506 Así habló. Á todos les temblaban las carnes de miedo, y cada cual buscaba adonde huir para librarse de una muerte espantosa.

508 Decidme ahora, Musas que poseéis olímpicos palacios, cuál fué el primer aquivo que alzó del suelo cruentos despojos, cuando el ilustre Neptuno, que bate la tierra, inclinó el combate en favor de los aqueos.

511 Ayax Telamonio, el primero, hirió á Hirtio Girtíada; Antíloco hizo perecer á Falces y á Mérmero, despojándolos luego de las armas; Meriones mató á Moris é Hipotión; Teucro quitó la vida á Protoón y Perifetes; y el Atrida hirió en el ijar á Hiperenor, pastor de hombres: el bronce atravesó los intestinos, el alma salió presurosa por la herida, y la obscuridad cubrió los ojos del guerrero. Y el veloz Ayax, hijo de Oileo, mató á muchos; porque nadie le igualaba en perseguir á los guerreros aterrorizados, cuando Júpiter los ponía en fuga.


Ayax rechaza á los teucros que van á incendiar las naves de los griegos

CANTO XV

LOS AQUEOS REVUELVEN, DESDE LAS NAVES, SOBRE LOS TEUCROS Y LOS PONEN EN FUGA

1 Cuando los teucros hubieron atravesado en su huída el foso y la estacada, muriendo muchos á manos de los dánaos, llegaron al sitio donde tenían los corceles é hicieron alto, amedrentados y pálidos de miedo. En aquel instante despertó Jove en la cumbre del Ida, al lado de Juno, la de áureo trono. Levantóse y vió á los teucros perseguidos por los aqueos, que los ponían en desorden; y entre éstos, al soberano Neptuno. Vió también á Héctor tendido en la llanura y rodeado de amigos, jadeante, privado de conocimiento, vomitando sangre; que no fué el más débil de los aqueos quien le causó la herida. El padre de los hombres y de los dioses, compadeciéndose de él, miró con torva y terrible faz á Juno, y así le dijo:

14 «Tu engaño, Juno maléfica é incorregible, ha hecho que Héctor dejara de combatir y que sus tropas se dieran á la fuga. No sé si castigarte con azotes, para que seas la primera en gozar de tu funesta astucia. ¿Por ventura no te acuerdas de cuando estuviste colgada en lo alto y puse en tus pies sendos yunques, y en tus manos áureas é irrompibles esposas? Te hallabas suspendida en medio del éter y de las nubes, los dioses del vasto Olimpo te rodeaban indignados, pero no podían desatarte—si entonces llego á coger á alguno, le arrojo de estos umbrales y llega á la tierra casi sin vida—y yo no lograba echar del corazón el continuo pesar que sentía por el divino Hércules, á quien tú, produciendo una tempestad con el auxilio del Bóreas, arrojaste con perversa intención al mar estéril y llevaste luego á la populosa Cos; allí le libré de los peligros y le conduje nuevamente á la Argólide, criadora de caballos, después que hubo padecido muchas fatigas. Te lo recuerdo para que pongas fin á tus engaños y sepas si te será provechoso haber venido de la mansión de los dioses á burlarme con los goces del amor.»