34 Así se expresó. Estremecióse Juno veneranda, la de los grandes ojos, y pronunció estas aladas palabras:
36 «Sean testigos la Tierra y el anchuroso Cielo y el agua de la Estigia, de subterránea corriente—que es el juramento mayor y más terrible para los bienaventurados dioses,—y tu cabeza sagrada y nuestro tálamo nupcial, por el que nunca juraría en vano: No es por mi consejo que Neptuno, el que sacude la tierra, daña á los teucros y á Héctor y auxilia á los otros; su mismo ánimo debe de impelerle y animarle, ó quizás se compadece de los aqueos al ver que son derrotados junto á las naves. Mas yo aconsejaría á Neptuno que fuera por donde tú, el de las sombrías nubes, le mandaras.»
47 Así dijo. Sonrióse el padre de los hombres y de los dioses, y respondió con estas aladas palabras:
49 «Si tú, Juno veneranda, la de los grandes ojos, cuando te sientas entre los inmortales estuvieras de acuerdo conmigo; Neptuno, aunque otra cosa deseara, acomodaría muy pronto su modo de pensar al nuestro. Pero si en este momento hablas franca y sinceramente, ve á la mansión de los dioses y manda venir á Iris y á Apolo, famoso por su arco; para que aquélla, encaminándose al ejército de los aqueos, de lorigas de bronce, diga al soberano Neptuno que cese de combatir y vuelva á su palacio; y Febo Apolo incite á Héctor á la pelea, le infunda valor y le haga olvidar los dolores que le oprimen el corazón, á fin de que rechace nuevamente á los aquivos, los cuales llegarán en cobarde fuga á las naves, de muchos bancos, del Pelida Aquiles. Éste enviará á la lid á su compañero Patroclo, que morirá, herido por la lanza del preclaro Héctor, cerca de Ilión, después de quitar la vida á muchos jóvenes, y entre ellos al ilustre Sarpedón, mi hijo. Irritado por la muerte de Patroclo, el divino Aquiles matará á Héctor. Desde aquel instante haré que los teucros sean perseguidos continuamente desde las naves, hasta que los aqueos tomen la excelsa Ilión. Y no cesará mi enojo, ni dejaré que ningún inmortal socorra á los dánaos, mientras no se cumpla el voto del Pelida, como lo prometí, asintiendo con la cabeza, el día en que Tetis abrazó mis rodillas y me suplicó que honrase á Aquiles, asolador de ciudades.»
78 De tal suerte habló. Juno, la diosa de los níveos brazos, no fué desobediente, y pasó de los montes ideos al vasto Olimpo. Como corre veloz el pensamiento del hombre que habiendo viajado por muchas tierras, las recuerda en su reflexivo espíritu, y dice estuve aquí ó allí y revuelve en la mente muchas cosas, tan rápida y presurosa volaba la venerable Juno, y pronto llegó al excelso Olimpo. Los dioses inmortales, que se hallaban reunidos en el palacio de Júpiter, levantáronse al verla y le ofrecieron copas de néctar. Y Juno aceptó la que le presentaba Temis, la de hermosas mejillas, que fué la primera que corrió á su encuentro, y le dijo estas aladas palabras:
90 «¡Juno! ¿Por qué vienes con esa cara de espanto? Sin duda te atemorizó tu esposo, el hijo de Saturno.»
92 Respondióle Juno, la diosa de los níveos brazos: «No me lo preguntes, diosa Temis; tú misma sabes cuán soberbio y despiadado es el ánimo de Jove. Preside tú en el palacio el festín de los dioses, y oirás con los demás inmortales qué desgracias anuncia Júpiter; figúrome que nadie, sea hombre ó dios, se regocijará en el alma por más alegre que esté en el banquete.»
100 Dichas estas palabras, sentóse la venerable Juno. Afligiéronse los dioses en la morada de Júpiter. Aquélla, aunque con la sonrisa en los labios, no mostraba alegría en la frente, sobre las negras cejas. É indignada, exclamó:
104 «¡Cuán necios somos los que tontamente nos irritamos contra Júpiter! Queremos acercarnos á él y contenerle con palabras ó por medio de la violencia; y él, sentado aparte, ni nos hace caso, ni se preocupa, porque dice que en fuerza y poder es muy superior á todos los dioses inmortales. Por tanto, sufrid los infortunios que respectivamente os envíe. Creo que al impetuoso Marte le ha ocurrido ya una desgracia; pues murió en la pelea Ascálafo, á quien amaba sobre todos los hombres y reconocía por su hijo.»
113 Así habló. Marte bajó los brazos, golpeóse los muslos, y suspirando dijo: