[71] Estos versos, o algún fragmento de ellos, se leen en Estrabón, aunque tan desfigurados que no los conociera el mismo Alceo.

[72] Témese, con razón, que sea exagerado el número, pues consta por los demás escritores que los ciudadanos atenienses que podían votar en sus asambleas solían ser veinte mil únicamente.

[73] Reprende Plutarco este pasaje de Heródoto como si abominara de las naves que levantaron bandera para la libertad de la Grecia; pero nuestro autor no las llama autoras, sino principio y como señal de tantos desastres como sucedieron, originados de la rebelión jónica y de la ambición persa.

[74] Llámase ahora el Caístro Minderscare y también Carason; el monte Tmolo, el Tomalitze, y Sardes la pequeña aldea de Sardo. La toma de esta antigua capital es hazaña atribuida por unos a los atenienses y por otros a los eretrieos.

[75] El moderno Sarabat, nombre que se da también al Hermo.

[76] Mero pretexto, sin duda; pues los persas abrasaron en Egipto muchos templos, guiados por su principio religioso de que a los dioses no debía encerrárseles entre paredes.

[77] Créese que Salamina estaba donde se halla al presente Puerto Constanzo, cerca de Famagosta, y que Amatunte se llama ahora Limiso.

[78] No entiendo si el ademán de Darío fue una señal de enojo blasfemo o más bien un juramento religioso como adorador del fuego y del cielo.

[79] Era en aquel tiempo un error común de geografía hacer a Cerdeña la mayor de las islas conocidas.

[80] Aquí se manifiesta el método histórico de nuestro autor, que jamás deja su transición siempre que pasa de un punto a otro de la narración. Es alguna vez fastidiosa a los oídos modernos esta recapitulación, casi tanto como aquel ergo con que nos fastidian los escolásticos arábigos; pero sirve para fijar la atención y seguir sin confusión el hilo de la historia.