate con nuestras filas para ir a apostaros enfrente de nuestros siervos; lo que en verdad no es cosa que diga bien con gente brava y honrada. Ni es fácil deciros cuán burlados nos hallamos, pues estábamos sin duda muy persuadidos de que, según la fama que vosotros gozáis de valientes y osados, habíais de enviarnos un rey de armas que en particular desafiara cuerpo a cuerpo a los persas a que peleásemos solos con los lacedemonios. Prontos, en efecto, nos hallamos a admitir el duelo, cuando lejos de veros de tal talante y brío, os vemos llenos de susto y miedo. Ya que vosotros, pues, no tenéis valor para retarnos los primeros, seremos nosotros los primeros en provocaros al desafío, como os provocaremos. Siendo vosotros reputados entre los griegos por los hombres más valientes de la nación, como por tales nos preciamos nosotros de ser tenidos entre los bárbaros, ¿por qué no entramos luego en igual número en campo de batalla? Entremos, digo, los primeros en el palenque, y si pretendéis que los otros cuerpos entren también en acción, entren en hora buena, pero después de nuestro duelo; mas si no pretendéis tanto, juzgando que nosotros únicamente somos bastantes para la decisión de la victoria, vengamos luego a las manos, con pacto y condición de que se mire como vencedor aquel ejército cuyos campeones hayan salido con la victoria en el desafío».
XLIX. Dicho esto, esperó algún tiempo el heraldo retador; y viendo que nadie se tomaba el trabajo de responderle palabra, vuelto atrás dio cuenta de todo a Mardonio. Sobre manera alegre e insolente este con una victoria pueril, fría e insustancial, echa al punto su caballería contra los griegos. Arremete ella al enemigo, y con la descarga de sus dardos y saetas perturba e incomoda no poco todas las filas del ejército griego: lo que no podía menos de suceder siendo aquellos jinetes unos ballesteros montados, con quienes de cerca no era fácil venir a las manos. Lograron por fin llegar a la fuente Gargafia, que proveía de agua a todo el ejército griego, y no solo la enturbiaron, sino que cegaron sus raudales; porque si bien los únicos acampados cerca de dicha fuente eran los lacedemonios, distando de ella los demás griegos a medida de los puestos que por su orden ocupaban, con todo, no pudiendo valerse los otros del agua del Asopo, por más que lo tenían allí vecino, a causa de que no se lo permitía la caballería con sus flechas, todo el campo se surtía de aquella aguada.
L. En este estado se encontraban, cuando los jefes griegos, viendo a su gente falta de agua, y al mismo tiempo perturbada con los tiros de la caballería, juntáronse así por lo que acabo de indicar, como también por otros motivos, y en gran número se encaminaron hacia el ala derecha para verse con Pausanias. Si bien este sentía mucho la mala situación del ejército, mayor pena recibía de ver que iban ya faltándole los víveres, sin que los criados a quienes había enviado por trigo al Peloponeso pudiesen volver al campo, estando interceptados los pasos por la caballería enemiga.
LI. Acordaron, pues, en la consulta aquellos comandantes que lo mejor sería, en caso de que Mardonio difiriera para otro día la acción, pasar a una isla distante del Asopo y de la fuente Gargafia donde entonces acampaban, la cual isla viene a caer delante de la ciudad misma de Platea. Esta isla forma en tierra firme aquel río que al bajar del Citerón hacia la llanura se divide en dos brazos, distantes entre sí cosa de tres estadios, volviendo después a unirlos en un cauce y en una corriente sola: pretenden los del país que dicha Oéroe, pues así llaman a la isla, sea hija del Asopo. A este lugar resolvieron, pues, los caudillos trasplantar su campo, así con la mira de tener agua en abundancia, como de no verse infestados de la caballería enemiga del modo que se veían cuando la tenían enfrente. Determinaron asimismo que sería preciso partir del campo en la segunda vigilia, para impedir que viéndoles salir la caballería no les picase la retaguardia. Parecioles, por último, que aquella misma noche, llegados apenas al paraje que con su doble corriente encierra y ciñe la Oéroe[377] asópida bajando del Citerón, destacasen al punto hacia este monte la mitad de la tropa, para recibir y escoltar a los criados que habían ido por víveres y se hallaban cortados en aquellas eminencias sin paso para el ejército.
LII. Tomada esta resolución, infinito fue lo que dio que padecer y sufrir todo aquel día la caballería con sus descargas continuadas. Pasó al fin la terrible jornada; cesó el disparo de los de a caballo, fuéseles entrando la noche, y llegó al cabo la hora que se había aplazado para la retirada. Muchas de las brigadas emprendieron la marcha; pero no con ánimo de ir al lugar que de común acuerdo se había destinado, antes alzado una vez el campo, muy complacidas de ver que se ausentaban de los insultos de la caballería, huyeron hasta la misma ciudad de Platea, no parando hasta verse cerca del Hereo, que situado delante de dicha ciudad dista 20 estadios de la fuente Gargafia.
LIII. Llegados allá los mencionados cuerpos, hicieron alto, plantando sus reales alrededor de aquel mismo templo. Pausanias que les vio moverse y levantar el campo dio orden a sus lacedemonios de tomar las armas e ir en seguimiento de las tropas que les precedían, persuadidos de que sin falta se encaminaban al lugar antes concertado. Mostrándose entonces prontos a las órdenes de Pausanias los demás jefes de los regimientos, hubo cierto Amonfareto, hijo de Políades, que lo era del de Pitana, quien se obstinó diciendo que nunca haría tal, no queriendo cubrir gratuitamente de infamia a Esparta con huir del enemigo. Esto decía, y al mismo tiempo se pasmaba mucho de aquella resolución, como quien no se había hallado antes en consejo con los demás oficiales. Mucho era lo que sentían Pausanias y Eurianacte el verse desobedecidos; pero mayor pena les causaba el tener que desamparar el regimiento de Pitana por la manía y pertinacia de aquel caudillo, recelosos de que dejándolo allí solo, y ejecutando lo que tenían convenido con los demás griegos, iba a perderse Amonfareto con todos los suyos. Estas reflexiones les obligaban a tener parado todo el cuerpo de los laconios, esforzándose entre tanto en persuadir a Amonfareto que aquello era lo que convenía ejecutar, y haciendo todo el esfuerzo posible para mover a aquel oficial, el único de los lacedemonios y tegeatas que iba a quedarse abandonado.
LIV. Entretanto, los atenienses, como conocían bien el humor político de los lacedemonios, hechos a pensar una cosa y a decir otra, manteníanse firmes en el sitio donde se hallaban apostados. Lo que hicieron, pues, al levantarse los demás del ejército, fue enviar uno de sus jinetes encargado de observar si los espartanos empezaban a partir, o si era su ánimo no desamparar el puesto, y también con la mira de saber de Pausanias lo que les mandaba ejecutar.
LV. Llega el enviado y halla a los lacedemonios tranquilos y ordenados en el mismo puesto, y a sus principales jefes metidos en una pendencia muy reñida. Pues como a los principios hubiesen procurado Pausanias y Eurianacte dar a entender con buenas razones a Amonfareto que de ningún modo convenía que se expusiesen los lacedemonios a tan manifiesto peligro, quedándose solos en el campo, viendo al cabo que no podían persuadírselo, paró la disputa en una porfiada contienda, en que al llegar el mensajero de los atenienses los halló ya enredados, pues cabalmente entonces había agarrado Amonfareto un gran guijarro con las dos manos, y dejándole caer a los pies de Pausanias, gritaba que allí tenía aquella chinita con que él votaba no querer huir de los huéspedes, llamando huéspedes a los bárbaros al uso lacónico. Pausanias, tratándole entonces de mentecato y de furioso, volviose al mensajero de los atenienses que le pedía sus órdenes, y le mandó dar cuenta a los suyos del enredo en que veía se hallaban sus asuntos, y al mismo tiempo suplicarles de su parte que se acercasen a él, y que en lo tocante a la partida hicieran lo que a él le vieran hacer.
LVI. Fuese luego el enviado a dar cuenta de todo a los suyos. Vino entretanto la aurora, y halló a los lacedemonios todavía riñendo y altercando. Detenido Pausanias hasta aquella hora, pero creído al cabo de que Amonfareto al ver partir a los lacedemonios no querría quedarse en su campo, lo que en efecto sucedió después, dio la señal de partir, dirigiendo la marcha de toda su gente por entre los collados vecinos, y siguiéndole los de Tegea. Formados entonces los atenienses en orden de batalla, emprendieron la marcha en dirección contraria a la que llevaba Pausanias, pues los lacedemonios, por temor de la caballería, seguían el camino entre los cerros y por las faldas del Citerón, y los atenienses marchaban hacia abajo por la misma llanura.
LVII. Amonfareto, que tenía al principio por seguro que jamás se atrevería Pausanias a dejarle solo allí con su regimiento, instaba obstinadamente a los suyos a que, tranquilos todos en el campo, nadie dejase el puesto señalado; mas cuando vio al cabo que Pausanias iba camino adelante con su gente, persuadiose de que su general debía gobernarse con mucha razón en dejarle allí solo, reflexión que le movió a dar orden a su regimiento de que, tomadas las armas, fuera siguiendo a marcha lenta la demás tropa adelantada. Habiendo avanzado esta cosa de 10 estadios, y esperando a que viniese Amonfareto con su gente, habíase parado en un lugar llamado Argiopio, cerca del río Molunte, donde hay un templo de Deméter Eleusinia: había hecho alto en aquel sitio con la mira de volverse atrás al socorro de Amonfareto, en caso de que no quisiera al fin dejar con su regimiento el campo donde había sido apostado. Sucedió que al tiempo mismo que iba llegando la tropa de Amonfareto, venía cargándoles ya de cerca con sus tiros toda la caballería de los bárbaros, la cual, salida entonces a hacer lo que siempre, viendo ya desocupado el campo donde habían estado los griegos atrincherados por aquellos días, siguió adelante, hasta que, dando al cabo con ellos, tornó a molestarles con sus descargas.